sábado, 8 de septiembre de 2012

UNOS ZUECOS PARA LA NOCHE DE SAN JUAN





Durante muchos años mi único calzado fueron las botas ortopédicas más horrorosas e incómodas que se puedan imaginar. Tenía los pies planos y hasta una determinada edad sólo me calzaba con estas botas hasta el tobillo que apretaban como demonios. A partir de los 9 o 10 años pude empezar a alternarlas con las llamadas "Merceditas": unos zapatos también horrorosos pero mucho más relajantes que las botas. Las plantillas con que se corregía la malformación de mis pies impedían que pudiera llevar otro tipo de zapato sin sujeción posterior.


Yo iba por la calle y no hacía más que mirar los pies de las demás niñas tan libres, tan felices, tan preciosos, tan estupendos, mientras los míos seguían atrapados en la rectitud de mi madre, que se había comprometido con la ortopeda a no dejarme llevar ningún otro zapato y cumplía a rajatabla las condiciones del secuestro de mis pies que, por su parte, ya alcanzaban el número 36.


Adoraba los pies desnudos retozando al aire en la playa, adoraba las uñas pintadas asomándose descaradas desde un zapato descubierto, adoraba el sonido de las chanclas golpeando el talón al caminar...

Una víspera de San Juan mis padres me llevaron a comprar unos zapatos. Mentiría si dijera que recuerdo cuántos años tenía exactamente pero deberían ser 10 o 11. Entramos en una zapatería y pidieron a la dependienta que sacara unos zuecos de mi número. ¡No me lo podía creer! ¿Iban a ser para mí? Mientras esperábamos que volviera la dependienta (¡Por favor, que no se hayan agotado, que tengan mi número!) mis padres me contaron que la ortopeda había hablado durante la última revisión con ellos y había autorizado la compra de unos zuecos, siempre que tuvieran la planta anatómica de madera y que no me los pusiera cada día.


Todavía recuerdo el placer indescriptible de mis dedos cuando apreciaron el tacto del calzado y cómo me encantó el sonido de mis plantas del pie entrechocando con la superficie de madera.

Fue una noche de San Juan muy especial, yo sentí que me había hecho mayor y que mis pies estaban comenzando a liberarse. Cuando llegaron mis primos, con quienes siempre compartíamos aquella festividad, no entendieron aquella sonrisa tonta en los ojos, en la boca y, seguramente, en los deditos de los pies.

Fuente imagen 1: http://zapatosortopedicos.es
Fuente imagen 2: http://www.ninnos.com
Fuente imagen 3: mis propios pies
Fuente imagen 4: http://www.innatia.es

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