miércoles, 6 de noviembre de 2013

BARBAPAPÁ

Hace bastantes días que no me animo a escribir nada. Quizá es porque no acabo de encontrarme del todo a mí misma, como si estuviera buscando una nueva forma de ser yo. Sé que suena complicado y no acostumbro a expresar mis emociones aquí pero, qué narices, alguna vez tiene que ser la primera.

Me siento un poco como los Barbapapá, aquella fantástica familia de bichos peludos e indescriptibles que tomaban formas diferentes en función de las necesidades y que nos amenizó muchas tardes de los años 80. A lo mejor se trata de eso, de intentar adaptarse más a lo que nos va trayendo la vida, en lugar de mantenernos imperturbables en lo que somos y sentimos.

En fin, os dejo con ellos...


sábado, 21 de septiembre de 2013

FESTA MAJOR DE LA MERCÈ A BARCELONA

Estamos en plena fiesta mayor de Barcelona, coincidiendo con la Mare de Déu de la Mercè, pero conviene no olvidar que la antigua patrona de Barcelona era santa Eulàlia, y cuando por estas fechas llueve (que acostumbra a llover), la tradición de la ciudad es decir que son las lágrimas de Santa Eulàlia por haberle quitado el orgullo de ser la patrona de la ciudad.

La verdad es que la hagiografía de la pobre Eulalia es digna de ocupar cualquier programa de TeleCinco donde se hable de torturas, miserias y bajezas humanas, pero parece ser que ser recomendada directa de San Pedro Nolasco, San Ramón de Penyafort y Jaume el Conqueridor abre muchas puertas, incluidas las del patronato de las ciudades, y al final fue Mercedes quien se llevó el gato al agua.

La cuestión es que lo que ahora se ha convertido en una fiesta "progre" donde el Ayuntamiento aprovecha para traer las actuaciones más "in" del panorama artístico, en la época de mi infancia, los años 70, la fiesta mayor de la ciudad se limitaba a una cabalgata que transitaba por la Avenida María Cristina en Montjuic y que para mí era todo un acontecimiento, comparable incluso, a la cabalgata de Reyes en Navidad.

Recuerdo sobre todo que teníamos que desplazarnos a Montjuic muy pronto, sobre las 16h, para pasar allí unas horas angustiosas, que se hacen eternas a los niños y, de rebote, a los mayores, por la insistencia de los pequeños en preguntar cuánto falta. Al final, después de horas de espera, la señal de inicio la daba la peste a boñiga de caballo que desprendía la Guardia Urbana de Barcelona, ataviada con su uniforme de gala y sus cascos de penacho blanco, conjuntados con la casaca roja con acabados dorados. A los caballos, claro está, les daba lo mismo si era la Mercè o Santa Perpètua de la Moguda, e iban soltando lastre a su paso para asombro de los más pequeños y disgusto de los mayores. Todo quedaba impregnado rápidamente del aroma dulzón que desprende el excremento de las caballerías, pero era la señal de inicio de la fiesta que llevaba horas esperando. Después llegaban los gigantes, los cabezudos, las carrozas, las orquestas, trompetas y tambores,... todo junto en una magia de vestidos antiguos, de un ritmo alegre y pegadizo que nos contagiaba a todos en algo parecido a una locura colectiva que culminaba en la traca final, nunca mejor dicho, de los fuegos artificiales.  En aquel momento mi padre me subía sobre sus hombros y yo veía tan cerca las chispas y las luces que me asustaba muchísimo y le pedía que me bajara para seguir disfrutando del espectáculo cogida de su manita, en un lugar seguro y tranquilo.


Después, poco a poco, los fuegos artificiales se iban espaciando hasta que todo volvía a quedar en silencio y me volvía para preguntar a mi padre cuánto faltaba para la cabalgata de Reyes.

Feliç festa major, barcelonins i barcelonines!

Fuente de imagen 1: http://www.putxinelli.cat
Fuente de imagen 2: http://www.bcn.cat
Fuente de imagen 3: http://aglapertu.blogspot.com.es

sábado, 14 de septiembre de 2013

TODO LO QUE APRENDÍ CON LOS LIBROS DE LOS CINCO

Hoy hemos celebrado el cumpleaños de mi sobrina Lola. Es una niña adorable, muy sensible y algo tímida, que me parece que va a dar mucho que hablar a toda la familia cuando empiece a mostrar todo lo que lleva dentro. No puedo evitar que me recuerde un poco a mí cuando tenía su edad, en concreto nueve años que cumplió anteayer.

He ido a comprarle un regalo, preferentemente para leer, porque dice que quiere ser escritora de cuentos. Me ha parecido que ya era buen momento para iniciarla en una colección que a mí me sirvió como trampolín para otras muchísimas lecturas cuando fui algo más mayor. Ya la he mencionado en otras ocasiones: se trata de "Los cinco". Han reeditado todos los títulos y ahora su aspecto es más actual (a mí me gusta más el de mi época, claro) y le he comprado un par de títulos para que se inicie y me cuente si le han gustado.

Al tenerlos en la mano he recordado aquellos dibujos que yo repasaba constantemente para hacerme una idea de como eran físicamente mis personajes (Julián, George, Dick, Ana y Tim). Me viene a la cabeza, sobre todo, la portada de "Los cinco lo pasan estupendo" porque fue una de mis primeras adquisiciones, y lo manoseé tanto que, al final, el lomo se despegó de las tapas. Me gustaba tanto que lo intenté solucionar pegando unas etiquetas blancas de las de los sobres y dibujando sobre ellas de nuevo con rotulador la falda de Ana y los pantalones de Dick. Me quedó tan bonito que durante mucho tiempo dije que de mayor quería ser restauradora de libros.



Pero vuelvo al presente. Le he dado el regalo a mi sobrina Lola. Cuando ha abierto el paquete, lo primero que le ha llamado la atención han sido los bolígrafos y la libreta que he añadido al lote (si va a empezar a escribir cuentos tendrá que contar con buen material, he pensado) pero al tener los libros en las manos me ha mirado con curiosidad. Mi hermano le había hablado ya de mi afición por estas historias cuando era pequeña, pero me ha encantado resumirle un poco qué contaban las aventuras de estos primos que se encontraban cada vez que las vacaciones escolares se lo permitían, siempre inseparables de su perro Tim.

Me he puesto a pensar en la cantidad de cosas que aprendí con estos cinco muchachos que creó Enid Blyton el siglo pasado... ¡Y son muchas!


  • Descubrí que no todas las chicas están contentas con ser chicas. 
  • Aprendí que en algunos países se come algo más que bocadillos o galletas para desayunar (¿Cómo podían comer tantas cosas para desayunar estos muchachos?)
  • Descubrí que no todo el pan es de trigo, alguno es de jengibre.
  • Descubrí que Gran Bretaña debe estar completamente agujereada por dentro, repleta de pasadizos secretos que sólo los cinco conocían.
  • Aprendí que se puede ser dueña de una isla mucho antes de que Jonnhy Deep le comprara una a Vanessa Paradis.
  • Aprendí lo que significa la palabra "páramo".
  • Aprendí que Dick es diminutivo de Richard.
  • Descubrí que los padres de Gran Bretaña son muy liberales en esto de dejar que sus hijos se vayan de vacaciones solos, siempre que el mayor de ellos se llame Julián y sea serio y de fiar.
  • Aprendí que se puede querer tanto a un animal como a una persona, y que a veces forman parte de la familia como si fueran humanos.
  • Descubrí que algunos científicos tienen las narices tan metidas en su propio mundo que a menudo se olvidan de que tienen hijos.


Aprendí, en definitiva, que nos hacemos mayores con los libros, que los libros nos acompañan siempre en ese camino que es la vida y que no nos abandonan nunca, aunque crezcamos y a veces nos sintamos completamente diferentes del niño que un día fuimos. Ojalá Lola pase momentos tan maravillosos con los cinco como los que yo pasé y le sirvan de recuerdo cuando sea la adulta maravillosa que seguro que será.

Fuente de la imagen 1: http://www.lavirgendelcamino.info/wordpress
Fuente de la imagen 2: http://nuestroslibrospreferidos.blogspot.com.es

viernes, 9 de agosto de 2013

AQUEL VERANO DE "GUILLERMO EL TRAVIESO"

Aunque todos los veranos cuando llegaban las vacaciones nos íbamos a pasar unos días al sur, a casa de mis tíos, hubo un año en que mis padres decidieron que nos quedábamos algo más cerca. Después de dar muchas vueltas sobre diferentes opciones, acabaron optando por un apartamento en Coma-Ruga. Se trataba de un piso pequeñito que unos vecinos alquilaban aquel agosto porque no podían disfrutarlo, así que estaba completamente equipado para que una familia como la nuestra pasara unos días de descanso.

Las mañanas las pasábamos en la playa, disfrutando del sol, de la arena (que me encantaba) y de mi hermano, que en aquella época tenía solo dos añitos y yo era feliz sólo con hacerle de "madre". Le acompañaba al agua, le montaba castillos, le daba de comer y le defendía ante mi madre como si ella le quisiera algún mal. Había un chico que cada mañana pasaba hasta tres y cuatro veces andando por la orilla ante nosotros. Lo recuerdo porque su aspecto era muy peculiar en aquella época: llevaba el pelo completamente rapado  y vestía un bañador de pierna bastante larga y estampado con palmeras; si tenemos en cuenta que estoy hablando de finales de los años 70, está claro que este chico hubiera causado sensación casi una década después pero en aquella época llamaba poderosamente la atención. Cada día mis padres hacían suposiciones sobre qué hacía aquel chico caminando todas la mañanas, incansable, sin más objetivo que llegar hasta el final de la playa para dar la vuelta y volver a empezar.

Después de comer, durante la siesta, empezaba mi pequeño suplicio: mientras los demás dormían yo me aburría soberanamente; seguramente si hubiera sido más sociable, algo menos tímida, hubiera intentado entablar amistad con los niños que había en el apartamento de encima, o con cualquiera que hubiera conocido en la playa durante la mañana. Pero yo era incapaz de iniciar una conversación con alguien que no conocía previamente y me tenía que contentar con la compañía de mis padres y mi hermano. En aquellos momentos me venía a la memoria el chico de la playa, al que me sentía secretamente conectada porque también estaba solo, alejado de los que yo imaginaba debían estar a su lado (sus padres, su pareja, sus amigos...).

Como decía, la hora de la siesta era mi peor momento del día. Así que una de esas tardes empecé a deambular por el apartamento hasta que encontré un pequeño montoncito de libros de literatura juvenil. Había algunos que ya conocía (de "Los Cinco", por ejemplo) pero encontré tres o cuatro de una colección que nunca había escuchado. La tapa era de color rojo y en la ilustración había un niño pecoso con gorra que enseguida me cayó bien. Y así fue como conocí a "Guillermo el Travieso" y su banda de los proscritos. Devoré sus aventuras en unas cuantas tardes y me encantó aquel muchacho gamberrete pero muy honesto que defendía a los débiles. Fue durante unos días mi mejor amigo de verano, en aquella época en que yo era incapaz de establecer relaciones reales con personas de carne y hueso y me refugiaba en los personajes de novelas juveniles.

Volvimos a casa, a la rutina de septiembre, y durante muchos días seguí recordando a aquel niño pelirrojo pero curiosamente nunca más he vuelto a leer ningún libro de esta colección. En los ochenta vi la serie que emitió Televisión Española basada en sus novelas pero no he querido ser "infiel" a aquel amor de verano que fue Guillermo Brown.




Fuente imagen 1: http://www.ikosinmobiliaria.com
Fuente imagen 2: http://www.todocoleccion.net

lunes, 29 de julio de 2013

VLADIMIR SALNIKOV Y LAS OLIMPIADAS DE MOSCÚ

Toda la falta de interés que siempre he demostrado por practicar algún deporte contrasta con mi absoluta devoción por los eventos deportivos como expectadora. No creo que me compense en salud, pero sí tengo que decir que con algunos espectáculos he vivido momentos memorables, y todavía ahora recuerdo con emoción alguno de ellos.

También es verdad que los deportes que más me gustan no son, ni mucho menos, los más mayoritarios por lo que respecta a la audiencia, porque soy fan incondicional de la natación, la gimnasia deportiva, el ciclismo y el atletismo. Así pues, me he "tragado" yo solita olimpiadas a horas intempestivas, mundiales de atletismo y natación en pleno mes de julio y agosto y las tres grandes rondas ciclistas por excelencia mientras el resto de los mortales dormitan ante el televisor.

En esto de las olimpiadas, la primeras que recuerdo son las de Moscú, en 1980. El mayor evento deportivo que se vive cada cuatro años se vió en esta ocasión muy afectado por el boicot que los Estados Unidos infringieron a la política soviética justo cuando se iniciaba la década en que teníamos que ver como caía el Muro de Berlín. Me fascinaron los enfrentamientos entre Sebastian Coe y Steve Ovett, los dos corredores británicos más importantes de los últimos años. También me encantó la prueba de salto de altura, en que Sara Simeoni consiguió el oro olímpico, aunque mi recuerdo más especial fue cuando superó la mítica barrera de los 2,00m en Los Ángeles 2004.

Pero sin duda, mi momento histórico por excelencia en las Olimpiadas de Moscú lo protagonizó Vladimir Salnikov, el "expreso de Leningrado". El 22 de julio de 1980 fue el primer nadador que rompió la barrera de los 15 minutos en la prueba de 1500m. A pesar de que fue una prueba claramente dominada por este deportista de principio a fin, creo que fue el cuarto de hora más largo de mi vida, mientras le empujaba mentalmente para que batiera el récord mundial y se colgara la medalla de oro. El momento en que levantó los brazos al llegar a la meta fue uno de los momentos más memorables de la historia del deporte, y me recuerdo a mí misma pensando que tenía mucha suerte porque cuando fuera mayor podría explicar que  había vivido en directo aquella hazaña. Escuché el himno de la URSS en el podio como si fuera el mío propio, con el corazón encogido de emoción y felicidad a partes iguales.



Aquel Osito Misha de aquellas Olimpiadas que empezaban algo "descafeinadas" por la falta de asistencia de los deportistas representando a los Estados Unidos fueron para mí el principio a una de las aficiones que más satisfacciones me han proporcionado. Todavía ahora cuando veo por televisión estas pruebas intento transmitir esa emoción a mis hijos, porque pocas cosas enriquecen tanto como los valores de deportividad, esfuerzo y constancia.

Os dejo con la canción de  la mascota de aquellas lejanas olimpiadas.



Fuente de imagen 1: http://www.dailymail.co.uk
Fuente de imagen 2:http://keikai.blogspot.com.es

domingo, 28 de julio de 2013

NO HUYAS DEL SOL, USA COPPERTONE

Aunque todavía guardamos viejas reminiscencias de otras épocas en que ser el más moreno de la oficina era el mayor símbolo de estatus que podíamos adquirir, ahora la mayoría de la gente está concienciada de los problemas que nos puede provocar el exceso de sol, y por eso utilizamos cremas que nos protejan de los rayos ultravioletas. Las noticias sobre el paulatino deterioro de la capa de ozono y los avances en investigación han contribuido a encontrar cada vez menos gente con la piel apergaminada por culpa de la sobrexposición al sol. Aunque viviendo en Barcelona siempre me encuentro en verano con algún turista despistado que minusvaloró al astro rey y pensó que no le haría falta una segunda capa de protector solar, ya no se estila aquel color chocolate en las pieles (sobre todo femeninas) tan habituales en los años 70 y 80.

Recuerdo perfectamente a mi madre embadurnada en cualquier potingue que se ponía de moda cada año y que prometía adquirir aquel tono tan ansiado en el cuerpo y en la cara. Recuerdo el olor de coco del aceite de Nivea, aquel aroma dulzón que me transporta inmediatamente a la playa de la Barceloneta, en aquella botella color marrón oscuro, cuyo contenido parecía que iba a freír literalmente la piel de quien se untaba con ella; también había una botella de plástico semitransparente con un sol amarillo pintado en el frente y un tapón también amarillo. Por la forma del envase, a mí me parecía más una botella de aceite de las que usaba mi madre para engrasar la máquina de coser que un producto cosmético. Este olía a limón, su textura un poco menos untuosa que el anterior, pero mi madre parecía igualmente una pieza de rebozado dispuesta para la fritura.

Directamente relacionado con el verano y la playa debo hacer un paréntesis para hablar de los balones de Nivea: ¿Quién no ha corrido desesperadamente por la orilla en busca de uno de los cientos de balones que soltaba una avioneta cerca del agua? Me parece una de las campañas más fabulosas de la historia, todos recordamos esas maravillosas pelotas publicitarias con las que después pasábamos horas y horas jugando mientras le regalábamos a cambio visibilidad a la marca.




Volviendo al tema que nos ocupa, en los ochenta la textura cambió y pasamos a las gelatinas, primero de zanahoria (de color naranja) y después al té (de color marrón), las dos de Margaret Astor. Los más afortunados económicamente se pasaron a la crema Lancaster, que conseguía resultados maravillosos en la piel y garantizaba que ibas a ser la envidia de los que se cruzaran a tu paso el lunes por la mañana al contemplar el bronceado caribeño que te proporcionaba.

Pero como niña que era, yo recuerdo sobre todo la publicidad de estas cremas y bronceadores. La que más me gustaba era la de Coppertone, un producto norteamericano que empezó a hablar de protección. Recuerdo un año en que el anuncio fue una especie de coreografía con varias chicas estupendas, de piernas larguísimas y muy bronceadas protegidas con sendas sombrillas de color amarillo (el color más favorecedor cuando se está moreno) que bailaban al son de una música que nos animaba a broncearnos sin peligro gracias al producto. Sinceramente, a mí me fascinaba. No he conseguido encontrarlo en la red pero todavía tengo en mi cabeza la letra del spot:

"Cuando el sol calienta
y sientes su calor
Coppertone contigo está
para atrapar el sol
Te bronceas a fondo,
no huyas del sol
Usa Coppertone"


Seguramente Coppertone y sus publicistas no imaginan que aún ahora, treinta años después, su anuncio, su melodía y su historia, siguen siendo mi representación perfecta del verano. Supongo que esta es la mayor satisfacción que puede darse a un publicista, que alguien recuerde muchos años después su anuncio y su producto y ambos sigan encarnando lo que quería transmitir: el espíritu del verano.

Fuente de la imagen 1: http://articulo.mercadolibre.com.ar
Fuente de la imagen 2: http://celliterra.blogspot.com.es
Fuente de la imagen: http://good-barackobama.blogspot.de

jueves, 25 de julio de 2013

MI VECINA MACARENA

Las puertas cerradas siempre tienen algo de fascinantes. Los vecinos tienen casas idénticas pero pensadas de manera completamente diferente y cuando vemos la distribución de los muebles, las habitaciones, la forma en que otros han entendido su propia vida a partir del mismo espacio sentimos una especie de curiosidad, como un cierto vértico bajo los pies. A mí personalmente me apasiona curiosear por la ventana cuando voy en coche o en autobús, indagando en los balcones de las casas que se cruzan en mi recorrido, no para averiguar lo que están haciendo, sino para observar cómo tienen organizadas las estancias, las luces... Me encanta imaginarme a mí misma dentro de ese mundo particular y prohibido, como cuando era pequeña y me quedaba horas embobada imaginando que me hacía diminuta, como en el cuento de Killevipen, y me quedaba a vivir en la casa de muñecas.

En tamaño real, me encantaba también entrar en casa de los vecinos de la puerta de al lado. Macarena era una enfermera andaluza que vivía con su pareja (¡Escandaloso, me parece que no estaban casados pero convivían!) en el bajos 1ª de la puerta contingua de la de mis padres. Recuerdo que al entrar en su casa era fascinante el olor a bombones, a chocolate, como si en aquel ambiente uno pudiera estar todo el día saboreando dulzura y chucherías. Ya se sabe que cada casa tiene un olor diferente y especial que se va perfilando a partir de los aromas de los cuerpos, de los alimentos que se cocinan, de cómo circula el aire por las habitaciones y de tantos otros elementos que son capaces de generar algo tan particular e irrepetible como el aroma de una familia.

Macarena guardaba los bombones en una caja preciosa de vidrio transparente que parecía digna de un cuento de hadas. Cada día, al llevar un rato sentada en el sofá del comedor, se me acercaba con la cajade bombones ofreciéndome para que cogiera uno. Yo, que nunca fui niña de dulces, ni helados, ni chucherías, accedía a coger uno de aquellos preciosos bombones y me lo comía con cierta devoción, como si estuviera tomando una poción mágica que pudiera tener quién sabe qué efectos sobre mi organismo. No me hubiera extrañado en absoluto que me hubieran hecho empequeñecer o agrandarme como si fuera Alicia cuando perseguía al conejo. De hecho, la única galleta que me comía del surtido Cuétara era la que me recordaba a la galleta mágica que tenía una etiqueta donde decía "Cómeme" en mi cuento preferido, el bocadito de chocolate.



Volviendo al tema, cuando yo me comía el bombón mi madre torcía el gesto: no lograba comprender por qué en casa tenía que acabar tirando los caramelos y chucherías y en cambio cada día me comía un bombón en casa de la vecina. Macarena sonreía, estaba encantada de que yo fuera a su casa y me sintiera tan a gusto, tan cómoda. Podía pasar largos ratos allí tocando los objetos, mirando a través de la puerta que daba a la terraza sólo por el hecho de que ofreciera diferente perspectiva que la mía. Incluso a veces espiaba un poco mi propia casa desde la casa de los vecinos, separada en esta parte por una pared de ladrillos con agujeritos pequeños a través de los cuales, si te acercabas mucho, podías ver lo que hacían al otro lado.

Un día Macarena y su pareja se fueron y se llevaron consigo aquel maravilloso olor a chocolate que tanto me gustaba. Desde entonces, han pasado por aquella casa más de quince inquilinos y siempre que he tenido ocasión he entrado para ver si recuperaba aquel aroma familiar y entrañable. Pero Macarena se lo llevó encerrado en su caja transparente y nunca más he vuelto a olerlo.Aún ahora, cuando me como un bombón muy de vez en cuando, recuerdo a la vecina y sonrío un poco sin que nadie me vea...

Fuente de la imagen 1: http://www.cisper.com.br
Fuente de la imagen 2:  http://www.foros.net