El día de Navidad, en un intento fallido de facilitar la digestión de una banquete pantagruélico, mi familia en pleno se levantaba a regañadientes de la sobremesa de los barquillos (las "neules" como llamamos en Cataluña), los turrones, los cafés y los licores y se dirigía al centro de la ciudad para palpar de pleno el ambiente navideño.
Habitualmente cogíamos el metro y bajábamos en la parada de Catalunya; si nos habíamos portado bien a los niños nos compraban un juguete típico de estas fechas: una gallina de plástico dentro de un vaso (de plástico también) del que colgaba un cordelito; junto con esto, nos daban una pieza de un material negro que, cuando se rascaba con el cordelito, imitaba el cacareo de la gallina para desesperación de aquél que se cruzaba con nosotros.
Recuerdo el frío en la cara, las trencas de color azúl marino y verde, el olor del ozono, las luces del árbol de Can Jorba (que a mí me parecían tan maravillosas como las del Rockefeller Center), la gente paseando sin prisas por el Portal del Ángel y los escaparates de la calle Pelayo. No he conseguido averiguar qué grandes almacenes eran, me parece que los del Capitol, que montaban por estas fechas unos escaparates con una especie de dioramas, donde aparecían motivos navideños (creo recordar que con algún autómata) y que provocaban largas colas de espera entre los más pequeños. Me encantaba ir siguiendo la cola de curiosos a lo largo de todos los escaparates del establecimiento para ir descubriendo poco a poco los diferentes decorados que nos ofrecían los aparadores.
Creo que aquel día libraba pero el resto de días podías encontrar allí mismo al pobre paje real. Un paje real que te acogía en sus rodillas mientras los padres y madres te hacían sonreír para pasar a la posteridad en una foto que ahora siempre da un poco de vergüenza por el atuendo, por la situación y por el mismo paje que no sólo tenía que soportar las bajas temperaturas y a miles de niños malcriados, sino también el mal gusto de los que le daban las ropas para disfrazarse. Aún guardo por casa más de una de estas fotos, siempre con los mofletes rojos por el frío, siempre con esa expresión medio tímida y medio incrédula, porque a mí me parecían como de teatro aquellos personajes vestidos de aquella manera tan ridícula.
Ahora que tengo hijos y comparo sus fiestas con las mías siento un poco de tristeza, porque me parece que mis navidades estaban más cargadas de simbolismo familiar, de tradiciones, de situaciones entrañables que después, cuando pasan los años, recuerdas con cariño. Pero seguramente sea falso y en recubrimiento dulce y nostálgico se lo ponemos a posteriori, cuando ya empiezan a faltarnos algunas personas decisivas en nuestra vida y entonces cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no porque lo fuera, sino porque nosotros creemos recordarlo así.
Fuente de imagen 1: http://www.barcelonarutas.com
Fuente de imagen 2: http://www.todocoleccion.net
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domingo, 23 de diciembre de 2012
EL RECORRIDO NAVIDEÑO
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miércoles, 12 de diciembre de 2012
"MUJERCITAS" PARA EMPEZAR LAS VACACIONES DE NAVIDAD
La Navidad es una época especialmente nostálgica. Tanto si somos creyentes como si no, es un momento del año que nos transporta a otras navidades, a vivencias previas de nuestra infancia en las que no teníamos muy claro qué significaba todo este derroche de felicidad impostada pero al cual nos rendíamos sin oponer demasiadas dificultades.
El momento estrella de las navidades de mi infancia, ese que recuerdo con una especial dulzura, es el del último día de clase. Es curioso porque hay muchos días marcados en rojo en el calendario pero yo guardo un vívido recuerdo del día que abandonábamos nuestra rutina de pupitres, plumieres y libretas por un par de semanas de diversión en casa que culminaban con el día de Reyes. El último día de clase podía ser el día 20, 21 o 22 en función del calendario de cada año pero había algo que se mantenía imperturbable y era la programación televisiva: no sé cuál es el motivo pero todas las tardes de ese día TVE (la única que teníamos en aquella época) programaba la película "Mujercitas" basada en la novela de Louisa May Alcott y protagonizada, en aquella versión, por una jovencísima Elizabeth Taylor en el papel de Amy.
En el colegio donde cursé la EGB era habitual que esa tarde no se hiciera clase. No hacer clase no era una circunstancia exclusiva de este día; de hecho, los viernes era habitual el dibujo y plastilina y no sacar ni un lápiz ni un libro... Lo que era diferente de ese día era que nos congregábamos todos en un salón para ver juntos en la televisión el principio de "Mujercitas".
Cuando llegábamos después de la comida, el televisor ya ocupaba un lugar destacadísimo en el aula, presidiendo majestuoso la reunión. Los alumnos pasábamos por su lado emocionadísimos como si nunca antes hubiéramos visto un aparato semejante. Imagino que el encanto del momento residía en compartir en un contexto no habitual un objeto que para todos nosotros era tan cotidiano. No exagero si digo que era casi mágico.
Cuando la directora encendía el televisor en el momento justo con un silencio solemne acompañándolo, nuestras caritas infantiles se iluminaban como cuando encienden las luces del árbol de Navidad de Rockefeller Center. Aquel ritual navideño se repetía todos los años sin excepción, pero la película era larguísima y nunca llegábamos a ver más que las escenas del principio, cuando Jo llegaba a casa, se lamentaban juntas de que no tenían dinero para los regalos y poca cosa más... Cuando llegaba la hora de marchar salía a la calle apremiando a mi madre para poder seguir la trama sin perderme detalle, cosa que no albergaba demasiada dificultad porque el colegio estaba a escasos diez minutos.
Sin embargo, llegaba al sofá de casa y automáticamente se desvanecía la magia: la película era larga, la televisión volvía a ser un objeto en su cotidiano aburrimiento y yo enseguida perdía el interés y me dedicaba a jugar con mis muñecas hasta que mi abuela me preguntaba con aquella expresión tan familiar "Así, la tele ¿Para quién está puesta?".... y en mi casa quedaba oficialmente inaugurada la Navidad.
Fuente de la imagen: http://www.canaltcm.com
El momento estrella de las navidades de mi infancia, ese que recuerdo con una especial dulzura, es el del último día de clase. Es curioso porque hay muchos días marcados en rojo en el calendario pero yo guardo un vívido recuerdo del día que abandonábamos nuestra rutina de pupitres, plumieres y libretas por un par de semanas de diversión en casa que culminaban con el día de Reyes. El último día de clase podía ser el día 20, 21 o 22 en función del calendario de cada año pero había algo que se mantenía imperturbable y era la programación televisiva: no sé cuál es el motivo pero todas las tardes de ese día TVE (la única que teníamos en aquella época) programaba la película "Mujercitas" basada en la novela de Louisa May Alcott y protagonizada, en aquella versión, por una jovencísima Elizabeth Taylor en el papel de Amy.
En el colegio donde cursé la EGB era habitual que esa tarde no se hiciera clase. No hacer clase no era una circunstancia exclusiva de este día; de hecho, los viernes era habitual el dibujo y plastilina y no sacar ni un lápiz ni un libro... Lo que era diferente de ese día era que nos congregábamos todos en un salón para ver juntos en la televisión el principio de "Mujercitas".
Cuando llegábamos después de la comida, el televisor ya ocupaba un lugar destacadísimo en el aula, presidiendo majestuoso la reunión. Los alumnos pasábamos por su lado emocionadísimos como si nunca antes hubiéramos visto un aparato semejante. Imagino que el encanto del momento residía en compartir en un contexto no habitual un objeto que para todos nosotros era tan cotidiano. No exagero si digo que era casi mágico.
Cuando la directora encendía el televisor en el momento justo con un silencio solemne acompañándolo, nuestras caritas infantiles se iluminaban como cuando encienden las luces del árbol de Navidad de Rockefeller Center. Aquel ritual navideño se repetía todos los años sin excepción, pero la película era larguísima y nunca llegábamos a ver más que las escenas del principio, cuando Jo llegaba a casa, se lamentaban juntas de que no tenían dinero para los regalos y poca cosa más... Cuando llegaba la hora de marchar salía a la calle apremiando a mi madre para poder seguir la trama sin perderme detalle, cosa que no albergaba demasiada dificultad porque el colegio estaba a escasos diez minutos.
Sin embargo, llegaba al sofá de casa y automáticamente se desvanecía la magia: la película era larga, la televisión volvía a ser un objeto en su cotidiano aburrimiento y yo enseguida perdía el interés y me dedicaba a jugar con mis muñecas hasta que mi abuela me preguntaba con aquella expresión tan familiar "Así, la tele ¿Para quién está puesta?".... y en mi casa quedaba oficialmente inaugurada la Navidad.
Fuente de la imagen: http://www.canaltcm.com
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