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miércoles, 27 de noviembre de 2013

¡YO QUIERO SER MARY POPPINS!

Cuando tenía siete años mi prima Nuria me llevó una tarde de verano a ver Mary Poppins al cine Galileo. Se trataba de un re-estreno, pero para mí era una novedad absoluta, era la primera vez que iba a conocer a una de mis heroinas infantiles. En la cola, llena de ansiedad por entrar, me compró una bolsa de patatas Matutano que llevaba un adhesivo de estos que, al moverlo, hacía que la imagen también cambiaba y que me tuvo ensimismada hasta que pudimos acceder a la sala.

Como he contado en otras ocasiones, el cine de mi infancia es cine de sesión continua, entrábamos a las 16 de la tarde y podíamos estar hasta que acababa el pase viendo sin parar las mismas películas sin que nadie nos dijera nada (aunque normalmente, el adulto que me acompañaba terminaba cansado de asistir a una especie de bucle filmográfico y te cogía de la manga para hacerte salir del ensimismamiento para decir que nos marchábamos, que aquella parte ya la habíamos visto dos veces, y que ni una más). Aquel día primero daban "La montaña embrujada", aquella película que hablaba de dos hermanos con cierto aire paranormal que recuerdan con frecuencia una montaña y un naufragio. La había visto ya un par de veces, y estaba deseando que apareciera la institutriz más divertida del mundo.

Me atrapó desde el primer momento: era una chica dulce, simpática, con cierto aire brujeril pero sin excederse, nadie podía sospechar que ordenara habitaciones a golpe de chasquido de dedos. Tenía una cara muy linda e incluso su vestimenta, de la época victoriana, era "chic", con aquel sombrero y aquel bolso imposibles. Cantaba precioso, conseguía ser amiga de todo el mundo, incluso de los deshollinadores, y cuando se trataba de salir a pasear era capaz de llevarte incluso a un paraje de dibujos animados. Julie Andrews me impactó muchísimo, (¿Cómo no iba a hacerlo?, me pregunto incluso hoy en día) porque era eficaz y dulce, responsable y divertida, guapa, respetable y encantadora. Tenía la dosis justa de todos los calificativos posibles para describir a una mujer perfecta, y yo me quedé prendada incondicionalmente.

Después de muchos tiempo, en el año 2004, compré el DVD conmemorativo de los 40 años de su estreno y he intentado sin éxito que mis dos hijos la vean conmigo. Me pasa un poco como con el libro de Pandora, que empezamos los tres juntos y acabo yo sola emocionada con los recuerdos de niñez mientras ellos me abandonan demostrándome, una vez más, que mi infancia es mi infancia y mis recuerdos no pueden ser los de mis hijos, porque ellos también tendrán tardes memorables para recordar cuando sean mayores.

De cualquier modo, me encantaría saber que Mary Poppins ha vuelto, como dicen por ahí.

Fuente de imagen 1: http://utopiasurrealista.blogspot.com.es
Fuente de imagen 2:  http://revistanoticiasinsolitas.wordpress.com







martes, 11 de septiembre de 2012

TARDES DE SESIÓN CONTINUA

El cine de mi infancia es de sesión continua. Un domingo cualquiera, sin previo aviso, mis padres nos anunciaban que nos íbamos al cine y no importaba qué película íbamos a ver, porque yo corría a vestirme para poder salir disparada  hacia ese mundo de fantasía que nos proporcionaba la sesión doble de películas: llegaras a la hora que llegaras, la compra de la entrada permitía ver la película previa y la película "estrella" por la que habíamos ido ese día al cine. Las dos eran de reestreno, y podía tratarse de Mary Poppins (una de mis preferidas), "Peter Pan", "El libro de la selva", etc. El encanto de la sesión continua era que podías repetir tantas veces como quisieras la proyección, hasta aburrirte.


Lo curioso del caso es que, igual que sucede con antiguos discos single de vinilo, a veces la cara B superaba con el tiempo la cara A, y yo guardo un entrañable recuerdo de las películas de la factoría Disney que servían de relleno a las de primera fila: me encantaba "La montaña Embrujada", que contaba la historia de dos hermanos extraterrestres; las diferentes entregas de Herbie, el coche más humano y divertido de los años setenta; y, la mejor para mí, "El hijo de la jungla", con Nanu como un Tarzán de nueva generación que se presenta a unas competiciones de atletismo y está a punto de perderlas por el influjo del Vudú.






No recuerdo que hubiera palomitas, porque tanto el cine Galileo como el cine Liceo de Barcelona siempre tuvieron aquel olor inconfundible de algo viejo pero con encanto, como cuando destapamos una caja antigua y el aire se inunda de la esencia de los objetos que habitan en ella desde hace años. Si algún día se comercializan estos aromas, espero comprarlos online en cajas de mayorista.

Fuente imagen 1: http://leelibros.com
Fuente imagen 2: http://www.divxonline.info