domingo, 28 de abril de 2013

EL PRIMER DÍA DE PLAYA

Con la llegada del 1 de mayo, era bastante habitual que fuéramos por primera vez a la playa. Aunque cuando el calor era asfixiante nos íbamos a Castelldefels o a Sitges, los primeros y tímidos rayos de sol los recibíamos en la playa de la Barceloneta, por si el día no arrancaba todo lo caluroso que podríamos esperar y teníamos que volver a casa antes de tiempo.

Para mí el primer día de playa era como el primer día de ponerme manga corta, todo un acontecimiento: si mis padres tenían la mala suerte de que me enterara con antelación de sus planes, el día en cuestión me despertaba prontísimo, completamente desvelada desde primeras horas de la mañana por la ilusión y los nervios de volver a ver el mar. Había una especie de ritual en aquella mañana festiva, porque mi madre tenía que bajar la ropa de baño del altillo de mi casa, con el peligro de que no encontráramos todos los bañadores, o que alguno de nosotros no cupiera en la ropa del año anterior. La bolsa de la playa era de color marron, con unas asas muy "retro", que contenía dentro las toallas de playa, los bañadores de toda la familia y un neceser de color rojo intenso que albergaba un bronceador que olía a limón, que mi madre adoraba porque le ayudaba a coger aquel moreno intenso que todo el mundo ansiaba sin ningún miedo al cáncer de piel en los años setenta. Ese olor intenso a limón es el primer recuerdo olfactivo de mis jornadas playeras, pero no el único, ni mucho menos.

Cuando por fin todos estábamos ataviados con el traje de baño del año anterior, nos encaminábamos a la parada del autobús, concretamente el 59 en el barrio de Les Corts, que en aquella época tenía justo al lado una vaquería o un establecimiento en que había animales estabulados, y el olor de estos bichos se me iba metiendo por las narices hasta que llegaba el conductor con el transporte en cuestión. Yo me ponía pesadísima tanto durante la espera como durante el trayecto, porque ambos eran largos y pesados y ya se sabe que cuando uno es niño la paciencia no es su mejor aliado. El recorrido estaba repleto de paradas, donde recogíamos a gente de lo más variopinta que subía con sombrillas, neveras, niños, abuelas, bolsas... porque la playa de la Barceloneta siempre fue la playa donde íbamos los trabajadores, los que no podíamos ir a otras playas más pudientes o con mejores accesos. Así que el personal que nos acompañaba durante el camino era verdaderamente curioso.

En aquella época, la ciudad de Barcelona estaba de espaldas al mar, tal y como se
encargaron de recordarnos incansablemente durante las mejoras con motivo de los Juegos Olímpicos, así que no veíamos la playa hasta casi tenerla justo enfrente de las narices. Sólo al final, cuando empezaba a leer en los edificios que pasábamos "Tinglado nº 3" o "Tinglado nº 4" me daba cuenta de que ya estábamos llegando, porque esos eran los edificios del final del paseo Nacional que nos tapaban la vista hacia la playa y que desaparecieron con la Barcelona Olímpica.

Al bajar del autobús, aún los quedaba un largo periplo a lo largo del paseo marítimo, porque mis padres no querían nunca quedarse en la primera zona, la que estaba más cercana a la parada del autobús, por razones obvias de hacinamiento, pero a mí, que me moría de ganas de llegar, me daba lo mismo la gente y las aglomeraciones, yo quería llegar a la arena, quitarme la ropa y meterme en el agua. Así que allí empezaba una especie de batalla paterno-filial, porque el paseo marítimo estaba repleto de accesos por escalerillas hasta la arena, y yo ya empezaba desde el primer acceso a preguntar si era aquella la escalera por la que podíamos bajar y mi padre me iba dando negativas hasta casi el último acceso, con el consecuente mosqueo por mi parte. Cuando al fin llegábamos y bajábamos las escaleras del último o penúltimo acceso el tercer olor característico de la mañana me invadía las fosas nasales: aquel aroma ácido de la humedad del mar, junto con la poca salubridad de los vestuarios que quedaban debajo del acceso al paseo era la última señal olfativa que nos confirmaba de que habíamos llegado definitivamente a nuestro destino. En cuanto pisaba la arena me descalzaba y echaba a correr todo el tramo hasta llegar al agua, metía los piececillos en ella para comprobar la temperatura y volvía corriendo a mis padres para informarles que siempre, inexorablemente, estaba muy fría. En aquel momento quedaba inaugurada la temporada de playa y me sentía completamente feliz.


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domingo, 21 de abril de 2013

COMO BRILLAN LAS BAILARINAS

Me fascinan las bailarinas. Su manera de caminar, de moverse, su ropa, sus zapatillas con cintas... Viendo como bailan resulta todo tan sencillo que parece mentira que pueda existir gente tan patosa como yo. La perfecta armonía, la capacidad de controlar los movimientos, la autoconciencia del cuerpo, el equilibrio interno que se refleja en el exterior... Para mí eran poco más que diosas del Olimpo cuando las veía con sus tutús vaporosos de color rosa, casi volando en el escenario.

En mi colegio, los niños hacían gimnasia y las niñas ballet. Así que una vez a la semana nos enfundábamos en un maillot y unas medias negras, nos calzábamos las zapatillas de media punta y, agarradas a la barra de madera nos dedicábamos a repetir constantemente algunos pasos de danza clásica. Yo era bastante pequeña entonces pero a pesar de todo siempre fui consciente de  la evidente diferencia de trato entre dos categorías de alumnas: alguna niñas de la clase realizaban esta asignatura como actividad extraescolar con la misma profesora y, por supuesto, con un dispendio económico considerable que las demás no realizábamos, así que sólo ellas recibían atención durante el horario de clase. Injustamente, las niñas de ballet normal quedábamos relegadas a un segundo plano hasta el punto que no recuerdo ni una sola explicación sobre ningún ejercicio a lo largo de todos los años en que aquella profesora nos impartió la asignatura. Seguíamos la clase imitando lo que hacían las alumnas aventajadas de ballet especial, copiando sus perfectos movimientos como bobas. Las veíamos cambiarse en el vestuario separadas del resto de las "mortales", bromeando entre ellas, preciosas, con los mejores atuendos y las mejores sonrisas.

La profesora, creo recordar que se llamaba Carmen, se sentaba en una silla de madera en medio de la sala, sintiéndose por encima del bien y del mal, adulando descaradamente a las alumnas preferidas e ignorando al resto de la clase o mirándonos con el mismo desprecio con que se mira un gusano. Era tan desastrosa como profesora que nunca nos dio una sola explicación de cuál era el contenido de la asignatura, ni las partes en que se dividía la clase, ni cuál era la función de cada una de ellas. Eso sí, un día cuando ya éramos bastante mayorcita (diez u once años) decidió realizarnos un examen escrito en que debíamos detallar el nombre de todos y cada uno de los pasos que realizábamos y en el orden correcto de ejecución. Las de ballet especial, evidentemente, se negaron durante toda la semana a socorrer al resto de alumnas aunque les suplicamos que lo hicieran. El día en que teníamos que entregar el resultado la profesora fue leyendo en voz alta, delante de todas las demás, el desastroso resultado de cada una de nosotras y, por descontado, todas las alumnas de ballet especial obtuvieron una cualificación excelente frente a las demás, que no pasamos de un aprobado raspado en el mejor de los casos.

Todo este desastre pedagógico culminaba en algo más grande: una vez cada cuatro años la escuela organizaba un festival de final de curso donde todos los alumnos demostraban ante sus familiares todo lo que habían aprendido. Así que una vez cada cuatro años, durante aproximadamente seis meses, la profesora de ballet se dignaba a dirigirnos la palabra aunque sólo fuera para corregirnos en la ridícula coreografía que había ideado para la ocasión.

¿Ya he mencionado mis dificultades para el baile? ¿No? Pues ahora es el momento porque digamos que la naturaleza no me ha dotado de coordinación suficiente como para que la cabeza, los brazos y las piernas respondan acompasadamente. Y para rematarlo, toda la memoria prodigiosa que tengo para casi todo en esta vida se esfuma cuando se trata de recordar un conjunto de pasos de baile enlazados por una melodía.

De esta guisa, creo que no exagero si digo que era la alumna que más desesperaba a la profesora con mi incapacidad para aparecer con cierta dignidad ante los padres el día del espectáculo. Yo lo intentaba con todas mis fuerzas pero resultaba imposible que mi cuerpo y mi mente se sincronizaran para bailar. Pasaban las semanas y los meses con rapidez y los ensayos se convertían en verdaderos suplicios donde poco a poco me iba relegando de la mitad del escenario a una discreta última fila, donde se me viera lo menos posible.

Y el momento en que pasábamos al ensayo en el teatro donde se iba a representar el festival llegaba y yo me iba consumiendo por dentro. Porque a pesar de mi reconocida incapacidad genética para el baile, cuando llegaba el día del primer ensayo y nos pasábamos toda la mañana en el teatro, mirando las anteriores actuaciones del resto de compañeros y finalmente llegaba el momento mágico de aparecer entre bambalinas, yo me dejaba llevar por el olor de la humedad, por el polvillo que levantábamos con el movimiento y por el ruido de la madera del escenario crujiendo bajo nuestros pies y me sentía de pronto como aquellas maravillosas bailarinas de Degas, brillando bajo los focos por el esfuerzo y deseaba con todo mi ser que una fuerza superior me insuflara la capacidad de aprender a bailar. Nada de todo esto ocurría, claro, yo seguía tropezando con mis propios pies como si fuera un cachorrillo despistado y la emoción todavía me hacía sentir más frustrada.




El día decisivo, el del festival propiamente dicho, llegábamos medio disfrazadas al evento, y esperábamos ansiosas a que llegara nuestro turno detrás del escenario. A estas alturas de la situación yo ya tenía claro que no iba a ser mi mejor día e intentaba cubrir el expediente con la mayor dignidad posible. Cuando ya acabábamos conseguía relajarme en el patio de butacas, admirando en silencio el resto del espectáculo con las actuaciones estelares de las niñas de ballet especial, dando lo mejor de sí mismas para gloria y disfrute de la profesora Ella aparecía siempre al final del festival, azoradísima y acalorada, con una falsa modestia que todavía ahora me indigna hasta quemarme las entrañas, agradeciendo los aplausos y aceptando tímidamente un ramo de flores que le entregaban sus preferidas. Yo creo que en aquel momento se sentía poco menos que la Pavlova, sobrecogida por el calor de los padres que eran completamente ajenos a la crueldad de sus clases y la falta de profesionalidad de sus métodos pedagógicos y abandonaba el escenario entre lágrimas y agradecimientos. Curiosidades de la vida, a pesar de ella y de su incompetencia, me siguen encantando las bailarinas.

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viernes, 12 de abril de 2013

JUGANDO A LA BOMBA ATÓMICA

Un verano de mi infancia, tenía yo cuatro o cinco años, vinieron a mi casa a pasar
unos días mis primos de América. Sí, sí, tal como suena. De hecho, se trataba de los hijos de la prima de mi madre así que, para ser más exactos, debería decir que vinieron mis primos segundos de América.

Mi tía Juana se casó con un ecuatoriano y se fueron a vivir a EEUU, donde todavía hoy residen. Ni que decir tiene que su llegada supuso para nosotros una pequeña revolución, no solo por la problemática que provocaba ubicar de pronto a cuatro nuevos inquilinos, sino también porque entonces EEUU estaba mucho más lejos que hoy en día, cuando viajar está al alcance de casi cualquiera. Así que aquel verano mi tía se plantó con la familia y las maletas en España y estuvo haciendo un recorrido turístico por todas las provincias donde tenía familiares, amigos y conocidos, para aprovechar al máximo el tiempo y el viaje.


¡Ah! ¡Había tantas cosas que me llamaban la atención de aquellos cuatro recién llegados! Por un lado, esa manera de hablar español, con una cadencia medio cubana, medio ecuatoriana, de persona andaluza que lleva mucho tiempo viviendo en otro país y a quien se le han pegado todos los acentos de todas las personas con las que ha practica habitualmente su idioma, llegados también de mil lugares. Y junto con el sugerente acento, el uso de verbos en tiempos lejanos cuando lo que contaban acababa de pasar ("Me pegó, mami, ella me pegó", cuando lo que contaba acababa de ocurrir) y todo ello salpicado con numerosas palabras en inglés, hasta que llegó un punto que yo no sabía en que idioma estaban hablando.
Me desconcertaba el idioma, el tono, el acento y junto con ello las costumbres que tenían para casi todo: tomaban copas a media mañana, combinados a media tarde, bendecían la mesa... ¡Aquello era una locura considerable!


También me sorprendía el atuendo de aquella familia: mi prima, un poco más mayor que yo, llevaba unos pantalones de flores enormes de mil colores que no hubiera imaginado ni en el más psicodélico de mis sueños (aunque luego aquel estampado pasara a formar parte del decorado habitual de nuestra casa) y mi tía casi siempre iba ataviada con unas gafas de sol enormes y un "bandeau" en el pelo que le daban un aspecto de actriz famosísima que ha tenido mala noche y quiere pasar desapercibida ante las posibles miradas de los admiradores. No puedo decir que en mi casa fuéramos unos paletos vistiendo, pero aquella moda está claro que no nos había llegado, y yo lo percibió como algo de lo más "chic".

Y finalmente, estaba el juego habitual de mi primo, el mayor de los dos niños: hacía poco que habían hecho alguna remodelación en la terraza de mi casa y habían sobrado algunas baldosas que se guardaban amontonadas en el hueco de la escalera. En cuanto mi primo descubrió aquel arsenal se dedicó a lanzarlas desde lo alto de la baranda de la escalera hacia la terraza inferior a grito de "¡Bomba
atómica!" con una afición casi psicopática.
Seguramente es una percepción posterior, pero aquel niño jugaba a lanzar proyectiles sobre los juguetes que estaban en el piso inferior con una prepotencia que sólo tienen quienes se creen dueños del mundo. Y Yo que nunca había jugado a ninguna guerra ni similar, pero
que tenía otros primos con los que sí compartía hazañas y aventuras, nunca había oído hablar de la bomba atómica, ni atacábamos al enemigo con aquella indiferencia gélida que proporciona sentirse superior. Le pregunté a mi padre qué era la bomba atómica, y por qué aquel niño lanzaba las bombas con tanta maldad; mi padre sonrió y me tranquilizó diciendo que la bomba atómica era la peor que había, la más destructora, que había matado muchas personas hacía años en Japón pero que no me preocupara, que no la iban a volver a lanzar nunca más porque se habían dado cuenta que era demasiado destructiva. Le pregunté qué país había lanzado la bomba, quiénes eran los malos en aquella ocasión. Mi padre me miró sonriendo y me dijo que había sido EEUU y yo me quedé helada, petrificada pensando que estábamos albergando en casa poco menos que a unos asesinos deplorables.

Nunca volví a mirar igual a mi familia norteamericana, aquella revelación de mi padre sobre lo que había pasado en Hiroshima y Nagasaki me llevó a sentir una cierta repulsa hacia aquel país y sus habitantes. Mi padre pensó que no era buen momento para contarme que todos los países tenían sus propias miserias y que la historia no dejaba a nadie libre de asesinatos y matanzas, cada uno en su época y en función de sus posibilidades. Algunos años después, cuando vi por primera vez aquella maravillosa película de Steven Spielberg llamada "El imperio del sol" volví a recordar a Eduardo gritando como un poseso "¡Bomba atómica!" y a mi padre descubriéndome una de las partes más oscuras de la historia del siglo XX y aún me pareció más grotesco aquel juego de un caluroso verano de mi infancia.




Mil grullas de papel por cada persona muerta en aquel vergonzoso episodio.

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domingo, 31 de marzo de 2013

EL FESTIVAL DE EUROVISIÓN

Cuando yo era pequeña el Festival de Eurovisión era un acontecimiento importante para todos los "españolitos", hasta el punto que esperábamos con ilusión que llegara el día para poder festejar algún éxito que nos elevara el espíritu patriótico. Unas semanas antes ya aparecía el representante de RTVE en una especie de "videoclip" de la época (en aquella época, los "videoclip" se llamaban "Minutos Musicales" y sólo aparecían cuando se producía un problema en la emisión hasta que volvía a restablecerse la señal) donde el o la cantante intentaban lucirse al máximo y contagiarnos de entusiasmo mientras nos hacían aprender la canción candidata. En el colegio, los niños y las niñas tarareábamos sin cesar el tema en cuestión hasta que llegaba el ansiado día. Recuerdo, siendo muy niña, a Sergio y Estíbaliz cantando "Tú volverás" o de más mayor, a José Vélez o a Micky representando a España.


Hubo un día memorable: aquel sábado mis padres decidieron empapelar la casa (de hecho lo decidió mi madre; en las cuestiones de decoración, mi padre sólo cumplía órdenes). Muy de mañana toda la familia se posicionó alrededor de la tarea asignada en el grupo de trabajo y pronto todos estuvimos atrapados por nuestros quehaceres. En aquella época, finales de los 70, el papel con el que se empapelaban todas las casas era de motivos florales, concretamente unos floripondios tremendos que a mi padre le costaban Dios y ayuda casar unos con otros. Con su eterno cigarrillo en la comisura de los labios, no se cansaba de repetir que el papel liso era muy sencillo de poner, y en cambio, aquél que tanto había gustado a mi madre en la tienda, se había convertido en una auténtica pesadilla psicodélica en rosa y verde.

Mientras tanto, yo me encargaba de extender el engrudo de la cola sobre el papel, y ayudar después sujetando para que mi padre pudiera colocarlo correctamente en la pared junto al resto de decorado. Era una tarea maravillosa, casi de tanta responsabilidad como la de cualquier persona mayor, y mover aquella masa viscosa y ponerme perdida sin que nadie me regañara me hizo olvidar de que aquel día era el del Festival de Eurovisión. Cuando sobre las 21h mi madre lo mencionó mientras todavía acababa de colocar los últimos muebles en el comedor, al tiempo que mi padre recortaba los sobrantes con una cuchilla de afeitar yo no podía creer que se me hubiera pasado el tiempo tan rápidamente, casi sin darme cuenta, cuando aquel día transcurría normalmente cargado de nervios hasta el momento de la retransmisión.

Cuando finalmente estaba todo recogido en casa y mi madre empezaba a preparar la cena en la cocina, sonó la inconfundible sintonía de Eurovisión, y empezó a invadirme una especie de orgullo patrio que, como cada año, me duraba toda la retransmisión e incluso toda la semana. En aquella época, España no aspiraba a ganar ni competiciones deportivas ni ningún otro certamen que nos diera victorias, así que un concurso de canciones era el evento ideal para sentirnos menos mediocres como país. El año en cuestión nuestra representante era Betty Missiego, una señora con un "look" tremendamente trasnochado, con un moño imposible que estuvo de moda en la época de Fernando VII, y que movía sus larguísimos brazos bajo una túnica celeste que bien podría haber llevado otro cantante famosísimo de la época, el imborrable Demis Roussos.





En aquella edición hubo una circunstancia especialmente dolorosa: España estuvo a punto de ganar, pero nuestras esperanzas se vieron truncadas en el último momento, cuando el jurado español concedió "Twelve points" a Israel, el segundo país clasificado, haciendo que se alzara con la victoria por un punto de diferencia. La canción "Halellujah" nos arrebató en el último momento nuestras opciones al triunfo, después de haber tenido en nuestras manos el orgullo de ganar en algo, aunque fuera una triste festival de televisión europeo. Agotada como estaba después de un arduo día de trabajo me eché a llorar sin consuelo, gritando que no había derecho, que los españoles éramos tontos por dar los puntos a un país que nos podía ganar (cualquiera me explicaba que los puntos estaban ya concedidos de antemano) y que no entendía por qué Israel, si no era europeo, tenía que competir en este concurso, que no había derecho. Mi padre, que era el menos interesado en el asunto, intentó explicarme que lo de menos era la canción, que en aquel concurso había muchos intereses políticos y que no debía preocuparme por cosas tan poco importantes como aquellas. Imagino que el pobre no quiso entrar en más detalles sobre el por qué Israel participa todavía hoy en día en competiciones europeas como Eurovisión o la Euroliga de Baloncesto... Bastante disgusto tenía yo entonces como para que me contaran que la mitad del universo conocido depende económicamente de este pequeño país que me hizo llorar una noche en 1979.

En definitiva, que los días fueron pasando y con ellos los años, pero todos los días que el papel pintado estuvo adornando el salón comedor de casa de mis padres sirvieron para recordarme una derrota comparable a la que sufrió Napoleón en Waterloo. Sólo cuando mucho tiempo después los floripondios rosas y verdes fueron substituidos por un discreto papel color azul celeste pude olvidar aquella amarga noche de desengaños festivaleros.

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domingo, 24 de marzo de 2013

EL DÍA DE LA PALMA

Si aún tuviera siete años, hoy sería uno de los días más importantes de año. Por tradición, el domingo de Ramos era el día en que en mi casa se estrenaba la ropa de primavera y aunque fuera con una obligada rebeca (en la mayoría de las ocasiones la temperatura no daba para muchas más alegrías) era el momento de ponerse de manga corta por primera vez en toda la temporada. Por fin, aquellas mangas largas en las camisetas que nos habían acompañado durante todo el larguísimo invierno iban a desaparecer para liberar los bracitos que se descubrían  felices y blancuzcos después de meses de permanecer escondidos.

El día de la palma era un poco el que determinaba las tendencias en cuanto a colores y estilos de aquella temporada primavera-invierno, aunque con frecuencia aquello era lo que imponían los grandes almacenes y después la gente hacía lo que le daba la gana. Me acuerdo especialmente de un año en que marcó la tendencia el color turquesa y los bolsos y zapatos plateados, y allí me plantaron una camisa con motivos en azul turquesa (mi madre dice que es verde turquesa, yo siempre lo veo azul) y un espeluznante bolso plateado con un acabado acolchado que todavía me produce pesadillas cuando lo recuerdo.

Lo que sí tocaba todos los años eran los calcetines calados, que parecían diseñados por un auténtico sádico. Además de ser horrorosos, la goma elástica apretaba para evitar que se deslizara pantorrilla abajo, y a ello se añadía un problema personal: como ya he comentado en otra entrada, mis pies planos me obligaban a llevar zapatos desafortunados por lo que respecta a la estética, que en numerosas ocasiones, además, me iban algo pequeños. Tengo que reconocer que siempre he sido de pie generoso y encontrar zapatos de mi número no era sencillo. Así que el caladito se me iba clavando en el pobre pie aprisionado hasta casi convertirse en un tormento de Jueves Santo más que de Domingo de Ramos.


Para compensar, algo que me encantaba de este día era el rosario de azúcar que colocábamos en la palma para bendecir, y que acababa siempre en el suelo cuando el cura daba la orden para que la achucháramos contra el suelo. Nunca entendí ni qué decía el cura en aquel momento ni me importó demasiado, pero sí recuerdo que pasaba un mal rato esperando ese momento en que sabía de antemano que todas las chucherías que llevaba colgada mi palma irían a parar al suelo y ya no querría comérmelas.


Después de una mañana cargada de emociones como esta, nos esperaba una semana cargada de películas de romanos, sentados todos frente a la televisión comiendo pipas, viendo las mismas películas con los mismos desenlaces ya conocidos, pero que nos mantenían enganchados al sofá en unos días, durante mi niñez, en que bien pocas cosas se podían hacer además de ver procesiones o visitar iglesias. Mi preferida sigue siendo "Ben Hur" porque no es una película al uso de la vida de Jesucristo, sino una especie de cuento donde hay malos muy malos y buenos que consiguen vengarse. Y ni que decir tiene que cuando descubrí "Godspell" en una mañana de teatro con el colegio me quedé prendada de su espíritu revolucionario. Nada volvió a ser lo mismo después de "Godspell" y "Jesucristo Superstar"... Afortunadamente.





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domingo, 17 de marzo de 2013

LA MAGIA DE LA CINTA DE CASSETTE

Como todo lo que desaparece de nuestras vidas, la cinta de cassette ha pasado a ser un elemento de culto. El acceso a la música a través de internet ha cambiado completamente el valor que tenía antaño escuchar la canción que nos gustaba sólo si teníamos el disco o si nuestra cadena radiofónica preferida se dignaba a "pincharla". El cassette tenía además la posibilidad de grabar partes de nuestra vida o incluso las canciones que radiaban en las emisoras de moda.

Cuando llegó a mi casa el radiocassette yo tenía cinco o seis años: un verano mis padres se gastaron 5200 pesetas de aquella época en un dispendio sin precedentes. De aquel día conservamos todavía en casa una cinta grabada que he escuchados tantas veces que todavía la recuerdo casi por completo; como merecía la ocasión, nos pasamos todo el día haciendo pruebas, los mayores diciendo frases graciosas, y los niños cantando melodías de la época intentando emular grandes artistas.  Guardamos también dos pedazos de canciones de la época: "Tómame o déjame" de Mocedades y "A whiter shade of pale" de Procol Harum que quedaron inmortalizados entre las voces del vendedor que nos daba instrucciones para que nos familiarizáramos con el aparato.



Hay que decir que esta actividad duró meses y meses y fue el  máximo divertimento de grandes y pequeños. Quedaron registradas las voces incluso de mis abuelos. Estoy encantada de que esta cinta sobreviviera a mi adolescencia, porque durante esa época "machaqué" literalmente casi todas las cintas vírgenes existentes en mi casa en un afán irreprimible de grabar todas mis canciones preferidas de la radio. Destruí también algunas cintas de artistas que habían dejado de interesarme con el viejo truco de la cinta adhesiva en las perforaciones para poder grabar encima de ellas, como las de Enrique y Ana que en otro tiempo habían sido mi mayor objeto de deseo. Mi mayor afición durante mucho tiempo fue escuchar la radio con los dos dedos índices preparados sobre los botones del "play" y del "rec" esperando que sonara mi canción favorita del momento y rezando para que el locutor de turno no la destrozara demasiado pronto con sus absurdos comentarios. Cuando la cosa fue modernizándose y aparecieron los "walkman" los adolescentes inventamos uno de los primeros métodos de ahorro de energía, aprendiendo a rebobinar con un bolígrafo Bic para evitar gastar las pilas. Fue uno de estos descubrimientos de la sabiduría popular que tiene mucho mérito que en una época sin internet como aquella corriera como la pólvora y fuera adoptada por toda una generación.

Las cintas guardan un encanto especial por muchas de sus características (ya he dicho que cuando un objeto deja de usarse aparece una tropa de fans fetichistas que se emocionan con cualquier cosa que se relacione con él). Su olor, por ejemplo, es inolvidable: en mi casa, las guardábamos en diferentes cajones excepto algunas privilegiadas que estaban siempre en una maleta negra forrada por dentro con terciopelo rojo; todavía recuerdo el olor que desprendían cuando la abríamos los sábados de verano, mientras nos bañábamos en una balsa en la terraza para intentar soportar el bochorno de Barcelona a ritmo de "Para piel de manzana" de Joan Manel Serrat. El agua se reflejaba en la pared marrón y yo me quedaba ensimismada, un poco aturdida por el calor del sol, mirando cómo iban cambiando las figuras a medida que movíamos el agua con nuestros chapoteos.

¿Y qué decir que esos momentos castróficos en que se enredaba inexorablemente al reproductor hasta que había que romperla para poder liberarla? Después aquellas madejas de cinta marrón que tirábamos a la basura aparecían en las cunetas de la carretera, o volando al viento enganchadas en las ramas de los árboles poniendo un punto y final de lo más poético a su vida útil.

Poco a poco el CD fue substituyendo los vinilos y las cintas de cassette, hasta el punto que hoy en día muchas casas las acumulamos a pesar de que ya no contamos con el reproductor para volver a escucharlas. Cuando pienso que no tiene sentido seguir guardándolas vuelvo a recordar aquellas voces registradas de los familiares que ya no están, aquellos momentos de mi infancia y adolescencia que tanto me conmueven y me reprimo de tirarlas a la basura; me convenzo a mi misma pensando que, al fin y al cabo, no me hace falta ese cajón que ahora están ocupando.

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martes, 12 de marzo de 2013

EL CANÓDROMO DIAGONAL

En verano, cuando acabábamos el colegio, mi abuelo paterno venía a buscarme a casa algunas tardes para llevarme a pasear. El "avi Felip" era un hombre taciturno, cargado de misterios e incertidumbres. Para empezar, todo el mundo le conocía como Felip cuando en realidad se llamaba Joan, y ahí empezaba su leyenda: durante la guerra, usurpó la identidad de un cuñado para evitar ir la frente, y de la noche a la mañana pasó de un nombre al otro hasta que nadie recordó el original. Parece que la estrategia no le funcionó del todo bien, porque siempre recuerdo que repetía un número en inglés que correspondía su número de prisionero cuando estuvo en el campo de concentración. No he llegado a averiguar en qué campo francés estuvo ni cómo volvió de allí, porque la familia de mi padre siempre ha sido de pocas explicaciones y aquel tema era algo que no se hablaba más que en voz baja cuando nadie escuchaba.

No sé si de aquella época o de cuando hizo el servicio militar, mi abuelo tenía un tatuaje en el antebrazo de muy mala calidad que representaba a una mujer desnuda. Cuando llevada por la curiosidad infantil le preguntaba por el dibujo, él siempre respondía lo mismo: "Això no es mira" ("Esto no se mira", ¡Como si fuera tan fàcil!) y a mi me seguía atrapando aquella imagen de tinta tan horrorosa que si no hubiera sido por el obscurantismo de mi abuelo no hubiera ocupado ni un segundo más de mis pensamientos.

Como decía, el "avi Felip" me venía a buscar a casa algunas tardes de verano con su boina negra protegiendo la incipiente calva, y me llevaba a pasear. Sólo en el momento en que me veía soltaba las manos entrelazadas en la espalda, y me preguntaba a dónde quería ir. En realidad se trataba de una pregunta retórica, porque él sabía de sobras que mi respuesta iba a ser siempre la misma, pero siempre acabábamos haciendo lo que él quería: mi destinación favorita era el canódromo Diagonal, en la Zona Universitaria, para poder ver cómo corrían los galgos tras la liebre de trapo. Ahora siento mucha vergüenza de reconocerlo, porque entiendo que se trataba de un espectáculo deplorable, pero en aquel momento para mí era la excursión compartida con mi abuelo más maravillosa que podía hacer una calurosa tarde de verano de Barcelona.

Si tenía suerte y mi abuelo estaba de acuerdo, nos dirigíamos a nuestro destino cogidos de la mano, mi abuelo siempre callado mirando al suelo (siempre se encontraba algo por la calle, gracias a esa perspectiva) y yo disfrutando del olor de su agua de colonia, atrapada en su mano rasposa agradeciendo cada uno de los pasos que dábamos juntos. Al llegar al canódromo me compraba una Fanta de naranja y se sentaba junto a mí en la grada, a la espera de la primera carrera. Cuando salían los galgos, me decía que me fijara atentamente en el perro que tuviera las patas más largas, porque ese iba a ser el ganador, y una vez habíamos consensuado quién creíamos que era el favorito, nos íbamos a la cola de las apuestas a sacar el boleto con nuestros vaticinios. Me parece que sólo una vez ganamos algo, pero eso no era lo importante. Lo importante es que aquel hombre callado y de pasado sombrío contaba conmigo para compartir algunas tardes de mi niñez, y aunque nunca hablábamos demasiado, nuestro lazo invisible nos permitía estar conectados por una especie de corriente mágica de cariño. Cuando me cansaba de mirar los perros correr tras la liebre de mentira me llevaba al "pinball" y jugaba algunas partidas hasta que me cansaba y me llevaba a casa de nuevo.

Algunas veces, a la altura de la Diagonal, cuando ya casi llegábamos a María Cristina, mi abuelo me decía con voz muy bajita: "Tira endavant tu soleta i ara t'agafo" ("adelántate un poco y ahora te alcanzo"). Obediente como yo era, empezaba a andar muy despacio mirando atrás sin parar por miedo a perderle de vista y muy intrigada por lo que fuera a hacer mi abuelo. Entonces él sacaba una bolsa de plástico del bolsillo de su americana, se agachaba ante cualquier parterre con flores, robaba impunemente uno de los geranios que había plantado el ayuntamiento (o petunia, o begonia, ...) lo metía en la bolsa y me alcanzaba con el botín ya camuflado.

Al llegar a casa mi abuelo le daba la bolsa a mi madre como obsequio, porque sabía que a ella siempre le han gustado mucho las plantas, mi madre le regañaba un poco por la travesura y los dos sonreían con complicidad cuando ella acababa aceptando el regalo. Entonces sacaba del bolsillo su monedero, donde siempre hubo un billete de 1000 pesetas de los de los reyes católicos muy bien doblado y que nunca en mi presencia cambió ni gastó, rebuscaba una moneda de cinco duros y me la alargaba con cariño mientras me decía "Té, perque et compris un mantecao". Aquello significaba no uno, si no muchos helados de la época, que seguro que rondaban el duro, y si no fuera porque nunca me han emocionado demasiado los helados y porque a los dos minutos ya no sabía donde estaba la moneda, me hubiera sentido la niña más afortunada del mundo. Sin embargo, yo tenía suficiente con acercarme para darle un beso en su recién afeitada mejilla que todavía olía a "Heno de Pravia" y oirle decir muy bajito que, como me había portado bien, me volvería a llevar consigo a ver los perros correr detrás de un trozo de trapo.

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