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lunes, 20 de mayo de 2013

LAS TIENDAS DE POLLITOS

No hace tantos años, era habitual encontrar tiendas donde se vendían pollitos para criar en casa. Cerca de mi barrio, por poner un ejemplo, había una tienda donde, por la compra de una docena de huevos te regalaban un pollito, y a ver qué madre tenía suficiente valor para decirle a su niño o niña que no se llevaba al simpático animalito cuando ya se lo habían ofrecido y ya había visto lo monísimo que era. También había una tienda en Hostafrancs donde sólamente vendían pollitos, y todos los niños y niñas del barrio teníamos parada obligada en la susodicha tienda para pegar nuestras narices en el cristal, empapándonos de aquel olor cálido y algo ácido que desprendían los pobrecillos animales hacinados en dos aparadores de cristal, iluminados por una diminuta bombilla amarillenta que debía intentar reproducir las condiciones del pollito antes de salir del huevo. Hoy en día nadie imagina tener animales en estas condiciones, pero tampoco nadie imagina tener a cuarenta niños en una clase aguantando el humo del profesor que fumaba Ducados y sin embargo esas eran las condiciones habituales de la escolarización en España en los años 70 y 80.

Cada vez que pasaba por aquella casa lanzaba a mi madre una mirada suplicante, pero ella no cedía ni un ápice. Sin embargo, un día mi abuella llegó con un pollito,  creo que fruto de alguna compra en una de estas tiendas de comentaba antes. El pobre bichejo pasó directamente a la galería de mi casa (suerte teníamos que había una galería), que mi madre se encargó de alfombrar debidamente con papeles de periódico por todas partes. De nada sirvieron sus precauciones porque el pollito iba haciendo sus necesidades por todas partes y las iba repartiendo con las patitas por toda la terraza para su desesperación. Al principio yo estaba encantada, porque tener un animalito me parecía lo más, pero una vez me di cuenta que nuestras interacciones no iban a ser de mi agrado, después que me intentara picar un par de veces, dejé de sentir cariño hacia él, y él siguió ignorándome excepto cuando me acercaba más de lo necesario.

Lo malo fue que el pollo fue creciendo, como es natural, hasta que un día a vuelta de la escuela el plumífero animal ya no estaba con nosotros. La versión oficial, que creí hasta muy mayor, fue que mi abuela se lo había regalado a una señora, pero con los años descubrí que la señora se llamaba Parca y la guadaña la empuñaba mi "yaya" Isabel. Ella era una mujer de pueblo que había pasado la guerra, y con estas dos premisas está claro que no tenía el concepto de respeto a la vida que tiene actualmente el PACMA, por decir algo. Lo que sí espero es que, aunque no tuviéramos una relación muy fluida, no me lo sirvieran como plato en alguno de nuestros menús habituales. Claro que si dependía de una señora tan pragmática como mi abuela, me temo lo peor.

Fuente de la imagen: http://nomadas.abc.es

viernes, 12 de abril de 2013

JUGANDO A LA BOMBA ATÓMICA

Un verano de mi infancia, tenía yo cuatro o cinco años, vinieron a mi casa a pasar
unos días mis primos de América. Sí, sí, tal como suena. De hecho, se trataba de los hijos de la prima de mi madre así que, para ser más exactos, debería decir que vinieron mis primos segundos de América.

Mi tía Juana se casó con un ecuatoriano y se fueron a vivir a EEUU, donde todavía hoy residen. Ni que decir tiene que su llegada supuso para nosotros una pequeña revolución, no solo por la problemática que provocaba ubicar de pronto a cuatro nuevos inquilinos, sino también porque entonces EEUU estaba mucho más lejos que hoy en día, cuando viajar está al alcance de casi cualquiera. Así que aquel verano mi tía se plantó con la familia y las maletas en España y estuvo haciendo un recorrido turístico por todas las provincias donde tenía familiares, amigos y conocidos, para aprovechar al máximo el tiempo y el viaje.


¡Ah! ¡Había tantas cosas que me llamaban la atención de aquellos cuatro recién llegados! Por un lado, esa manera de hablar español, con una cadencia medio cubana, medio ecuatoriana, de persona andaluza que lleva mucho tiempo viviendo en otro país y a quien se le han pegado todos los acentos de todas las personas con las que ha practica habitualmente su idioma, llegados también de mil lugares. Y junto con el sugerente acento, el uso de verbos en tiempos lejanos cuando lo que contaban acababa de pasar ("Me pegó, mami, ella me pegó", cuando lo que contaba acababa de ocurrir) y todo ello salpicado con numerosas palabras en inglés, hasta que llegó un punto que yo no sabía en que idioma estaban hablando.
Me desconcertaba el idioma, el tono, el acento y junto con ello las costumbres que tenían para casi todo: tomaban copas a media mañana, combinados a media tarde, bendecían la mesa... ¡Aquello era una locura considerable!


También me sorprendía el atuendo de aquella familia: mi prima, un poco más mayor que yo, llevaba unos pantalones de flores enormes de mil colores que no hubiera imaginado ni en el más psicodélico de mis sueños (aunque luego aquel estampado pasara a formar parte del decorado habitual de nuestra casa) y mi tía casi siempre iba ataviada con unas gafas de sol enormes y un "bandeau" en el pelo que le daban un aspecto de actriz famosísima que ha tenido mala noche y quiere pasar desapercibida ante las posibles miradas de los admiradores. No puedo decir que en mi casa fuéramos unos paletos vistiendo, pero aquella moda está claro que no nos había llegado, y yo lo percibió como algo de lo más "chic".

Y finalmente, estaba el juego habitual de mi primo, el mayor de los dos niños: hacía poco que habían hecho alguna remodelación en la terraza de mi casa y habían sobrado algunas baldosas que se guardaban amontonadas en el hueco de la escalera. En cuanto mi primo descubrió aquel arsenal se dedicó a lanzarlas desde lo alto de la baranda de la escalera hacia la terraza inferior a grito de "¡Bomba
atómica!" con una afición casi psicopática.
Seguramente es una percepción posterior, pero aquel niño jugaba a lanzar proyectiles sobre los juguetes que estaban en el piso inferior con una prepotencia que sólo tienen quienes se creen dueños del mundo. Y Yo que nunca había jugado a ninguna guerra ni similar, pero
que tenía otros primos con los que sí compartía hazañas y aventuras, nunca había oído hablar de la bomba atómica, ni atacábamos al enemigo con aquella indiferencia gélida que proporciona sentirse superior. Le pregunté a mi padre qué era la bomba atómica, y por qué aquel niño lanzaba las bombas con tanta maldad; mi padre sonrió y me tranquilizó diciendo que la bomba atómica era la peor que había, la más destructora, que había matado muchas personas hacía años en Japón pero que no me preocupara, que no la iban a volver a lanzar nunca más porque se habían dado cuenta que era demasiado destructiva. Le pregunté qué país había lanzado la bomba, quiénes eran los malos en aquella ocasión. Mi padre me miró sonriendo y me dijo que había sido EEUU y yo me quedé helada, petrificada pensando que estábamos albergando en casa poco menos que a unos asesinos deplorables.

Nunca volví a mirar igual a mi familia norteamericana, aquella revelación de mi padre sobre lo que había pasado en Hiroshima y Nagasaki me llevó a sentir una cierta repulsa hacia aquel país y sus habitantes. Mi padre pensó que no era buen momento para contarme que todos los países tenían sus propias miserias y que la historia no dejaba a nadie libre de asesinatos y matanzas, cada uno en su época y en función de sus posibilidades. Algunos años después, cuando vi por primera vez aquella maravillosa película de Steven Spielberg llamada "El imperio del sol" volví a recordar a Eduardo gritando como un poseso "¡Bomba atómica!" y a mi padre descubriéndome una de las partes más oscuras de la historia del siglo XX y aún me pareció más grotesco aquel juego de un caluroso verano de mi infancia.




Mil grullas de papel por cada persona muerta en aquel vergonzoso episodio.

Fuente imagen 1: http://www.bancodeimagenesgratis.com
Fuente imagen 2: http://poderesunidos.wordpress.com

martes, 12 de marzo de 2013

EL CANÓDROMO DIAGONAL

En verano, cuando acabábamos el colegio, mi abuelo paterno venía a buscarme a casa algunas tardes para llevarme a pasear. El "avi Felip" era un hombre taciturno, cargado de misterios e incertidumbres. Para empezar, todo el mundo le conocía como Felip cuando en realidad se llamaba Joan, y ahí empezaba su leyenda: durante la guerra, usurpó la identidad de un cuñado para evitar ir la frente, y de la noche a la mañana pasó de un nombre al otro hasta que nadie recordó el original. Parece que la estrategia no le funcionó del todo bien, porque siempre recuerdo que repetía un número en inglés que correspondía su número de prisionero cuando estuvo en el campo de concentración. No he llegado a averiguar en qué campo francés estuvo ni cómo volvió de allí, porque la familia de mi padre siempre ha sido de pocas explicaciones y aquel tema era algo que no se hablaba más que en voz baja cuando nadie escuchaba.

No sé si de aquella época o de cuando hizo el servicio militar, mi abuelo tenía un tatuaje en el antebrazo de muy mala calidad que representaba a una mujer desnuda. Cuando llevada por la curiosidad infantil le preguntaba por el dibujo, él siempre respondía lo mismo: "Això no es mira" ("Esto no se mira", ¡Como si fuera tan fàcil!) y a mi me seguía atrapando aquella imagen de tinta tan horrorosa que si no hubiera sido por el obscurantismo de mi abuelo no hubiera ocupado ni un segundo más de mis pensamientos.

Como decía, el "avi Felip" me venía a buscar a casa algunas tardes de verano con su boina negra protegiendo la incipiente calva, y me llevaba a pasear. Sólo en el momento en que me veía soltaba las manos entrelazadas en la espalda, y me preguntaba a dónde quería ir. En realidad se trataba de una pregunta retórica, porque él sabía de sobras que mi respuesta iba a ser siempre la misma, pero siempre acabábamos haciendo lo que él quería: mi destinación favorita era el canódromo Diagonal, en la Zona Universitaria, para poder ver cómo corrían los galgos tras la liebre de trapo. Ahora siento mucha vergüenza de reconocerlo, porque entiendo que se trataba de un espectáculo deplorable, pero en aquel momento para mí era la excursión compartida con mi abuelo más maravillosa que podía hacer una calurosa tarde de verano de Barcelona.

Si tenía suerte y mi abuelo estaba de acuerdo, nos dirigíamos a nuestro destino cogidos de la mano, mi abuelo siempre callado mirando al suelo (siempre se encontraba algo por la calle, gracias a esa perspectiva) y yo disfrutando del olor de su agua de colonia, atrapada en su mano rasposa agradeciendo cada uno de los pasos que dábamos juntos. Al llegar al canódromo me compraba una Fanta de naranja y se sentaba junto a mí en la grada, a la espera de la primera carrera. Cuando salían los galgos, me decía que me fijara atentamente en el perro que tuviera las patas más largas, porque ese iba a ser el ganador, y una vez habíamos consensuado quién creíamos que era el favorito, nos íbamos a la cola de las apuestas a sacar el boleto con nuestros vaticinios. Me parece que sólo una vez ganamos algo, pero eso no era lo importante. Lo importante es que aquel hombre callado y de pasado sombrío contaba conmigo para compartir algunas tardes de mi niñez, y aunque nunca hablábamos demasiado, nuestro lazo invisible nos permitía estar conectados por una especie de corriente mágica de cariño. Cuando me cansaba de mirar los perros correr tras la liebre de mentira me llevaba al "pinball" y jugaba algunas partidas hasta que me cansaba y me llevaba a casa de nuevo.

Algunas veces, a la altura de la Diagonal, cuando ya casi llegábamos a María Cristina, mi abuelo me decía con voz muy bajita: "Tira endavant tu soleta i ara t'agafo" ("adelántate un poco y ahora te alcanzo"). Obediente como yo era, empezaba a andar muy despacio mirando atrás sin parar por miedo a perderle de vista y muy intrigada por lo que fuera a hacer mi abuelo. Entonces él sacaba una bolsa de plástico del bolsillo de su americana, se agachaba ante cualquier parterre con flores, robaba impunemente uno de los geranios que había plantado el ayuntamiento (o petunia, o begonia, ...) lo metía en la bolsa y me alcanzaba con el botín ya camuflado.

Al llegar a casa mi abuelo le daba la bolsa a mi madre como obsequio, porque sabía que a ella siempre le han gustado mucho las plantas, mi madre le regañaba un poco por la travesura y los dos sonreían con complicidad cuando ella acababa aceptando el regalo. Entonces sacaba del bolsillo su monedero, donde siempre hubo un billete de 1000 pesetas de los de los reyes católicos muy bien doblado y que nunca en mi presencia cambió ni gastó, rebuscaba una moneda de cinco duros y me la alargaba con cariño mientras me decía "Té, perque et compris un mantecao". Aquello significaba no uno, si no muchos helados de la época, que seguro que rondaban el duro, y si no fuera porque nunca me han emocionado demasiado los helados y porque a los dos minutos ya no sabía donde estaba la moneda, me hubiera sentido la niña más afortunada del mundo. Sin embargo, yo tenía suficiente con acercarme para darle un beso en su recién afeitada mejilla que todavía olía a "Heno de Pravia" y oirle decir muy bajito que, como me había portado bien, me volvería a llevar consigo a ver los perros correr detrás de un trozo de trapo.

Fuente imagen 1: http://www.elmundo.es
Fuente imagen 2: http://marketingdenostalgia.blogspot.com.es

sábado, 6 de octubre de 2012

¿ÁNGEL O DEMONIO? DEPENDE DE LA NECESIDAD...

En mi más tierna infancia siempre fui una niña modélica: era educada, aplicada, respetuosa, ordenada, y por todo ello hacía las delicias de todos los profesores que me tuvieron como alumna (sólo hasta una cierta edad, eso sí, después me resarcí de tantos años de buen comportamiento y me pasé al lado oscuro, pero eso lo puedo contar otro día).

Estos buenos modales y el comportamiento ejemplar llevó en determinados cursos a que mis profesores pusieran a mi lado niños y niñas conflictivos para ver si los "convertía" y los guiaba por el "buen camino" o al menos conseguían que se aburrieran como ostras al "gozar" de tan sosísima compañía. Uno de los que más tiempo estuvo ocupando esa zona de conversión a las buenas costumbres fue Albert Roca: una perla en cuanto a comportamiento y en cuanto a resultados académicos que torció el gesto cuando se vio a mi lado el primer día y que no mejoró demasiado nuestra relación a lo largo de los meses que estuvimos obligatoriamente juntos.

Un día nos tocó hacer una ficha Colasín sobre un bautizo. Las fichas Colasín eran unos libros con un montón de actividades que podían despegarse del encuadernado para guardarlas en anillas y poder entregarlas a final de curso en casa para regocijo de los familiares y conocidos de la criatura. El trabajo de aquel día consistía en recortar por las líneas de puntos una ilustración correspondiente a un bautizo, para confeccionar posteriormente un puzle con las diferentes piezas. Recuerdo de aquel día que estrenamos los botes de pegamento UHU (de color amarillo chillón, substituyendo el clásico Pegamento Imedio) y que, por algún extraño motivo, perdí la ficha más importante de la actividad, que correspondía a la parte del dibujo en que se encontraba el bebé envuelto en el traje de "cristianar" (como decía mi abuela) abocado a la pila baptismal. Me entró tal angustia de pensar que había perdido la pieza que el demonio que todos llevamos dentro (y que en mi caso debía llevar años bostezando de puro aburrimiento igual que mis sufridos y obligados compañeros) se puso en marcha como si llevara toda la vida actuando y me mostró el camino de la salvación: robarle miserablemente la ficha a Albert Roca y confiar en mi buena fama.

En un abrir y cerrar de ojos me hice con la ficha del pobre desgraciado que no sé ni siquiera si me llegó a ver, pero no importó en absoluto: yo pegué sin vacilar su pieza en mi ficha y esperé a que viniera la profesora atraída por los gritos de indignación de Albert que aseguraba y porfiaba que yo le había sustraido vilmente la ficha y me la había pegado en mi Colasín. Cuando la señorita María llegó a nuestra mesa y le regalé la más cándida de mis sonrisas no tuvo ninguna duda: Albert volvía a las andadas y ya estaba bien de decir mentiras, a ver si empezábamos a responsabilizarnos un poco de nuestras cosas, que así no íbamos bien.

Cuando llegué a casa tenía tantos remordimientos que corrí a mi yaya Isabel y le pregunté si los niños también iban a la cárcel. La pedagogía no era el mejor atributo de aquella sencilla mujer que yo tanto adoraba y me contestó que sí, que cuando hacían algo malo venía la policía y los llevaban a la cárcel con otros niños y niñas que no se habían portado bien. Durante semanas (y no exagero) mi corazón se encogía cada vez que sonaba el timbre de la puerta. Nunca vinieron a buscarme, imagino que porque en aquel momento el vigilante de los niños que no hacen las cosas como se tienen que hacer estaría ocupado en otro tipo de menesteres... Sí me hubiera gustado sin embargo, que la vida me hubiera dado la oportunidad de confesarle mi culpa a mi compañero, así que, desde estas líneas Albert, tengo que decirte que siento que aquel día nadie te creyera aunque tuvieras razón. Buf, ya me siento algo mejor... ¿Parece que llaman a la puerta?

Fuente de imagen 1: http://www.todocoleccion.net
Fuente de imagen 2:http://www.solostocks.com

sábado, 29 de septiembre de 2012

MI PRIMA NURIA Y SU TERMÓMETRO HIPPIE

Todos tenemos un familiar que nos marca durante la infancia porque ocupa un lugar destacado entre nuestros recuerdos especiales. No estoy hablando de la persona más querida (que en la mayoría de los casos será el padre o la madre, hermanos o abuelos), sino de alguien que, por sus características nos deja una huella imborrable en nuestra niñez. En mi caso es mi prima Nuria.

Casi 12 años mayor que yo se casó cuando todavía era una niña y quizás por eso todo en su casa era diferente a todas las casas que frecuentaba: moderna, informal, con muebles de aquella loca década de los 70 que hoy se encuentran bajo la etiqueta de "retro" y que han pasado a costar una burrada. Mi prima era una muchacha joven y guapa que vestía con pantalones de campana, camisas de mil colores y chaquetones con capucha.

De vez en cuando me venía a buscar a casa de mis padres y nos íbamos a pasear juntas: me daba una vuelta por algunas tiendas, me compraba un helado, pero yo estaba deseando que me llevara a su casa donde imaginaba que éramos madre e hija y todo se volvía maravilloso. Francamente, no consigo averiguar qué tenia de maravilloso ir a su casa porque siempre acababa sacando el polvo del mueble del comedor, pero creo que el encanto residía en que me hacía sentir un poco más libre que con mis padres, era una figura de autoridad que no ejercía como tal.


De entre todos los cachivaches que tenía en casa, había uno que me parecía apasionante: se llamaba el termómetro del amor. El artefacto era una especie de matraz de alquimista que iba repleto de un líquido de color azul (ahora he descubierto que se trataba de éter líquido) y que cuando notaba un aumento de la temperatura en la burbuja inferior subía por un espiral hasta la burbuja superior. Parece una tontería pero a una niña de seis años aquello era poco menos que magia de hada de cuento, así que en cuanto llegaba iba corriendo hacia donde sabía que estaba y aplicaba el calor de mis manitas hasta que el éter trepaba por el espiral hacia arriba.

Había varios objetos decorativos en esa época basados en la física, como la lámpara de lava o una lámpara formada por unos hilillos que acababan en puntitas de luz, todavía ahora puedo pasarme horas mirando cualquier aparatejo de estos como poseída por una fuerza sobrehumana.



En fin, como era de esperar, el termómetro del amor tuvo un final no demasiado feliz: la conjunción de objeto frágil con niña de seis años que lo manipula a menudo dio con el termómetro en el suelo y un disgusto espectacular de mi prima que, todavía ahora cuando nos vemos de vez en cuando, me recuerda cuánto le gustaba y qué mal le supo que lo rompiera.

Fuente foto 1: http://www.forodkn.com
Fuente foto 2: http://regaloespecialparati.blogspot.com.es
Fuente foto 3: http://www.decoraciondeinteriores10.com
Fuente foto 4: http://www.tucotillon.com