miércoles, 12 de diciembre de 2012

"MUJERCITAS" PARA EMPEZAR LAS VACACIONES DE NAVIDAD

La Navidad es una época especialmente nostálgica. Tanto si somos creyentes como si no, es un momento del año que nos transporta a otras navidades, a vivencias previas de nuestra infancia en las que no teníamos muy claro qué significaba todo este derroche de felicidad impostada pero al cual nos rendíamos sin oponer demasiadas dificultades.

El momento estrella de las navidades de mi infancia, ese que recuerdo con una especial dulzura, es el del último día de clase. Es curioso porque hay muchos días marcados en rojo en el calendario pero yo guardo un vívido recuerdo del día que abandonábamos nuestra rutina de pupitres, plumieres y libretas por un par de semanas de diversión en casa que culminaban con el día de Reyes. El último día de clase podía ser el día 20, 21 o 22 en función del calendario de cada año pero había algo que se mantenía imperturbable y era la programación televisiva: no sé cuál es el motivo pero todas las tardes de ese día TVE (la única que teníamos en aquella época) programaba la película "Mujercitas" basada en la novela de Louisa May Alcott y protagonizada, en aquella versión, por una jovencísima Elizabeth Taylor en el papel de Amy.


En el colegio donde cursé la EGB era habitual que esa tarde no se hiciera clase. No hacer clase no era una circunstancia exclusiva de este día; de hecho, los viernes era habitual el dibujo y plastilina y no sacar ni un lápiz ni un libro... Lo que era diferente de ese día era que nos congregábamos todos en un salón para ver juntos en la televisión el principio de "Mujercitas".

Cuando llegábamos después de la comida, el televisor ya ocupaba un lugar destacadísimo en el aula, presidiendo majestuoso la reunión. Los alumnos pasábamos por su lado emocionadísimos como si nunca antes hubiéramos visto un aparato semejante. Imagino que el encanto del momento residía en compartir en un contexto no habitual un objeto que para todos nosotros era tan cotidiano. No exagero si digo que era casi mágico.

Cuando la directora encendía el televisor en el momento justo con un silencio solemne acompañándolo, nuestras caritas infantiles se iluminaban como cuando encienden las luces del árbol de Navidad de Rockefeller Center.  Aquel ritual navideño se repetía todos los años sin excepción, pero la película era larguísima y nunca llegábamos a ver más que las escenas del principio, cuando Jo llegaba a casa, se lamentaban juntas de que no tenían dinero para los regalos y poca cosa más... Cuando llegaba la hora de marchar salía a la calle apremiando a mi madre para poder seguir la trama sin perderme detalle, cosa que no albergaba demasiada dificultad porque el colegio estaba a escasos diez minutos.

Sin embargo, llegaba al sofá de casa y automáticamente se desvanecía la magia: la película era larga, la televisión volvía a ser un objeto en su cotidiano aburrimiento y yo enseguida perdía el interés y me dedicaba a jugar con mis muñecas hasta que mi abuela me preguntaba con aquella expresión tan familiar "Así, la tele ¿Para quién está puesta?".... y en mi casa quedaba oficialmente inaugurada la Navidad.

Fuente de la imagen: http://www.canaltcm.com

domingo, 18 de noviembre de 2012

¡ADIOS MILIKI!

Acabo de saber que ha muerto Miliki, el último payaso que quedaba de la formación inicial de "Los payasos de la Tele", aquella delicia que todos los niños de los años 70 recordamos con ternura. Cuando se nos pregunta "¿Cómo están ustedes?" todos contestamos como movidos por un resorte con un rotundo "Bieeeeennn" que nos une en un pasado colectivo que compartimos sin excepción.

Hace ya muchos años que murieron primero Fofó y después Gaby. Aquellos payasos entrañables nos trajeron el circo a casa y no sé si eso fue bueno o malo. Aquellos focos, aquellas cortinas, aquellos decorados, nos dieron una imagen algo equívoca de lo que realmente es el circo en directo. La primera y única vez que mis padres me llevaron a verlo en vivo tuve una de las mayores decepciones de mi vida: el olor de los animales, la tristeza de los mismos actuando, el deterioro de los decorados y una cierta decrepitud en los números me llevó a no querer ir nunca más a ver circo, ni siquiera ahora que el "Cirque du soleil" ha hecho renacer el género reinventándolo desde sus orígenes.

Y es que los "Los payasos de la tele" tenían una cercanía con el público que no puede conseguir un espectáculo de circo en directo. Cuando Gaby, Fofó y Miliki hacían una pregunta al público recuerdo desgañitarme gritando la respuesta porque estaba convencida que me preguntaban a mí. Sus "gags" eran cercanos y con una complicidad con los niños y niñas que nos hacía sufrir lo indecible para que Gaby (el payaso listo) no les pillara en sus fechorías y nos hacía reir muchísimo cuando se equivocaban con las palabras (¿Quién no ha dicho alguna vez "Se me luenga la traba"?) o caían estrepitosamente con sus zapatones y sus camisetas infinitamente largas.

Como niña que fuí de aquella década inolvidable de los 70 quiero agradecer a Miliki las tardes de sábado maravillosas que nos regaló con su generosidad y candidez.

Fuente de la imagen: http://www.todocoleccion.net

domingo, 11 de noviembre de 2012

PANDORA Y LA CAJA DE LOS VIENTOS

Debo confesar que soy una lectora compulsiva. Lo he sido desde que empecé a comprender que las letras, cuando se unen entre ellas, crean maravillosas composiciones de palabras. Una niña tímida como yo encontraba el mejor refugio en un libro que me transportaba a situaciones irreales en las que no hacía falta ser ni simpática, ni divertida, ni popular. Bastaba con ser una misma. Mi madre también había sido lectora pertinaz durante su infancia (siempre recuerda que la única vez que ha robado en toda su vida ha sido un libro del bibliobús) lo que me facilitó la entrada al mundo de la lectura de los mayores, con recomendaciones excelentes que nunca podré agradecerle lo suficiente.

Cuando pienso en qué me convirtió a la única religión que todavía profeso (la de absoluta adoración a los libros y las personas que los hacen posibles) entiendo que, por un lado, hubo una facilidad innata por leer y comprender lo que leía, pero por otra hubo un personaje (y un libro de lectura) que fue clave en todo este proceso:  hablo de Senda y Pandora.

En 3º de EGB (que antiguo suena esto ahora, y que mayor me siento cuando lo digo) cayó en mis manos (y en las de toda una generación, por lo que he podido comprobar después) el libro de lectura de la Editorial Santillana, aprobado por el Ministerio de Educación en la Orden Ministerial de 19 de mayo de 1976. Doy este dato porque cuando he tenido la suerte de repasarlo de mayor he vuelto a caer rendida a sus pies, y me sigue pareciendo maravilloso que un tesoro como este fuera posible editarse aunque fuera a finales de la dictadura de Franco. Se cuenta la historia de Pandora, una mujer solitaria (¡novedad!) muy culta, que vive en ninguna parte y que tiene los vientos encerrados en una caja. Inspirada en el mito griego de Pandora pero suavizada en cuanto a sus funciones, se trata de una mujer que, de mayor, me recuerda un poco a Julia, la pintora de "Verano Azul", independiente, culta y con facilidad para relacionarse con los niños y entrar en su maravilloso mundo.

Uno de los mayores encantos del libro es que cuenta con siete niños, de diferentes edades y con personalidades muy distintas, lo que permite que cada lector se sienta identificado con uno u otro y se quede totalmente abducido por las historias que se van enlazando a través del relato.


Otro de sus encantos es que abre puertas a otras historias, sin acabar de contarlas, que provocan la curiosidad del lector para que vaya en búsqueda de esas otras maravillas que quedan medio apuntadas en el relato: el Museo del Prado, la Dama de Elche, Tom Sayer, los comics, el Caballo de Troya,... son algunos de los innumerables temas que se apuntan en el texto para que después cada uno de nosotros busque la continuación de la historia fuera del universo que se nos plantea en el colegio. Y en mi caso, debo reconocer que fui una alumna aplicada y cumplí a rajatabla con los objetivos del equipo pedagógico que ideó el texto: me emocioné la primera vez que visité el Museo del Prado, adoro la mitología griega y toda su influencia en nuestra cultura, y considero que gran parte de mi afición por las letras debo agradecérsela a Pandora y sus vientos.

Para acabar de rematar la delicia, comentar que el texto está repleto de pedazos de obras de otros escritores como Lorca, Gloria Fuertes, Alberti, Juan Ramón Jiménez o Camilo José Cela ¿Cómo no voy a adorar el libro? ¡Si merece un monumento!

Estoy intentando que mi hijo mayor se inicie en la lectura con el libro de Pandora. Tengo la suerte de conservarlo y de vez en cuando me emociono cuando lo abro por alguna de las páginas al azar y me siento automáticamente transportada a mis siete años en el aula de tercero. Y vuelvo a llorar como lo hice aquel año cuando Pandora se despidió de todos nosotros aquel día. Aunque nunca se fue del todo...

Fuente imagen 1: http://alfanje.wordpress.com
Fuente imagen 2: http://www.kalipedia.com
Fuente imagen 3: http://somosdelcolegiotrinidad.blogspot.com

viernes, 2 de noviembre de 2012

LA NIÑA DEL CHICLE ETERNO

Un día dieron por la "tele" una película que me impactó mucho; era un cuento para  niños pero no a la forma tradicional de las típicas películas blancas y exentas de maldad a la que la programación de los años 70 nos tenía acostumbrados: contaba la historia de un millonario excéntrico dueño de una fábrica de chocolate que un día inventó un concurso para que unos niños privilegiados visitaran sus instalaciones. Colocó cinco envoltorios dorados en cinco chocolatinas de manera que quién las encontrara podría conocer a fondo todos los entresijos de su fábrica.

Lo primero que me llamó la atención fueron los estridentes colores de la película: el personaje llevaba una levita color morado con un sombrero y todo tenía un aire psicodélico muy poco habitual de los cuentos destinados a niños. El dueño de la fábrica tenía unos ayudantes enanos con peluca de plástico que también parecían salidos de una pesadilla. Los niños eran bastante odiosos (excepto el protagonista, que se llamaba Charlie) e iban desapareciendo del recorrido por culpa de sus propios defectos: recuerdo especialmente un niño que caía en una piscina de chocolate por glotonería y una niña que se convertía en una bola azul por comerse un chicle sin permiso. También se me quedó grabado que la niña había batido un record de masticar el mismo chicle guardándolo durante la noche y las comidas detrás de la oreja (¡repugnante!). Los niños y niñas recibían las terribles consecuencias de su mal comportamiento ante la más absoluta indiferencia del dueño de la fábrica que no se preocupaba lo más mínimo por el destino que pudieran correr sus invitados.



Al cabo de muchos años, cuando ya había superado de largo la adolescencia, un día de Navidad comenzó una película que nos dejó a mi hermano y a mí literalmente pegados al televisor. Emocionada, comencé a decir que aquel largometraje había marcado mi infancia de manera muy especial y mi hermano me miró asombrado reconociendo que a él le había pasado lo mismo y que había veces que no estaba seguro de si había sido realmente un recuerdo o un sueño y que le parecía curioso que, sin habernos dicho nunca nada, tuviéramos la misma experiencia con ella.

Como ya habéis podido deducir, se trataba de "Un mundo de fantasía" basado en el cuento de Roal Dahl "Charlie y la fábrica de chocolate", una historia por lo visto bastante famosa en Estados Unidos pero que en nuestro país tomó celebridad  con la versión que hizo de la misma Tim Barton y que fue protagonizada por Johnny Deep. Realmente, nadie como el actor fetiche de este director para encarnar a un personaje sombrío, un poco lúgubre y despiadado, como casi todas las creaciones de este actor. Hoy día estamos acostumbrados a narraciones algo más monstruosas dedicadas al público infantil y juvenil ("Pesadilla antes de Navidad", "Eduardo Manostijeras" o la oscura versión de "Alicia en el País de las Maravillas") pero entonces era toda una novedad dar un producto tan agrio a los niños y niñas que consumíamos almíbar a cucharadas soperas con "Caponata", "La Mansión de los Plaff" y los "Pequeñecos".

El señor Willy Wonka llegó desde lo más profundo del imaginario infantil para dejarnos una cierta desazón en nuestros puros corazones pero también unas ganas de probar algo más de aquel bebedizo mágico que nos abría las puertas de par en par a la condición más humana y terrible. Por eso nos marcó tremendamente tanto a mi hermano como a mí, porque la oscuridad siempre atrae por peligrosa que parezca.

Fuente imagen 1: http://tikiloungetalk.com
Fuente imagen 2:http://www.examiner.com
Fuente imagen 3: http://www.cineol.net

domingo, 14 de octubre de 2012

DE LAS MARIPOSAS PARA LAS ÁNIMAS AL "TRUCO O TRATO"

No deja de sorprenderme cómo Halloween ha conseguido arraigar con tanta fuerza en nuestra cultura. Entiendo, por un lado, que compartimos ciertos orígenes y que la celebración ya existía aunque no con los aderezos que nos están imponiendo los norteamericanos; también soy consciente que los EEUU tienen tanta presencia en nuestro día a día que parece que las calabazas fantasmagóricas han formado parte de nuestras vidas desde tiempo inmemorial; y, evidentemente, también tengo que reconocer que las películas de terror y todo lo que les rodea consigue atraer a un público joven que, sin embargo, no tiene ni la más remota idea de lo que significa la fiesta ni su arraigo religioso.

Como pasa tantas veces, se ha conseguido desvestir la celebración de toda su significación mística y ha pasado a ser una fiesta de inicio de otoño para disfrazarse y pasarlo bien adaptando la consabida frasecilla de "Truco o Trato". La gente se viste de bruja, muerto, vampiro o cualquier criatura de la oscuridad y sale a la calle a vivir la noche de los difuntos con alegría. Algo relegadas quedan las tradiciones de algunas zonas de influencia celta como Galicia o Asturias donde la Santa Compaña aumentaba su frecuencia de paso en estas épocas para anunciar a los vivos que debían pasar al otro lado, o las castañas y boniatos que se comían acompañando a los "panellets" o los "huesos de santo".

Sin embargo, si pienso en la tradición de finales de octubre que más recuerdo de mi infancia es sin duda la de las mariposas de aceite. Mi yaya Isabel ponía una luz para los santos (entiendo que tenía que ver con el día 2 de noviembre más que con  la noche de Difuntos pero no lo puedo asegurar) todas las noches de aquella semana. Encendía unas velillas que flotaban en agua y aceite, en un cuenco que dejaba en la cocina, y que estaban toda la noche iluminando con su luz fantasmagórica la oscuridad del pasillo. Aquello sí que ponía los pelos de punta y no las telarañas y calaveras del "atrezzo" yanqui... Si alguna vez había tenido que levantarme para ir al baño o a beber agua batía mi propio record de velocidad para volver a la cama en el menor tiempo posible. En mi incansable curiosidad, le preguntaba a menudo a mi abuela para qué ponía aquella luz y ella siempre contestaba "para los muertos". Todavía me recorre un escalofrío la columna vertebral cuando recuerdo el tono en que me aclaraba la utilidad de la iluminación adicional de octubre en la cocina.

Os dejo con Germán Coppini y sus Golpes Bajos, un grupo que conocí bastante después de las mariposas de aceite de mi abuela pero que también me parece espeluznante...



Fuente imagen 1: http://www.blackcatfireworks.co.uk
Fuente imagen 2: http://es.paperblog.com

domingo, 7 de octubre de 2012

EL RUBIO DE "STARSKY Y HUTCH"

Elenita era una de mis mejores amigas. No era mi amiga inseparable pero sí que nos unía una especie de hilo mágico y secreto que quizá tenga algo que ver con los  amarillos de Albert Espinosa.

A las dos nos encantaba la serie de moda "Starsky y Hutch" y más concretamente David Soul, el rubito que daba vida junto a Paul Michael Glaser a la pareja de detectives más popular del momento. No recuerdo qué día la daban por la televisión pero sí recuerdo que al día siguiente Elenita y yo pasábamos la hora del patio comentando lo guapo que era y cómo nos gustaba a las dos.

Un día Elenita no vino al colegio y nos explicaron que había tenido un accidente de tráfico. Pasaron días hasta que supimos que su padre había muerto en el accidente y ella era, de los supervivientes, la que había recibido la peor parte. Nadie nos aseguraba que sobreviviera y, si lo hacía, no teníamos ni idea de si podría volver al colegio ni en qué condiciones. Yo me quedé "chocada"; como ya he dicho no era mi mejor amiga pero sí podía considerarle una persona importante en mi vida.

Pasó mucho tiempo hasta que nos informaron que ya no temían por su vida pero sí nos advirtieron que las secuelas habían sido tan importantes que nunca volvería a ser la misma. Al iniciar el curso siguiente le habían guardado una silla en la clase, pero no iba a seguir nuestro ritmo de aprendizaje, sino que haría algunas tareas paralelas a las nuestras para que no perdiera contacto. El primer día que entró en clase todos estábamos nerviosos pero yo lo estaba especialmente. Al verla llegar nos quedamos impactados: su cara había cambiado, cojeaba visiblemente y tenía uno de los brazos algo paralizado; también le costaba vocalizar y su voz era muy ronca.

A media mañana me acerqué a ella. No recuerdo qué estábamos trabajando el resto de clase pero recuerdo perfectamente qué estaba haciendo ella: tenía delante un laberinto de estos de pasatiempos y había rellenado con el bolígrafo, de manera casi obsesiva, absolutamente todos los caminos posibles convirtiendo el resultado en grotesco. Me miró, me sonrió y me dijo con dificultad pero con la misma expresión picarona de otros tiempos "¿Te acuerdas de cómo nos gustaba Hutch?" Yo también sonreí, asentí y comprendí que detrás de todo aquel cambio de apariencia seguía estando mi amiga Elenita que compartía conmigo su absoluta adoración a David Soul.

Durante mucho tiempo después, cuando nos encontrábamos por la calle, ella sonreía y me repetía la misma frase respecto a nuestra serie de culto. Todavía ahora guardo un entrañable recuerdo de aquella serie y de aquella niña que para mí se quedó atrapada en un recuerdo feliz que compartimos durante una parte de nuestra infancia. Me pregunto si todavía rellena caminos de los laberintos para encontrar la salida.

Un beso, Elenita, pares por donde pares. Esta canción es para ti.




Fuente de la imagen: http://tvtropes.org

sábado, 6 de octubre de 2012

¿ÁNGEL O DEMONIO? DEPENDE DE LA NECESIDAD...

En mi más tierna infancia siempre fui una niña modélica: era educada, aplicada, respetuosa, ordenada, y por todo ello hacía las delicias de todos los profesores que me tuvieron como alumna (sólo hasta una cierta edad, eso sí, después me resarcí de tantos años de buen comportamiento y me pasé al lado oscuro, pero eso lo puedo contar otro día).

Estos buenos modales y el comportamiento ejemplar llevó en determinados cursos a que mis profesores pusieran a mi lado niños y niñas conflictivos para ver si los "convertía" y los guiaba por el "buen camino" o al menos conseguían que se aburrieran como ostras al "gozar" de tan sosísima compañía. Uno de los que más tiempo estuvo ocupando esa zona de conversión a las buenas costumbres fue Albert Roca: una perla en cuanto a comportamiento y en cuanto a resultados académicos que torció el gesto cuando se vio a mi lado el primer día y que no mejoró demasiado nuestra relación a lo largo de los meses que estuvimos obligatoriamente juntos.

Un día nos tocó hacer una ficha Colasín sobre un bautizo. Las fichas Colasín eran unos libros con un montón de actividades que podían despegarse del encuadernado para guardarlas en anillas y poder entregarlas a final de curso en casa para regocijo de los familiares y conocidos de la criatura. El trabajo de aquel día consistía en recortar por las líneas de puntos una ilustración correspondiente a un bautizo, para confeccionar posteriormente un puzle con las diferentes piezas. Recuerdo de aquel día que estrenamos los botes de pegamento UHU (de color amarillo chillón, substituyendo el clásico Pegamento Imedio) y que, por algún extraño motivo, perdí la ficha más importante de la actividad, que correspondía a la parte del dibujo en que se encontraba el bebé envuelto en el traje de "cristianar" (como decía mi abuela) abocado a la pila baptismal. Me entró tal angustia de pensar que había perdido la pieza que el demonio que todos llevamos dentro (y que en mi caso debía llevar años bostezando de puro aburrimiento igual que mis sufridos y obligados compañeros) se puso en marcha como si llevara toda la vida actuando y me mostró el camino de la salvación: robarle miserablemente la ficha a Albert Roca y confiar en mi buena fama.

En un abrir y cerrar de ojos me hice con la ficha del pobre desgraciado que no sé ni siquiera si me llegó a ver, pero no importó en absoluto: yo pegué sin vacilar su pieza en mi ficha y esperé a que viniera la profesora atraída por los gritos de indignación de Albert que aseguraba y porfiaba que yo le había sustraido vilmente la ficha y me la había pegado en mi Colasín. Cuando la señorita María llegó a nuestra mesa y le regalé la más cándida de mis sonrisas no tuvo ninguna duda: Albert volvía a las andadas y ya estaba bien de decir mentiras, a ver si empezábamos a responsabilizarnos un poco de nuestras cosas, que así no íbamos bien.

Cuando llegué a casa tenía tantos remordimientos que corrí a mi yaya Isabel y le pregunté si los niños también iban a la cárcel. La pedagogía no era el mejor atributo de aquella sencilla mujer que yo tanto adoraba y me contestó que sí, que cuando hacían algo malo venía la policía y los llevaban a la cárcel con otros niños y niñas que no se habían portado bien. Durante semanas (y no exagero) mi corazón se encogía cada vez que sonaba el timbre de la puerta. Nunca vinieron a buscarme, imagino que porque en aquel momento el vigilante de los niños que no hacen las cosas como se tienen que hacer estaría ocupado en otro tipo de menesteres... Sí me hubiera gustado sin embargo, que la vida me hubiera dado la oportunidad de confesarle mi culpa a mi compañero, así que, desde estas líneas Albert, tengo que decirte que siento que aquel día nadie te creyera aunque tuvieras razón. Buf, ya me siento algo mejor... ¿Parece que llaman a la puerta?

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