jueves, 18 de diciembre de 2014

Un concierto de Navidad

Estamos inmersos en las fechas navideñas y casi todos los padres estamos yendo a ver actuar a nuestros hijos en el festival que han preparado en el colegio: puede ser un poema, una canción, una representación teatral o, ya en función de si se trata de una materia u otra la que cursan en actividada extraescolar, un baile, un concierto o cualquier otra cosa que se le haya ocurrido al profesor para enternecer a los abnegados padres.

Como soy flojita de lagrima me paso casi toda la sesión llorando, sean o no mis hijos los que actúan, así que muchas veces ni me entero de lo que estoy viendo porque las lágrimas inundan el espectáculo de principio a fin y me da una congoja horrorosa porque intento evitar que los demás noten que estoy llorando como una Magdalena. Seguramente si mis padres hubieran venido a verme en su momento se hubieran dado un empacho de llorar similar al mío, pero no recuerdo funciones navideñas (aunque sí de festival de final de curso) hasta que llegué al instituto, y ya no tenía edad de que nadie viniera a verme.

Esta mañana me ha venido a la memoria la única representación navideña en que he participado en mi vida. Como ya he dicho, estaba en mi primer año de instituto, y tenía un "pavo" del tamaño de la sala de actos donde sucedió el evento. En noviembre, la profesora de música nos preguntó si sabíamos tocar algún instrumento. Por prudencia me callé y no dije nada, y estoy encantada que así fuera porque mi mejor amiga, Núria, enseguida confesó que tocaba la flauta y todavía lo recordamos cuando nos vemos. Las que no tocábamos nada nos quedamos de cantantes (cosa que nunca se me ha dado mal del todo) y ya solo faltaba elegir el villancido que cada grupo de primero iba a ejecutar. La pieza en cuestión resultó ser "Santa Nit" (la versión traducida al catalán de "Silent Night", la única canción lenta de todos los grupos. No es que no me guste, pero está claro que se iba a notar mucho más si lo hacíamos mal en una pieza lenta y seria que en otra más festiva y movida como "El 25 de desembre".



La cuestión es que empezamos a dedicar las sesiones de música a ensayar la canción de marras. Al principio la cosa no iba mal pero a medida que se acercaba la fecha cada vez tomábamos más consciencia de la magnitud de la tragedia: si aquello era una representación de los alumnos de primero, nos iba a ver todo el resto de estudiantes de instituto, y entre "el resto de estudiantes" había por lo menos una decena que eran los hombres de mi vida (aunque ellos no lo llegaran a saber nunca). Mi amiga empezó a barajar la posibilidad de inventarse unas anginas y yo no sabía cómo hacerlo para evitar salir al escenario a cantar frente a casi 250 personas. Como no se nos ocurrió nada, al final tuvimos que salir a cantar en tercer lugar, como corresponde al grupo C.

El auditorio estaba de bote en bote, todas las sillas ocupadas y gente de pie por los pasillos. Por suerte, los que sólo cantábamos estábamos detrás de todo (mi amiga Núria estaba en primera fila, sentada junto a la que tocaba los chinchines, que no sé si habrá superado la crisis desde entonces). Enseguida fui identificando entre los presentes tres o cuatro personas a los que hubiera deseado en las Bahamas y se me hizo un nudo en las cuerdas vocales que no conseguía desatar por mucho que lo intentaba. Cuando los asistentes callaron, la profesora de música dió la señal y el grupo empezó a interpretar la canción. No sonaba mal del todo, la verdad, hasta que a una de mis compañeras más gamberras, Geni, le dió por desafinar a posta mientras decía en voz baja "no ho feu això, home!" ("No hagáis esto, hombre") y volvía muy seria a desafinar mientras el resto del grupo la miraba medio divertido, medio asustado. Yo ya me había relajado y no podía parar de reír de escuhar aquellos gallos tan desagradables pero acabamos la canción con todo el decoro que la risa y los desafinados permitían.

He olvidado decir que aquello era un concurso, así que cuando acabó de cantar primero E nos mantuvimos a la espera de que el jurado emitiera su veredicto. Ante el asombro de todo el grupo se nos concedió el primer premio, y nos abrazábamos orgullosos como si no hubiéramos asistido a aquel pequeño desastre de la ejecución unos minutos antes. Mi amiga Nuria estuvo una hora dando explicaciones a todos los chicos que le gustaban de que la habían obligado a tocar la flauta para poder limpiar un poco su reputación de chica mala y durante todo el curso presumimos de nuestra victoria ante el resto de compañeros de promoción.

Hacía muchos, muchos años que no recordaba este momento, fue una de las situaciones más divertidas de mi paso por el instituto.Os dejo con mi villancico favorito. Felices fiestas



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Adiós al Restaurante "La pérgola"

Ya os he contado que de pequeña era bastante fantasiosa y me gustaba imaginar historias, sobre todo de princesas. Y a medida que me fuí haciendo mayor, substituí las lánguidas princesas por lánguidas protagonistas. Yo, que puedo ser cualquier cosa menos lánguida, me quedaba embelesada leyendo a las mujeres que Mercè Rodoreda describía en sus libros, siempre entregadas a su destino como si fueran personajes de tragedias griegas, que se dejaban arroyar por las circunstancias, los hombres, las adversidades,... sin apenas plantar batalla.

Con doce años leí por primera vez "Aloma" y con ella fuí encadenando, una por una, todas sus novelas: "La plaça del Diamant", "Mirall trencat", "El Carrer de les Camèlies"... Aún no me había repuesto de la muerte de un hijo y ya estaba absorbida en una guerra, o en el abandono de un marido sin escrúpulos, o en la desesperación de un desamor. En uno de ellos, creo que en "Aloma", la protagonista sale una noche de San Juan a cenar a un restaurante en Montjuic con su cuñado, que además es su amante. No recuerdo si en la novela se cita explícitamente el nombre o yo quise imaginar que el mejor escenario para aquella historia de amor y dolor era el restaurante "La Pérgola".


Al pie de la montaña de Montjuic, en la esquina que enfila el Passeig Francesc Ferrer i Guàrdia con la Avenida María Cristina, se podía ver el interior del restaurante. A través de los grandes ventanales del piso superior se debía tener una visión preciosa de las luces de la exposición por la noche. Aloma recordaba esa noche como una de las noches más felices de su vida, y yo me imaginaba a mí misma enamorada hasta las entrañas del amor (¿no es así siempre cuando te enamoras por primera vez, cuando todavía no hay personaje protagonista en nuestras vidas?) bebiendo "champán" a la luz de las velas, ataviada con un vestido precioso con muchísimo vuelo, que hiciera "fru-fru" al moverme. Habría luz de velas, quizá un violín (en el colmo de la "ñoñería") y yo sería la mujer más feliz bajo la capa de la tierra. Incluso creo que me prometí a mí misma que cuando fuera mayor iría al restaurante con mi amante de verdad.

No debí hacerlo... No, porque no lo he cumplido. Y ya no podré cumplirlo nunca. Porque me acabo de enterar que el mítico restaurante ha desaparecido bajo los escombros después de muchos años de estar cerrado. En noviembre se ha procedido a su demolición y ya no queda nada de la magia de los primeros años ni del dulce deterioro de los años setenta y ochenta.



Cuando lo he sabido he notado una especie de remolino interior, como una pena que es un poco mía pero también es un poco de todos los barceloneses, incluida la protagonista de la novela de Mercè Rodoreda. Seguramente no hubiera ido nunca, ni aunque se hubiera mantenido en pie durante 100 años más, pero ha sido una sensación triste. Supongo que es ley de vida, que los escenarios de nuestra infancia vayan desapareciendo y den paso a nuevos espacios que ya no nos pertenecen...

Como siempre, me ha quedado un final con nostalgia, parece que solo me insipiro cuando me entra la pena. En fin..

Fuente de la imagen 1 y 2: http://barcelofilia.blogspot.com.es
Fuente de la imagen 3: http://premsa.bcn.cat

jueves, 4 de septiembre de 2014

LOS OLORES DE LA VUELTA AL COLE

Esto de que el sentido del olfato no pasa por nuestro cerebro más evolucionado es un verdadero gustazo. Como no se procesa de la misma manera que el resto de sentidos, llega directamente a nuestra parte del cerebro más antiguo, el más instintivo, el que no precisa elaboraciones conscientes y truculentas. Por eso nos emociona tanto el olor de la persona que amamos, por eso nos evoca directamente a una escena un determinado perfume o por eso odiamos tan profundamente un aroma sólo con que nos recuerde una situación desagradable.

Como llevo una temporada enfadada con esa parte de mí que no me deja disfrutar de mí misma y de las cosas que me gustan porque se empeña en amargarme la vida, esto de los olores me parece una delicia. Me paso el día oliendo personas, papeles, alimentos, escenas, porque me empapo hasta el alma con ello y no dejo que mi prefrontal me enmarañe con reproches y quejas. Y ahora que tengo en la mano los libros recién comprados de mi hijo menor me he visto de pronto transportada a mi infancia, a aquel pupitre de fórmica color gris y a las primeras horas en el colegio, el día 15 de septiembre de cualquier año, cuando al abrir el libro se abría con él todo un curso nuevo, sin usar, lleno de ilusión.

Los primeros días de colegio son un verdadero amasijo de olores nuevos ¿No recordáis el aroma de las ceras Manley, o de la plastilina Jovi o de la bata o uniforme nuevecitos? ¿O el olor de las mochilas cuando apenas le acababas de quitar la etiqueta? ¿y el de la colonia de botella familiar que llevábamos todos (quizá los primeros días las madres se sobrepasaban acicalándonos, o quizá después ya se nos acostumbraba la pituitaria) cuando entrábamos en clase a primera hora de la mañana?
 



Hay otros olores que también son de colegio pero no son tan agradables: cuando he vuelto a la guardería, esta vez como madre y no como usuaria, me he sorprendido al imaginar cómo pueden sobrevivir las profesoras en semejante ambiente enrarecido donde se mezcla el olor dulzón de la caca de bebé, el agrio de las vomitonas de Actimel, el de colonia Nenuco y el de las ceras de colores. Y si encima acaban de hacer la comida, todo este mejunje se puede mezclar con el aroma de las varitas de pescado o de la sopa de fideos. Un verdadero asco, francamente.

Pero no quiero quedarme con ese olor desagradable. De hecho, he guardado para el final del post el que más me gusta: el olor del estuche de dos pisos de lápices Alpino, que iba desprendiendo paulatinamente su aroma a lo largo del curso cada vez que nos aventurábamos, no sin pena, a hacerle punta a alguno de aquellos preciosos colores.


No pienso dejar nunca más que mi mente traidora me evite de disfrutar de los buenos placeres que tiene la vida, con lo bonito que es oler.

¡Feliz vuelta al cole (y a la normalidad)!

Fuente de la imagen 1: http://www.amazon.es/
Fuente de la imagen 2: http://yotambienfuipeque.blogspot.com.es
Fuente de la imagen 3: http://www.tecnimarcopiadoras.com

martes, 5 de agosto de 2014

ESCUELA DE CALOR

Debo decir que así como toda mi educación primaria fue impecable, cuando llegó el instituto la cosa cambió radicalmente: con la llegada de la adolescencia, mi interés por los libros cayó en picado, así que pasé muchas horas de estudio en verano, de recuperación y de malas caras en mi casa.

Así que creo que aquel día habían acabado las clases (debía ser principios de julio) y estábamos en los exámenes de recuperación. Aquel fue un verano especialmente caluroso, de un bochorno insufrible. Si hubiera seguido siendo la alumna modelo que era en mis primeros años, mi madre me hubiera enviado a casa de mi tía a veranear, hasta el momento en que se añadía el resto de la familia, ya en agosto. Pero como no era el caso me tocaba pasarlo, fastidiadísima, en mi ciudad.

Mi instituto estaba en la zona alta de Barcelona, aunque fuera un instituto público. El metro acercaba pero después debía subir una cuesta interminable, en invierno con el frío y la lluvia y en verano con el calor insoportable. El instituto quedaba justo al final de aquella interminable Avda González Tablas, justo al lado del parque Cervantes. Como aquella era una zona de gente pudiente y clases altas, allí vivían militares, monjas e hijos de papá, y los hijos de la clase trabajadora que cada día iba y venía por la zona seguramente no hacía otra cosa que molestarles.

¿Por qué escribo todo esto? Como siempre, porque la memoria es caprichosa y recuerdo pocas cosas de los dos años que pasé estudiando en aquel instituto, pero si algo me recuerda al verano es ese fragmento que mi cerebro se entesta en repetir incansable cada vez que escucho la canción de Radio Futura que da título a este post: bajábamos la calle bajo un sol de justicia; casi al final de la avenida, a mano derecha, escuchábamos el rumor de un aspersor que mitigaba la sequía pertinaz de julio en el césped de la zona ajardinada de los edificios. A lo lejos, un grupo de voces jóvenes (podían ser niños o adolescentes) gritaban alegremente coincidiendo con el chapoteo de sus cuerpos en la piscina privada. Mi amiga Núria y yo nos miramos con complicidad. Hubiéramos dado cualquier cosa por poder entrar en aquella finca infranqueable y zambullirnos en el agua. Pero aquel no era nuestro ambiente ni nuestro verano, nosotras éramos hijas de trabajadores que volvíamos a casa en un barrio de clase media de la ciudad y ni por asomo teníamos una piscina privada a nuestra disposición. Las chicas y chicos con que después nos mezclábamos en las zonas de moda de Barcelona lucían un bronceado envidiable desde principios de junio gracias a horas y horas en aquellas piscinas privadas que nos estaban vedadas.

No sé si la canción de "Escuela de calor" fue anterior o posterior a esta imagen. Tampoco tiene más importancia. Pero sí asocié instantáneamente y para siempre aquel recuerdo a la frase "en las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol" y aún hoy la canturreo cuando evoco aquel momento o veo alguien cortando un seto, limpiando una piscina o luciendo un moreno envidiable fuera de temporada "obrera". Aquello era ser rico. Aquello era no tener preocupaciones económicas. Aquello era pertenecer a la clase alta. No sé si eran más o menos felices que yo, por supuesto, ni les he envidiado nunca nada más. Solo aquella piscina privada en verano, cuando Barcelona se funde como un chicle sobre el asfalto y cuesta sobrevivir al bochorno.

¡Feliz agosto!


Fuente de la imagen: http://www.casasypisosbarcelona.com/

lunes, 28 de julio de 2014

MI PARQUE DE ATRACCIONES FAVORITO: MONTJUIC

Cuando uno es pequeño hay tres días marcados en rojo en el calendario anual: el cumpleaños, el día de Reyes y el día que te llevan al parque de atracciones.

En mi ciudad, cuando yo era pequeña, había dos parques de atracciones: el del Tibidabo y el parque de atracciones de Montjuic. El del Tibidabo, todavía en activo y con muy buena salud, tenía el inconveniente de que había que hacer una verdadera excursión para llegar hasta allí, sobre todo viviendo en un barrio de la zona sur, como es mi caso. En cambio, el parque de atracciones de Montjuic era relativamente accesible para toda la familia con un buen servicio de autobuses que te dejaban en la puerta. Quizá por eso, porque era más familiar, menos elitista, tenía fama de que había peor ambiente, sobre todo en la zona de los autos de choque. Siempre me pregunto qué deben tener los autos de choque para provocar esa aglomeración de personajes de novela de Juan Marsé, porque esto acostumbra a pasar igual en los parques de atracciones que en las ferias itinerantes que van por los pueblos.

Detalles aparte, casi siempre a finales de las vacaciones de verano, cuando ya habíamos vuelto del veraneo, mi padre un día anunciaba que había ahorrado dinero durante todo el año para llevarnos a Montjuic a pasar la tarde. Las últimas veces que fui con mis padres, antes de empezar a tener edad para ir sola con amigos, el dinero que había acumulado durante el año provenía de lo que se ahorraba en tabaco, así que todavía tenía más valor: después de años y años de humear como una chimenea paquetes de "Rex", "Sombra" y "46" mi padre dejó de fumar y decidió guardar cada día el dinero que se ahorraba en una cajita de latón que tenía en la mesita de noche, junto a los compases, los pañuelos y un libro sobre "Conjuntos de Euler Venn, matemática moderna" que nunca entendí qué hacía alli.

Hoy tengo el día disperso, me voy por caminos laterales que me desvían del tema principal. Volvamos al
cauce. El día que mi padre anunciaba que aquel día si, que nos íbamos a Montjuic, un escalofrío de placer recorría mi espalda, me iba corriendo a buscar la ropa más cómoda (pero bonita) que tenía y unas sandalias que me permitieran ir fresquita sin perder pie. Lamento decir que recuerdo bien poca cosa de aquellas instalaciones: el barco del Misisippi, los autos de choque, la noria y el látigo. En cambio, recuerdo perfectamente el olor de frankfurt del bar de la ballena (que hacía de barra), o el ambiente que se respiraba alrededor del teatro cuando había actuación. Intentando refrescar la memoria, he visto las celebridades que aparecían en aquellas instalaciones y parecen todos salidos de un capítulo de "Verano Azul": Bigote Arrocet, Pepe Darrosa, Bordón 4...La "casposidad" hecha artistas, en una época en que las celebridades se generaban en "Un, dos, tres... responda otra vez" o en los programas de Jose Mª Iñigo y Carmen Maura. Como os digo, he hecho prospección entre las imágenes de internet y el teatro me parece lo más deprimente de todo: con aquel escenario de color amarillo y morado, aquellas gradas de plástico que se quemaban al sol....




Después, cuando lo cerraron, se hicieron cientos de fotos y reportajes sobre su abandono y demolición y es verdad que no hay nada más escalofriante que un parque de atracciones abandonado (¿Quizá un payaso muerto?) porque algunas fotografías hielan la sangre, son propias de un escenario de terror. Os dejo alguna de ellas por si queréis pasar mala noche.





Hoy día los terrenos del Parque de Atracciones están ocupadas por el Parque Joan Brossa. Ya no tienen aquel aire decadente de fiesta continua, pero todavía quedan vestigios de lo que fue. Entre las páginas que he visitado, he encontrado esto donde hay una información extensísima de lo que fue en su momento. En su página de Facebook cuelgan fotos de vestigios del antiguo parque que todavía hoy se pueden encontrar. Es una delicia ver la cantidad de información que se publica todavía sobre ello. Es el mejor indicio de que el Parque de atracciones de Montjuic seguirá vivo en el recuerdo de muchos nostálgicos como yo. Siento mucha melancolía de aquellos maravillosos días marcados en rojo en el calendario de mi niñez, cuando parecía que íbamos a ser felices para siempre.

Fuente de las imágenes:  http://www.achus.biz/montjuic/

miércoles, 23 de julio de 2014

ADÉU, MANEL!

Una vez oí en un entierro que una persona no muere del todo mientras haya gente que la recuerda. Es bonito, triste pero bonito. La muerte es siempre triste, pero también un poco poética ¿No os parece?

Me han llamado para decirme que ha muerto mi tío Manel, mi padrino, el más divertido, con diferencia, de todos los tíos que he tenido. Con un humor agrio e insolente, como era él, pero también muy sensible aunque no quisiera reconocerlo. No sé si fue una persona muy feliz, porque pertenece a esa rama de mi familia que no es demasiado dada a expresar sentimientos, ni a explicar emociones. A pesar de que vivimos durante muchísimos años a menos de cinco minutos unos de otros, nunca tuvimos una relación muy estrecha. Algunos días señalados, como Reyes, Navidad, el día de la Mona el lunes de Pascua (era mi padrino y me regaló la Mona hasta que hice la comunión) y unos días inolvidables en el cámping el año en que iba a nacer mi hermano. Sólo eso. Después, de mayores, cuando mis padres lo han necesitado siempre ha estado ahí, al pie del cañón, para lo que haga falta. Como los buenos, los de verdad, los que lo dan todo.

Estoy intentando hacer un pequeño "patchwork" mental con los retales de recuerdos que tengo de él: recuerdo, por ejemplo, cómo se aseaba por las mañanas en el lavadero, y se dejaba el pelo completamente peinado hacia atrás, lo que le daba un aspecto parecido al de Clark Gable, con aquel olor a colonia fresca que todos usaban en aquella casa de mis abuelos; recuerdo cómo le costaba hablar castellano, haciendo que las "c" sonaran como "s" en un intento desesperado por pronunciar correctamente; recuerdo cómo se reía de su mujer, mi tía María, con aquel aire socarrón, mientras ella nos miraba desmintiendo con la cabeza cualquiera de las anécdotas imposibles que contaba; recuerdo que el día que se casó mi prima Mariana tuvo que salir fuera de la iglesia con mi padre porque a los dos les dió un ataque de risa metiéndose con el cura, y les llamaron la atención; recuerdo cómo contaba que había robado una caña de pescar un día en Andorra, solo para ganar una apuesta con un compañero que le retó diciendo que no era capaz de hacerlo; recuerdo la broma que siempre me hacía cuando era muy pequeña, haciéndome creer que se había cortado el dedo pulgar de la mano; recuerdo mi viaje en coche, sola con él, de vuelta a casa después de las vacaciones en el camping; recuerdo cómo le gustaba hacer puzzles y a mí me sorprendía tanto que una tarea que requiere tanta paciencia fuera del gusto de un hombre que no era capaz de leer un libro.

De todos modos, lo que nunca olvidaré de mi tío es una escena que no viví junto a él: como hacía tiempo que mi tía María está con Alzheimer la habían ingresado en una residencia, pero ante la muerte inminente de mi tío, mi prima Nuri la llevó para que se vieran. Por lo que me contó, mi tío la cogió de la mano y le dijo "María, sé fuerte y no temas a la muerte". Mi tía siempre había tenido mucho miedo a la muerte, al sufrimiento, hasta el punto que no quería hablar del tema. Y él, en una de las demostraciones de amor más bonitas que he escuchado nunca, intentó contagiar de valentía a la persona con la que había compartido su vida desde los 18 años, y se despidió de ella para siempre porque sabía que era lo que más le asustaba. Hace más de quince días que me lo contaron y cada vez que lo recuerdo me emociono.




En fin, si este es un espacio para los recuerdos de mi infancia, hoy tenía que dedicar esta entrada a mi padrino Manel, el que tanto me hizo reir. T'estimo, tiet!

Fuente imagen 1: http://www.estuimagen.com
Fuente de la imagen 2:  http://www.taringa.net

lunes, 14 de julio de 2014

ESTE AÑO BELCOR BAÑO



Aprovechando las rebajas de verano, el fin de semana fui en busca de un bikini. Y como siempre, mientras buscaba entre los diferentes modelos, me topé con una etiqueta que me hizo venir a la cabeza la sintonía de uno de los anuncios que más recuerdo del final de mi infancia: en 1982, Belcor lanzó una campaña publicitaria refrescante y juvenil, con las imágenes de unas chicas adolescentes con las que me sentí completamente identificada (aunque yo todavía no lo era) y una música pegadiza que es la que todavía tarareo de vez en cuando.

Su estética es "ochentera" hasta aburrir: los peinados de las chicas con un lazo de color (a juego con la ropa o el bañador), los labios de colores anaranjados, las sombras de ojos en tonos lima, y unos bañadores y bikinis tan propios de la época que sólo les faltaba que hubieran acolchado el tirante a modo de hombrera. Las tres chicas quieren ser muy modernas, independientes, atrevidas.... Están las tres solas pasando el verano en una "roulotte" y llevan ropa sugerente, sin el puritanismo de otras épocas. Cualquiera podría pensar que estamos ante la liberación femenina ¿verdad?. Pero ¡no!. Igual que pasa ahora con la publicidad, las chicas del anuncio necesitan la figura masculina para sentirse completas, para ser felices: aparecen las tres vigilando al chico de sus sueños, un salvavidas de la playa, y llaman su atención para que se fije en ellas. Mientras esperan, se ponen sus mejores bañadores recién estrenados. Pero él no aparece. Tristes y fastidiadas, cada una de ellas fantasea imaginando que la elige a ella para casarse. El spot termina cuando el salvavidas cruza la puerta con cada una de ellas en brazos y vestida de novia en la "roulotte", alcanzando entonces la felicidad absoluta.



Si no fuera porque todavía hoy en día se mantiene este esquema machista y dependiente de las chicas en los anuncios me daría la risa; porque además intentaban (e intentan) aparentar una modernidad y una amplitud de miras que no es cierta: las chicas son, en la publicidad, modelo de independencia, de personas con iniciativa... pero en realidad necesitan que los hombres den su aprobacion a su cuerpo, a su conducta, a su actitud, para ser felices. Son (y eran) floreros que no aportan ni conocimiento ni aptitudes de ningún tipo, solo belleza y sensualidad. El hombre solo tiene que llegar, elegir la que más le gusta (por su aspecto físico, evidentemente, como los tratantes de ganado) y demostrarle quien manda y quien decide.

Hay miles de anuncios que serían tan representativos de este esquema como este pero como la música era tan pegadiza y yo tengo tendencia a recordar la letra con insistencia (es una especie de resorte, no sé qué diría mi psicóloga si se lo contara) he tenido posibilidad de analizar el mensaje a conciencia. Transcribo la letra porque no tiene desperdicio:

"Quisiera ser tan bonita
que él se fijara en mí
Quisiera estar tan radiante
que él se chiflara por mí
Este año, Belcor baño, 
este año, Belcor baño"

Lo dicho: mujeres que quieren ser bonitas solo para gustarle a hombres que vuelvan locos por sus atributos, como si de brujas encantadoras se trataran.

No quisiera que las mujeres de las siguientes generaciones siguieran repitiendo este esquema dependiente y mezquino, basado en principios de desigualdad entre hombres y mujeres como si tuviéramos intereses diferentes, como si el sexo femenino solo fuera un complemento necesario del sexo masculino. Es tan sibilino en mensaje que hoy día nos creemos que por aparecer como sexualmente activas en la publicidad tuviéramos ya ganada la igualdad, pero nada más lejos de la realidad; todavía hoy hay chicas y chicos que repiten esquemas patológicos en sus relaciones, y la prueba son las numerosas muertes por violencia de género que se producen.

¿O encontráis alguna diferencia entre lo que sugiere la campaña de este mismo año de Calcedonia? Por desgracia, yo no.