domingo, 13 de abril de 2014

LAS PELÍCULAS DE ROMANOS EN SEMANA SANTA

Casi siempre de madrugada, la noche del miércoles al jueves Santo, mi tía Isabel aparecía con toda la familia de improviso, para darnos una sorpresa y compartir con nosotros las fiestas de Semana Santa. Desembarcaban en Barcelona con mucho sueño, demasiada ropa y poco tiempo para compartir.

En cuanto mi abuela se enteraba de que habían llegado empezaba a preparar platos típicos (arroz con leche, bacalao en chanfaina, garbanzos con espinacas, potaje de acelgas...) y todo el engranaje se ponía en marcha para organizar camas, desayunos intempestivos, turnos para duchas y demás situaciones comprometidas para una casa habitada temporalmente por nueve personas y un solo baño.


Como casi nunca llegaban para pasar con nosotros el Domingo de Ramos, el día más emocionante era la noche del jueves al viernes, cuando daban la película más legendaria de la Semana Santa, muchas veces repartida en dos días (jueves y viernes) y que nosotros disfrutábamos encantados mientras mascujábamos bolsas de pipas. Ya he dicho en otras ocasiones que mi preferida (todavía hoy) es Ben-Hur, pero también me encantaba "La historia más larga jamás contada" o"Rey de Reyes", "La túnica sagrada" o "Quo Vadis". Mi padre siempre decía que no comprendía cómo nos podía gustar una película que ya sabíamos cómo acababa pero no nos cansábamos de ver aquellas pequeñas obras de arte en la pequeña pantalla, todos en familia, disfrutando de unos días de vacaciones (aunque en aquellos años todo en Semana Santa era mucho más tenebroso) siguiendo tradiciones que no nos cuestionábamos.


Hoy en día mucha gente ha olvidado por qué se celebran la mayoría de las fiestas (preguntad por qué se come carne el "jueves lardero", os vais a sorprender, o por qué se llama Carnaval a la fiesta previa a la cuaresma) y en parte me alegro de que se hayan perdido los miedos y los prejuicios que les acompañaban. Pero como digo siempre, echo de menos el tiempo, no lo que significaba, cuando mi tía Isabel aparecía por la puerta con aquel olor suyo tan característico y yo sabía que de pronto entraban las vacaciones de Semana Santa por la puerta.

Fuente de la imagen 1: http://nicholas-whatthe.blogspot.com.es/
Fuente de la imagen 2: http://adivinaquiencocinaestanoche.blogspot.com.es/

martes, 18 de marzo de 2014

PEDACITOS DE INFANCIA

  • El trocito de cielo que se veía desde la galería interior de mi casa todas las tardes de primavera.
  • El olor de tierra mojada y de eucalipto del parque donde mi abuela me ayudaba a hacer castillos de arena mientras el sol se colaba tímidamente entre las ramas de los árboles.
  • El tintineo de una cucharilla repicando contra el cristal de un bote donde realicé mi primer "experimento" con jabón, ramitas de árbol, colonia y muchas otras porquerías.
  • El chupete de plástico flotando dentro de una botella de jabón.
  • El reflejo del agua en la pared una mañana de verano, chapoteando en la terraza mientras sonaba "La mujer que yo quiero".
  • El sol entrando a raudales hasta el recibidor, mucho antes de que el alcalde decidiera autorizar la construcción de las manzanas interiores de los edificios.
  • El color azul de la pared desconchada de la habitación desde donde mi abuelo me miraba y sonreía.
  • El vestido rojo con franjas negras y botones dorados que tanto me gustaba, con el que jugaba a ser algo parecido a una princesa.
  • Las ruedas de mis patines extensibles, tan viejas y roídas que casi no se recordaba que habían sido blancas.
  • El olor inconfundible de la mochila de los cuentos.
  • El ruido de la pulsera de mi madre cuando me tomaba de la mano y yo escuchaba muy de cerca como las monedas entrechocaban justo al lado de mis oidos.
  • El primer día de manga corta, después de meses y meses de esconder los brazos bajo capas de ropa.
  • Las gotas de lluvia de aquella tarde de tormenta en la playa.
  • Los rayos de sol que caían con la tarde en la escalera que daba a la azotea en casa de mi abuela.
  • El neceser color naranja donde mi madre guardaba la crema para el sol los días de playa.
  • El ruido de la sierra del carpintero en la planta baja del colegio, que nos obligaba a pasar todo el año con las ventanas cerradas.
  • El frescor de la pieza de chocolate escondida dentro del hueco de la miga de pan.
  • Felicitación, felicitación, felicitaciones...
  • La flauta del afilador.
  • El yogur de pera de mi tía Teresina
  • Los tebeos de "Mortadelo y Filemón" leídos junto a mi primo las tardes de verano.
  • La habitación de mi prima Dori, donde siempre había sol, y todo estaba perfectamente recogido.
  • Las cajas de rotuladores Carioca, las de ceras Manley y de lápices Alpino.
  • Las horas y horas sentados en una hamaca en la terraza, mi padre y yo, jugando a las capitales del mundo.
Fuente de imagen 1: http://servando-mibarricada.blogspot.com.es
Fuente de imagen 2: http://www.yofuiaegb.com/

miércoles, 12 de marzo de 2014

LECTURAS ADOLESCENTES

Empezaba a tener esa edad que te deja con un pie en la infancia y el otro en la adolescencia, con el peligro de hacer un "spagat" en uno de esos movimientos convulsos que te da la vida a veces. Me seguían gustando los libros de aventuras de "Los Cinco", de "Puck" y de "Torres de Malory" pero necesitaba algo más.

Mi madre, que siempre había leido casi tan compulsivamente como yo me puso un día un libro en las manos. De color marron, en edición de bolsillo, olía como huelen los libros viejos que hace tiempo que no se abren. Es un aroma inconfundible, un poco rancio, sí, pero con una personalidad indiscutible que evoca otros ojos en las mismas líneas. En la portada, tres personajes con rasgos orientales, dos de ellos con vestimenta tradicional china y un tercero, en segundo plano, que con ropaje occidental observa con gravedad a los otros dos. Era "Viento del este, viento del oeste" de Pearl S. Buck.

La historia de la pobre Kwei-Lan, criada en el más estricto tradicionalismo de su país, que se casa con un chino occidentalizado que desprecia las antiguas creencias y todo lo que ella representan para su esposa fue para mí como una revelación: escrito  en primera persona,f acilitaba mucho compartir su punto de vista aunque no tenía nada que ver con nuestros valores europeos, y lo que para la protagonista era lo más normal del mundo, para mí era indiscutiblemente una aberración. Recuerdo, claro está, el impacto que me causó descubrir el suplicio que vivían las mujeres chinas para aprisionar sus pies, intentando que dejaran de crecer desafiando las leyes de la naturaleza. Pero había muchas otras reflexiones de Kwei-Lan que me llamaban la atención sobre las costumbres, creencias y gustos de la cultura china. El uso de los colores en la ropa, el respeto por los ancianos, la sumisión de la mujer frente al hombre. El punto discordante es una amiga del marido, no recuerdo si china o norteamericana, pero que representa el prototipo de mujer liberada y absolutamente contraria a lo que Kwei- Lan considera femenino.

Creo que fue una lectura iluminadora: me ayudó a tomar otra perspectiva sobre la cultura, la mía y la de otros países, y como la mayoría de las situaciones cotidianas están completamente teñidas de tradiciones que consideramos inamovibles hasta que alguien nos hace cuestionarlas. Pero además de eso, creo que fue la lectura que me convirtió en adulta, la que me hizo dejar los libros de preadolescente para comenzar a descubrir la biblioteca de mis padres, suficientemente abastecida por el señor de "El círculo de Lectores" que, como en tantos y tantos hogares, aparecía puntualmente una vez al mes para ofrecer las novedades editoriales. Algunos de estos libros decoran todavía las estanterías de muchas casas y sirven un poco de nexo común entre una clase media de mediados de los 70 que ya sabía leer y disfrutaba haciéndolo.

Para acabar de aderezarlo todo, un día mi profesor favorito de aquella época (y de casi todas) nos preguntó a todos qué libro estábamos leyendo: yo respondí algo azorada que "Viento del Este, viento del Oeste" y la cara del profesor Jaume se iluminó con una sonrisa. Me preguntó quién me lo había recomendado, le dije que mi madre, y , sin dejar de sonreir, me dijo que siguiera sus recomendaciones literarias. Volví a mi casa emocionadísima y cuando lo conté a la hora de la cena mi madre se sonrojó del orgullo que le provocaron mis palabras.

Ahora es ella la que a veces me consulta sobre qué leer, pero sigo confiando en su criterio porque aunque ella nunca me recomendara a Gabriel García Márzquez, la edición de "Cien años de soledad" que me permitió descubrirlo era suya, aunque no lo hubiera leído. ;)

Fuente de la imagen: http://www.pinterest.com

domingo, 23 de febrero de 2014

MI TEBEO DE "EL PÁJARO LOCO"

A pesar de que era habitual en la programación de TVE, el Pájaro Loco nunca fue uno de mis preferidos, así que no sé ni cómo ni por qué, un día apareció un tebeo con sus historietas en mi casa. Como él no me acababa de convencer pero los tebeos, cómics y cualquier tipo de lectura sí me entusiasmaba, me encantó aquel número que contenía una historia del personaje de Walter Lanz en la nieve. En poco tiempo las hojas del pobre ejemplar se quedaron algo maltrechas de tanto leerlas y releerlas, manosearlas y darles vueltas y más vueltas en busca de algún detalle que se me hubiera podido escapar.



Recuerdo además este tebeo porque fue protagonista de una tarde muy especial: era un día plomizo, cargado de lluvia que no se atrevía a caer, muy triste de aspecto. Yo había acabado de comer en mi casa y estaba esperando a que mi abuela me llevara de vuelta al colegio para asistir a las clases de la tarde. No sé qué pasó pero nuestro reloj habitual, el telediario de la primera cadena, empezó más tarde. Mi abuela, que se guiaba siempre por la programación televisiva, no se dio cuenta de que eran más de las tres cuando sonó la inconfundible sintonía del "parte". De pronto, me hizo levantar echando chispas, azuzándome para que no se nos hiciera más tarde todavía, y ver si estábamos a tiempo de llegar a la escuela.

Salimos a la calle bajo aquel cielo gris, encapotado como pocas veces recuerdo, y llegamos en un tiempo récord a la puerta del colegio que, evidentemente, nos encontramos cerrada. A mí me encantaba ir a clase pero aquel día no me importó tener que volver a casa con mi abuela, que estaba la pobre casi tan contrariada como el cielo, porque además era una tarde en casa de sofá, de tebeo del Párajo Loco, de vaso de Cola Cao y pan con chocolate, y todo eso sin estar enferma, sin ninguna molestia como la fiebre, los granitos de la varicela, o el dolor de garganta. Era una tarde de tranquilidad haciendo algo que me encantaba en una situación que no era nada habitual.

Cuando llegó mi madre del taller, mi abuela le contó azoradísima que se le había pasado la hora de llevarme al colegio por culpa de la programación televisiva; sin habernos dicho nada, ambas temíamos en secreto que a mi madre se le ocurriera alguna alternativa para devolverme al colegio, así que respiramos con alivio cuando, contra todo pronóstico, nos miró medio divertida y dijo que no pasaba nada, que un día era un día y que seguro que no era la única que aquel día se había despistado.

Me subí en el sofá, cogí entre mis manos mi tesoro del Pájaro Loco y esperé con paciencia a que se hiciera la hora de la programación infantil, con mi querido "Un globo, dos globos, tres globos". Fue una de las tardes más deliciosas de mi infancia.

Fuente de la foto: http://www.todocoleccion.net/

viernes, 27 de diciembre de 2013

LA RADIO DE MI INFANCIA

Los días no festivos de las vacaciones de Navidad eran algo así como islas de normalidad entre las jornadas de locura que suponen la Nochebuena, la Navidad o el Año Nuevo. Yo me despertaba con el sonsonete de la radio, que desde primera hora de la mañana acompañaba las tareas domésticas de mi abuela y de las de todas las vecinas que resonaban por el patio de luces a pesar de las ventanas y balcones cerrados.

En casa se escuchaba a un señor algo histriónico, que salía de los estereotipos del locutor al uso, que siempre parecían tan correctos, tan comedidos, tan serios... Este locutor era espontaneo, gritaba, cantaba, recitaba e interrumpía la música que él mismo escogía; hablaba con las señoras en el mercado, les regalaba cosas, y yo me quedaba obnubilada con aquella nueva manera de hacer radio y de tratar a la audiencia. Era el maravilloso Luis Arribas Castro, el "Don Pollo" que revolucionó en los años 70 a toda una generación de radioyentes que habían crecido junto a los discos dedicados, las novelas, el teatro radiofónico y las "Felicitación, felicitación, felicitaciones".

Mi abuela igual escuchaba a "Encarna de noche" de madrugada (ella le llamaba "Encarnita", como si la conociera de toda la vida), a Elena Francis por la tarde o a Arribas Castro por la mañana, pero tengo que reconocer que algunas veces, mientras me servía las sopas de café con leche del desayuno me confesaba, medio escandalizada medio divertida, que Arribas Castro le ponía algo nerviosa.

Fuera como fuese, aquella era la banda sonora de los días de vacaciones de mi infancia, cuando los días no eran festivos y una cierta rutina se adueñaba de las tareas de la casa, de los quehaceres habituales de mi abuela Isabel. Aquel delicioso loco de las ondas puso patas arriba el panorama radiofónico de miles de personas que no comprendían su día a día sin la calidez del transistor, un transistor que les contaba vidas tan cotidianas como las suyas desde otra realidad.
Me enganché a Arribas Castro y a sus excesos con devoción, y todavía ahora encuentro algún archivo sonoro por internet y se me ponen los pelos de punta al recordar los maravillosos momentos que viví junto a él.

¡Feliz día no festivo!

Fuente de la imagen: http://tonimascaroradio.files.wordpress.com




viernes, 29 de noviembre de 2013

LA PIRÁMIDE DE "CON OCHO BASTA"

Los viernes por la tarde también tienen una magia especial, a veces incluso superior a la del sábado, porque
el fin de semana está justo recién estrenado y todavía quedan por delante un montón de horas para disfrutar sin ir al colegio. En mi niñez, una de las señales de que el fin de semana se acercaba inexorable era mi serie preferida: "Con ocho basta".

Para una niña que hasta los siete años fue hija única estas ficciones con muchísimos hermanos eran lo más: tanto los Bradford en versión USA como la "Gran Familia" de Chencho en versión castiza eran para mí una especie de cielo infantil, donde unos se ayudaban a los otros, había hermanos mayores y menores que peleaban, compartían y dormían en literas maravillosas donde la vida era una fiesta eterna (eso pensaba yo, claro). Los ocho hijos de aquel señor periodista calvito y entrañable me enviaban a una casa grande, con todas las comodidades de la vida norteamericana media, y encima rodeados de hermanos adolescentes (que en aquella época me paracían adultos) que eran felices haciendo el desayuno del benjamín de la familia (Nicholas) o yendo todos juntos a la ciudad en un coche chulísimo que llamaban "la Rubia".

Si la serie de por sí ya tenía alicientes suficientes, sólo me faltó que en el primer episodio el hijo mayor lo protagonizara Mark Hamill, que me robó el corazón ya nada más aparecer en la pantalla, aunque fuera el único episodio en que apereciera para irse a cruzar las galaxias lejanas, encarnando a Luck Skywalker. Tengo que confesar que esperé en secreto que el muchacho se reincorporara en algún momento a la familia pero no sucedió nunca, así que otro de los personajes masculinos, Tommy, suplió bastante el vacío de Mark, y este se quedó hasta el final. Me gustaba mucho también, aunque por otros motivos, Elizabeth Bradford, con su melena lisa y su cara angelical. Yo creo que llegué a soñar con pertenecer a esa familia alguna vez, aquello era más de lo que podia desear.

No era yo la única encantada con los Bradford: en la carátula de la serie los protagonistas salían corriendo de casa para subirse unos sobre otros en una pirámide humana que construían en el jardín y durante años, los niños de mi edad nos obsesionamos por montar y desmontar esta figura en los parques con los amigos en la menor ocasión. Haced la prueba, preguntad a cualquiera que vivió los 80 si recuerda haberse ganado un golpe morrocotudo intentando construir la pirámide de "Con ocho basta". Veréis las caras de complicidad. Incluso recuerdo haber quedado más de un viernes con mi amiga Àngels para ver juntas a Tommy aunque ella ahora de mayor dice que no lo recuerda.

Por si fuera poco, nunca les agradeceré lo suficiente que me enseñaran que la capital de California fuera Sacramento (y no Los Ángeles, como sería de suponer), una ciudad anodina, que ha pasado sin pena ni gloria por la filmografía estadounidense excepto por esta pequeña joya televisiva. Deberían hacer un monumento a esta serie en la entrada a Sacramento por haber conseguido que la gente la ubicara en un mapa al menos durante la emisión de la serie.

En fin, que hoy estamos a viernes y me ha parecido bonito recordar otros viernes entrañables, cuando soñábamos con ser ocho o más en la familia.

¡Feliz fin de semana!

Fuente foto 1: http://blogs.elpais.com

miércoles, 27 de noviembre de 2013

¡YO QUIERO SER MARY POPPINS!

Cuando tenía siete años mi prima Nuria me llevó una tarde de verano a ver Mary Poppins al cine Galileo. Se trataba de un re-estreno, pero para mí era una novedad absoluta, era la primera vez que iba a conocer a una de mis heroinas infantiles. En la cola, llena de ansiedad por entrar, me compró una bolsa de patatas Matutano que llevaba un adhesivo de estos que, al moverlo, hacía que la imagen también cambiaba y que me tuvo ensimismada hasta que pudimos acceder a la sala.

Como he contado en otras ocasiones, el cine de mi infancia es cine de sesión continua, entrábamos a las 16 de la tarde y podíamos estar hasta que acababa el pase viendo sin parar las mismas películas sin que nadie nos dijera nada (aunque normalmente, el adulto que me acompañaba terminaba cansado de asistir a una especie de bucle filmográfico y te cogía de la manga para hacerte salir del ensimismamiento para decir que nos marchábamos, que aquella parte ya la habíamos visto dos veces, y que ni una más). Aquel día primero daban "La montaña embrujada", aquella película que hablaba de dos hermanos con cierto aire paranormal que recuerdan con frecuencia una montaña y un naufragio. La había visto ya un par de veces, y estaba deseando que apareciera la institutriz más divertida del mundo.

Me atrapó desde el primer momento: era una chica dulce, simpática, con cierto aire brujeril pero sin excederse, nadie podía sospechar que ordenara habitaciones a golpe de chasquido de dedos. Tenía una cara muy linda e incluso su vestimenta, de la época victoriana, era "chic", con aquel sombrero y aquel bolso imposibles. Cantaba precioso, conseguía ser amiga de todo el mundo, incluso de los deshollinadores, y cuando se trataba de salir a pasear era capaz de llevarte incluso a un paraje de dibujos animados. Julie Andrews me impactó muchísimo, (¿Cómo no iba a hacerlo?, me pregunto incluso hoy en día) porque era eficaz y dulce, responsable y divertida, guapa, respetable y encantadora. Tenía la dosis justa de todos los calificativos posibles para describir a una mujer perfecta, y yo me quedé prendada incondicionalmente.

Después de muchos tiempo, en el año 2004, compré el DVD conmemorativo de los 40 años de su estreno y he intentado sin éxito que mis dos hijos la vean conmigo. Me pasa un poco como con el libro de Pandora, que empezamos los tres juntos y acabo yo sola emocionada con los recuerdos de niñez mientras ellos me abandonan demostrándome, una vez más, que mi infancia es mi infancia y mis recuerdos no pueden ser los de mis hijos, porque ellos también tendrán tardes memorables para recordar cuando sean mayores.

De cualquier modo, me encantaría saber que Mary Poppins ha vuelto, como dicen por ahí.

Fuente de imagen 1: http://utopiasurrealista.blogspot.com.es
Fuente de imagen 2:  http://revistanoticiasinsolitas.wordpress.com