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martes, 18 de marzo de 2014

PEDACITOS DE INFANCIA

  • El trocito de cielo que se veía desde la galería interior de mi casa todas las tardes de primavera.
  • El olor de tierra mojada y de eucalipto del parque donde mi abuela me ayudaba a hacer castillos de arena mientras el sol se colaba tímidamente entre las ramas de los árboles.
  • El tintineo de una cucharilla repicando contra el cristal de un bote donde realicé mi primer "experimento" con jabón, ramitas de árbol, colonia y muchas otras porquerías.
  • El chupete de plástico flotando dentro de una botella de jabón.
  • El reflejo del agua en la pared una mañana de verano, chapoteando en la terraza mientras sonaba "La mujer que yo quiero".
  • El sol entrando a raudales hasta el recibidor, mucho antes de que el alcalde decidiera autorizar la construcción de las manzanas interiores de los edificios.
  • El color azul de la pared desconchada de la habitación desde donde mi abuelo me miraba y sonreía.
  • El vestido rojo con franjas negras y botones dorados que tanto me gustaba, con el que jugaba a ser algo parecido a una princesa.
  • Las ruedas de mis patines extensibles, tan viejas y roídas que casi no se recordaba que habían sido blancas.
  • El olor inconfundible de la mochila de los cuentos.
  • El ruido de la pulsera de mi madre cuando me tomaba de la mano y yo escuchaba muy de cerca como las monedas entrechocaban justo al lado de mis oidos.
  • El primer día de manga corta, después de meses y meses de esconder los brazos bajo capas de ropa.
  • Las gotas de lluvia de aquella tarde de tormenta en la playa.
  • Los rayos de sol que caían con la tarde en la escalera que daba a la azotea en casa de mi abuela.
  • El neceser color naranja donde mi madre guardaba la crema para el sol los días de playa.
  • El ruido de la sierra del carpintero en la planta baja del colegio, que nos obligaba a pasar todo el año con las ventanas cerradas.
  • El frescor de la pieza de chocolate escondida dentro del hueco de la miga de pan.
  • Felicitación, felicitación, felicitaciones...
  • La flauta del afilador.
  • El yogur de pera de mi tía Teresina
  • Los tebeos de "Mortadelo y Filemón" leídos junto a mi primo las tardes de verano.
  • La habitación de mi prima Dori, donde siempre había sol, y todo estaba perfectamente recogido.
  • Las cajas de rotuladores Carioca, las de ceras Manley y de lápices Alpino.
  • Las horas y horas sentados en una hamaca en la terraza, mi padre y yo, jugando a las capitales del mundo.
Fuente de imagen 1: http://servando-mibarricada.blogspot.com.es
Fuente de imagen 2: http://www.yofuiaegb.com/

domingo, 17 de marzo de 2013

LA MAGIA DE LA CINTA DE CASSETTE

Como todo lo que desaparece de nuestras vidas, la cinta de cassette ha pasado a ser un elemento de culto. El acceso a la música a través de internet ha cambiado completamente el valor que tenía antaño escuchar la canción que nos gustaba sólo si teníamos el disco o si nuestra cadena radiofónica preferida se dignaba a "pincharla". El cassette tenía además la posibilidad de grabar partes de nuestra vida o incluso las canciones que radiaban en las emisoras de moda.

Cuando llegó a mi casa el radiocassette yo tenía cinco o seis años: un verano mis padres se gastaron 5200 pesetas de aquella época en un dispendio sin precedentes. De aquel día conservamos todavía en casa una cinta grabada que he escuchados tantas veces que todavía la recuerdo casi por completo; como merecía la ocasión, nos pasamos todo el día haciendo pruebas, los mayores diciendo frases graciosas, y los niños cantando melodías de la época intentando emular grandes artistas.  Guardamos también dos pedazos de canciones de la época: "Tómame o déjame" de Mocedades y "A whiter shade of pale" de Procol Harum que quedaron inmortalizados entre las voces del vendedor que nos daba instrucciones para que nos familiarizáramos con el aparato.



Hay que decir que esta actividad duró meses y meses y fue el  máximo divertimento de grandes y pequeños. Quedaron registradas las voces incluso de mis abuelos. Estoy encantada de que esta cinta sobreviviera a mi adolescencia, porque durante esa época "machaqué" literalmente casi todas las cintas vírgenes existentes en mi casa en un afán irreprimible de grabar todas mis canciones preferidas de la radio. Destruí también algunas cintas de artistas que habían dejado de interesarme con el viejo truco de la cinta adhesiva en las perforaciones para poder grabar encima de ellas, como las de Enrique y Ana que en otro tiempo habían sido mi mayor objeto de deseo. Mi mayor afición durante mucho tiempo fue escuchar la radio con los dos dedos índices preparados sobre los botones del "play" y del "rec" esperando que sonara mi canción favorita del momento y rezando para que el locutor de turno no la destrozara demasiado pronto con sus absurdos comentarios. Cuando la cosa fue modernizándose y aparecieron los "walkman" los adolescentes inventamos uno de los primeros métodos de ahorro de energía, aprendiendo a rebobinar con un bolígrafo Bic para evitar gastar las pilas. Fue uno de estos descubrimientos de la sabiduría popular que tiene mucho mérito que en una época sin internet como aquella corriera como la pólvora y fuera adoptada por toda una generación.

Las cintas guardan un encanto especial por muchas de sus características (ya he dicho que cuando un objeto deja de usarse aparece una tropa de fans fetichistas que se emocionan con cualquier cosa que se relacione con él). Su olor, por ejemplo, es inolvidable: en mi casa, las guardábamos en diferentes cajones excepto algunas privilegiadas que estaban siempre en una maleta negra forrada por dentro con terciopelo rojo; todavía recuerdo el olor que desprendían cuando la abríamos los sábados de verano, mientras nos bañábamos en una balsa en la terraza para intentar soportar el bochorno de Barcelona a ritmo de "Para piel de manzana" de Joan Manel Serrat. El agua se reflejaba en la pared marrón y yo me quedaba ensimismada, un poco aturdida por el calor del sol, mirando cómo iban cambiando las figuras a medida que movíamos el agua con nuestros chapoteos.

¿Y qué decir que esos momentos castróficos en que se enredaba inexorablemente al reproductor hasta que había que romperla para poder liberarla? Después aquellas madejas de cinta marrón que tirábamos a la basura aparecían en las cunetas de la carretera, o volando al viento enganchadas en las ramas de los árboles poniendo un punto y final de lo más poético a su vida útil.

Poco a poco el CD fue substituyendo los vinilos y las cintas de cassette, hasta el punto que hoy en día muchas casas las acumulamos a pesar de que ya no contamos con el reproductor para volver a escucharlas. Cuando pienso que no tiene sentido seguir guardándolas vuelvo a recordar aquellas voces registradas de los familiares que ya no están, aquellos momentos de mi infancia y adolescencia que tanto me conmueven y me reprimo de tirarlas a la basura; me convenzo a mi misma pensando que, al fin y al cabo, no me hace falta ese cajón que ahora están ocupando.

Fuente de la imagen 1: http://sensacioneselmundo.blogspot.com.es
Fuente de la imagen 2: http://vidassonoras.blogspot.com.es/