sábado, 14 de septiembre de 2013

TODO LO QUE APRENDÍ CON LOS LIBROS DE LOS CINCO

Hoy hemos celebrado el cumpleaños de mi sobrina Lola. Es una niña adorable, muy sensible y algo tímida, que me parece que va a dar mucho que hablar a toda la familia cuando empiece a mostrar todo lo que lleva dentro. No puedo evitar que me recuerde un poco a mí cuando tenía su edad, en concreto nueve años que cumplió anteayer.

He ido a comprarle un regalo, preferentemente para leer, porque dice que quiere ser escritora de cuentos. Me ha parecido que ya era buen momento para iniciarla en una colección que a mí me sirvió como trampolín para otras muchísimas lecturas cuando fui algo más mayor. Ya la he mencionado en otras ocasiones: se trata de "Los cinco". Han reeditado todos los títulos y ahora su aspecto es más actual (a mí me gusta más el de mi época, claro) y le he comprado un par de títulos para que se inicie y me cuente si le han gustado.

Al tenerlos en la mano he recordado aquellos dibujos que yo repasaba constantemente para hacerme una idea de como eran físicamente mis personajes (Julián, George, Dick, Ana y Tim). Me viene a la cabeza, sobre todo, la portada de "Los cinco lo pasan estupendo" porque fue una de mis primeras adquisiciones, y lo manoseé tanto que, al final, el lomo se despegó de las tapas. Me gustaba tanto que lo intenté solucionar pegando unas etiquetas blancas de las de los sobres y dibujando sobre ellas de nuevo con rotulador la falda de Ana y los pantalones de Dick. Me quedó tan bonito que durante mucho tiempo dije que de mayor quería ser restauradora de libros.



Pero vuelvo al presente. Le he dado el regalo a mi sobrina Lola. Cuando ha abierto el paquete, lo primero que le ha llamado la atención han sido los bolígrafos y la libreta que he añadido al lote (si va a empezar a escribir cuentos tendrá que contar con buen material, he pensado) pero al tener los libros en las manos me ha mirado con curiosidad. Mi hermano le había hablado ya de mi afición por estas historias cuando era pequeña, pero me ha encantado resumirle un poco qué contaban las aventuras de estos primos que se encontraban cada vez que las vacaciones escolares se lo permitían, siempre inseparables de su perro Tim.

Me he puesto a pensar en la cantidad de cosas que aprendí con estos cinco muchachos que creó Enid Blyton el siglo pasado... ¡Y son muchas!


  • Descubrí que no todas las chicas están contentas con ser chicas. 
  • Aprendí que en algunos países se come algo más que bocadillos o galletas para desayunar (¿Cómo podían comer tantas cosas para desayunar estos muchachos?)
  • Descubrí que no todo el pan es de trigo, alguno es de jengibre.
  • Descubrí que Gran Bretaña debe estar completamente agujereada por dentro, repleta de pasadizos secretos que sólo los cinco conocían.
  • Aprendí que se puede ser dueña de una isla mucho antes de que Jonnhy Deep le comprara una a Vanessa Paradis.
  • Aprendí lo que significa la palabra "páramo".
  • Aprendí que Dick es diminutivo de Richard.
  • Descubrí que los padres de Gran Bretaña son muy liberales en esto de dejar que sus hijos se vayan de vacaciones solos, siempre que el mayor de ellos se llame Julián y sea serio y de fiar.
  • Aprendí que se puede querer tanto a un animal como a una persona, y que a veces forman parte de la familia como si fueran humanos.
  • Descubrí que algunos científicos tienen las narices tan metidas en su propio mundo que a menudo se olvidan de que tienen hijos.


Aprendí, en definitiva, que nos hacemos mayores con los libros, que los libros nos acompañan siempre en ese camino que es la vida y que no nos abandonan nunca, aunque crezcamos y a veces nos sintamos completamente diferentes del niño que un día fuimos. Ojalá Lola pase momentos tan maravillosos con los cinco como los que yo pasé y le sirvan de recuerdo cuando sea la adulta maravillosa que seguro que será.

Fuente de la imagen 1: http://www.lavirgendelcamino.info/wordpress
Fuente de la imagen 2: http://nuestroslibrospreferidos.blogspot.com.es

viernes, 9 de agosto de 2013

AQUEL VERANO DE "GUILLERMO EL TRAVIESO"

Aunque todos los veranos cuando llegaban las vacaciones nos íbamos a pasar unos días al sur, a casa de mis tíos, hubo un año en que mis padres decidieron que nos quedábamos algo más cerca. Después de dar muchas vueltas sobre diferentes opciones, acabaron optando por un apartamento en Coma-Ruga. Se trataba de un piso pequeñito que unos vecinos alquilaban aquel agosto porque no podían disfrutarlo, así que estaba completamente equipado para que una familia como la nuestra pasara unos días de descanso.

Las mañanas las pasábamos en la playa, disfrutando del sol, de la arena (que me encantaba) y de mi hermano, que en aquella época tenía solo dos añitos y yo era feliz sólo con hacerle de "madre". Le acompañaba al agua, le montaba castillos, le daba de comer y le defendía ante mi madre como si ella le quisiera algún mal. Había un chico que cada mañana pasaba hasta tres y cuatro veces andando por la orilla ante nosotros. Lo recuerdo porque su aspecto era muy peculiar en aquella época: llevaba el pelo completamente rapado  y vestía un bañador de pierna bastante larga y estampado con palmeras; si tenemos en cuenta que estoy hablando de finales de los años 70, está claro que este chico hubiera causado sensación casi una década después pero en aquella época llamaba poderosamente la atención. Cada día mis padres hacían suposiciones sobre qué hacía aquel chico caminando todas la mañanas, incansable, sin más objetivo que llegar hasta el final de la playa para dar la vuelta y volver a empezar.

Después de comer, durante la siesta, empezaba mi pequeño suplicio: mientras los demás dormían yo me aburría soberanamente; seguramente si hubiera sido más sociable, algo menos tímida, hubiera intentado entablar amistad con los niños que había en el apartamento de encima, o con cualquiera que hubiera conocido en la playa durante la mañana. Pero yo era incapaz de iniciar una conversación con alguien que no conocía previamente y me tenía que contentar con la compañía de mis padres y mi hermano. En aquellos momentos me venía a la memoria el chico de la playa, al que me sentía secretamente conectada porque también estaba solo, alejado de los que yo imaginaba debían estar a su lado (sus padres, su pareja, sus amigos...).

Como decía, la hora de la siesta era mi peor momento del día. Así que una de esas tardes empecé a deambular por el apartamento hasta que encontré un pequeño montoncito de libros de literatura juvenil. Había algunos que ya conocía (de "Los Cinco", por ejemplo) pero encontré tres o cuatro de una colección que nunca había escuchado. La tapa era de color rojo y en la ilustración había un niño pecoso con gorra que enseguida me cayó bien. Y así fue como conocí a "Guillermo el Travieso" y su banda de los proscritos. Devoré sus aventuras en unas cuantas tardes y me encantó aquel muchacho gamberrete pero muy honesto que defendía a los débiles. Fue durante unos días mi mejor amigo de verano, en aquella época en que yo era incapaz de establecer relaciones reales con personas de carne y hueso y me refugiaba en los personajes de novelas juveniles.

Volvimos a casa, a la rutina de septiembre, y durante muchos días seguí recordando a aquel niño pelirrojo pero curiosamente nunca más he vuelto a leer ningún libro de esta colección. En los ochenta vi la serie que emitió Televisión Española basada en sus novelas pero no he querido ser "infiel" a aquel amor de verano que fue Guillermo Brown.




Fuente imagen 1: http://www.ikosinmobiliaria.com
Fuente imagen 2: http://www.todocoleccion.net

lunes, 29 de julio de 2013

VLADIMIR SALNIKOV Y LAS OLIMPIADAS DE MOSCÚ

Toda la falta de interés que siempre he demostrado por practicar algún deporte contrasta con mi absoluta devoción por los eventos deportivos como expectadora. No creo que me compense en salud, pero sí tengo que decir que con algunos espectáculos he vivido momentos memorables, y todavía ahora recuerdo con emoción alguno de ellos.

También es verdad que los deportes que más me gustan no son, ni mucho menos, los más mayoritarios por lo que respecta a la audiencia, porque soy fan incondicional de la natación, la gimnasia deportiva, el ciclismo y el atletismo. Así pues, me he "tragado" yo solita olimpiadas a horas intempestivas, mundiales de atletismo y natación en pleno mes de julio y agosto y las tres grandes rondas ciclistas por excelencia mientras el resto de los mortales dormitan ante el televisor.

En esto de las olimpiadas, la primeras que recuerdo son las de Moscú, en 1980. El mayor evento deportivo que se vive cada cuatro años se vió en esta ocasión muy afectado por el boicot que los Estados Unidos infringieron a la política soviética justo cuando se iniciaba la década en que teníamos que ver como caía el Muro de Berlín. Me fascinaron los enfrentamientos entre Sebastian Coe y Steve Ovett, los dos corredores británicos más importantes de los últimos años. También me encantó la prueba de salto de altura, en que Sara Simeoni consiguió el oro olímpico, aunque mi recuerdo más especial fue cuando superó la mítica barrera de los 2,00m en Los Ángeles 2004.

Pero sin duda, mi momento histórico por excelencia en las Olimpiadas de Moscú lo protagonizó Vladimir Salnikov, el "expreso de Leningrado". El 22 de julio de 1980 fue el primer nadador que rompió la barrera de los 15 minutos en la prueba de 1500m. A pesar de que fue una prueba claramente dominada por este deportista de principio a fin, creo que fue el cuarto de hora más largo de mi vida, mientras le empujaba mentalmente para que batiera el récord mundial y se colgara la medalla de oro. El momento en que levantó los brazos al llegar a la meta fue uno de los momentos más memorables de la historia del deporte, y me recuerdo a mí misma pensando que tenía mucha suerte porque cuando fuera mayor podría explicar que  había vivido en directo aquella hazaña. Escuché el himno de la URSS en el podio como si fuera el mío propio, con el corazón encogido de emoción y felicidad a partes iguales.



Aquel Osito Misha de aquellas Olimpiadas que empezaban algo "descafeinadas" por la falta de asistencia de los deportistas representando a los Estados Unidos fueron para mí el principio a una de las aficiones que más satisfacciones me han proporcionado. Todavía ahora cuando veo por televisión estas pruebas intento transmitir esa emoción a mis hijos, porque pocas cosas enriquecen tanto como los valores de deportividad, esfuerzo y constancia.

Os dejo con la canción de  la mascota de aquellas lejanas olimpiadas.



Fuente de imagen 1: http://www.dailymail.co.uk
Fuente de imagen 2:http://keikai.blogspot.com.es

domingo, 28 de julio de 2013

NO HUYAS DEL SOL, USA COPPERTONE

Aunque todavía guardamos viejas reminiscencias de otras épocas en que ser el más moreno de la oficina era el mayor símbolo de estatus que podíamos adquirir, ahora la mayoría de la gente está concienciada de los problemas que nos puede provocar el exceso de sol, y por eso utilizamos cremas que nos protejan de los rayos ultravioletas. Las noticias sobre el paulatino deterioro de la capa de ozono y los avances en investigación han contribuido a encontrar cada vez menos gente con la piel apergaminada por culpa de la sobrexposición al sol. Aunque viviendo en Barcelona siempre me encuentro en verano con algún turista despistado que minusvaloró al astro rey y pensó que no le haría falta una segunda capa de protector solar, ya no se estila aquel color chocolate en las pieles (sobre todo femeninas) tan habituales en los años 70 y 80.

Recuerdo perfectamente a mi madre embadurnada en cualquier potingue que se ponía de moda cada año y que prometía adquirir aquel tono tan ansiado en el cuerpo y en la cara. Recuerdo el olor de coco del aceite de Nivea, aquel aroma dulzón que me transporta inmediatamente a la playa de la Barceloneta, en aquella botella color marrón oscuro, cuyo contenido parecía que iba a freír literalmente la piel de quien se untaba con ella; también había una botella de plástico semitransparente con un sol amarillo pintado en el frente y un tapón también amarillo. Por la forma del envase, a mí me parecía más una botella de aceite de las que usaba mi madre para engrasar la máquina de coser que un producto cosmético. Este olía a limón, su textura un poco menos untuosa que el anterior, pero mi madre parecía igualmente una pieza de rebozado dispuesta para la fritura.

Directamente relacionado con el verano y la playa debo hacer un paréntesis para hablar de los balones de Nivea: ¿Quién no ha corrido desesperadamente por la orilla en busca de uno de los cientos de balones que soltaba una avioneta cerca del agua? Me parece una de las campañas más fabulosas de la historia, todos recordamos esas maravillosas pelotas publicitarias con las que después pasábamos horas y horas jugando mientras le regalábamos a cambio visibilidad a la marca.




Volviendo al tema que nos ocupa, en los ochenta la textura cambió y pasamos a las gelatinas, primero de zanahoria (de color naranja) y después al té (de color marrón), las dos de Margaret Astor. Los más afortunados económicamente se pasaron a la crema Lancaster, que conseguía resultados maravillosos en la piel y garantizaba que ibas a ser la envidia de los que se cruzaran a tu paso el lunes por la mañana al contemplar el bronceado caribeño que te proporcionaba.

Pero como niña que era, yo recuerdo sobre todo la publicidad de estas cremas y bronceadores. La que más me gustaba era la de Coppertone, un producto norteamericano que empezó a hablar de protección. Recuerdo un año en que el anuncio fue una especie de coreografía con varias chicas estupendas, de piernas larguísimas y muy bronceadas protegidas con sendas sombrillas de color amarillo (el color más favorecedor cuando se está moreno) que bailaban al son de una música que nos animaba a broncearnos sin peligro gracias al producto. Sinceramente, a mí me fascinaba. No he conseguido encontrarlo en la red pero todavía tengo en mi cabeza la letra del spot:

"Cuando el sol calienta
y sientes su calor
Coppertone contigo está
para atrapar el sol
Te bronceas a fondo,
no huyas del sol
Usa Coppertone"


Seguramente Coppertone y sus publicistas no imaginan que aún ahora, treinta años después, su anuncio, su melodía y su historia, siguen siendo mi representación perfecta del verano. Supongo que esta es la mayor satisfacción que puede darse a un publicista, que alguien recuerde muchos años después su anuncio y su producto y ambos sigan encarnando lo que quería transmitir: el espíritu del verano.

Fuente de la imagen 1: http://articulo.mercadolibre.com.ar
Fuente de la imagen 2: http://celliterra.blogspot.com.es
Fuente de la imagen: http://good-barackobama.blogspot.de

jueves, 25 de julio de 2013

MI VECINA MACARENA

Las puertas cerradas siempre tienen algo de fascinantes. Los vecinos tienen casas idénticas pero pensadas de manera completamente diferente y cuando vemos la distribución de los muebles, las habitaciones, la forma en que otros han entendido su propia vida a partir del mismo espacio sentimos una especie de curiosidad, como un cierto vértico bajo los pies. A mí personalmente me apasiona curiosear por la ventana cuando voy en coche o en autobús, indagando en los balcones de las casas que se cruzan en mi recorrido, no para averiguar lo que están haciendo, sino para observar cómo tienen organizadas las estancias, las luces... Me encanta imaginarme a mí misma dentro de ese mundo particular y prohibido, como cuando era pequeña y me quedaba horas embobada imaginando que me hacía diminuta, como en el cuento de Killevipen, y me quedaba a vivir en la casa de muñecas.

En tamaño real, me encantaba también entrar en casa de los vecinos de la puerta de al lado. Macarena era una enfermera andaluza que vivía con su pareja (¡Escandaloso, me parece que no estaban casados pero convivían!) en el bajos 1ª de la puerta contingua de la de mis padres. Recuerdo que al entrar en su casa era fascinante el olor a bombones, a chocolate, como si en aquel ambiente uno pudiera estar todo el día saboreando dulzura y chucherías. Ya se sabe que cada casa tiene un olor diferente y especial que se va perfilando a partir de los aromas de los cuerpos, de los alimentos que se cocinan, de cómo circula el aire por las habitaciones y de tantos otros elementos que son capaces de generar algo tan particular e irrepetible como el aroma de una familia.

Macarena guardaba los bombones en una caja preciosa de vidrio transparente que parecía digna de un cuento de hadas. Cada día, al llevar un rato sentada en el sofá del comedor, se me acercaba con la cajade bombones ofreciéndome para que cogiera uno. Yo, que nunca fui niña de dulces, ni helados, ni chucherías, accedía a coger uno de aquellos preciosos bombones y me lo comía con cierta devoción, como si estuviera tomando una poción mágica que pudiera tener quién sabe qué efectos sobre mi organismo. No me hubiera extrañado en absoluto que me hubieran hecho empequeñecer o agrandarme como si fuera Alicia cuando perseguía al conejo. De hecho, la única galleta que me comía del surtido Cuétara era la que me recordaba a la galleta mágica que tenía una etiqueta donde decía "Cómeme" en mi cuento preferido, el bocadito de chocolate.



Volviendo al tema, cuando yo me comía el bombón mi madre torcía el gesto: no lograba comprender por qué en casa tenía que acabar tirando los caramelos y chucherías y en cambio cada día me comía un bombón en casa de la vecina. Macarena sonreía, estaba encantada de que yo fuera a su casa y me sintiera tan a gusto, tan cómoda. Podía pasar largos ratos allí tocando los objetos, mirando a través de la puerta que daba a la terraza sólo por el hecho de que ofreciera diferente perspectiva que la mía. Incluso a veces espiaba un poco mi propia casa desde la casa de los vecinos, separada en esta parte por una pared de ladrillos con agujeritos pequeños a través de los cuales, si te acercabas mucho, podías ver lo que hacían al otro lado.

Un día Macarena y su pareja se fueron y se llevaron consigo aquel maravilloso olor a chocolate que tanto me gustaba. Desde entonces, han pasado por aquella casa más de quince inquilinos y siempre que he tenido ocasión he entrado para ver si recuperaba aquel aroma familiar y entrañable. Pero Macarena se lo llevó encerrado en su caja transparente y nunca más he vuelto a olerlo.Aún ahora, cuando me como un bombón muy de vez en cuando, recuerdo a la vecina y sonrío un poco sin que nadie me vea...

Fuente de la imagen 1: http://www.cisper.com.br
Fuente de la imagen 2:  http://www.foros.net

viernes, 28 de junio de 2013

NEGRO SOBRE BLANCO

Una tarde de invierno, mientras mi padre repasaba el periódico bajo la luz de la lámpara más "kitsch" que he visto en mi vida, yo hacía los deberes en la mesa de centro cuando de pronto me asaltó una duda: entre las palabras con las que estaba trabajando había una que no entendía y cuando le pregunté a mi padre me respondió que utilizara el diccionario.

Como casi todas las familias de este país en los años setenta teníamos dos diccionarios de uso habitual (otra cosa eran las enciclopedias, en mi casa numerosísimas, que mis padres atesoraban como si fuera la herencia más importante que pudieran legarnos a mí primero y a mi hermano después): Iter Sopena (vale la pena tener un Sopena, como rezaba la portada) y Rancés, algo menos manejable pero también más completo. Cogí el Rancés, lo recuerdo perfectamente por el color marrón de sus tapas duras, y me puse a buscar la palabra no sin cierta dificultad puesto que todavía no dominaba ni el abecedario ni el método de búsqueda del diccionario. Encontré la palabra en cuestión, no consigo recordar cuál era, pero sí la maravillosa sensación de magia que sentí al darme cuenta de que podía leer el texto mentalmente sin que tuviera que pronunciarlo. Aquel "insight" era un descubrimiento fascinante porque hasta entonces cada vez que leía algo lo hacía en voz alta. Cuando mi abuela, harta de escucharme contar al viento los mismos cuentos y las mismas historias me decía "Lee para ti", yo no atinaba a comprender qué quería que hiciera, si ya leía para mí (y para quien quisiera escucharme). Pasé el resto de la tarde-noche contándole a mis padres que podía "leer pensando" sin necesidad de decir la palabra en voz alta porque estaba convencida de que aquel don sólo lo tenía yo, y si lo compartía con los demás seguro que aquel descubrimiento les cambiaba la vida también a ellos.




Lo cierto es que aquel nuevo sistema de lectura me permitía interiorizar mucho mejor lo que se posaba ante mis ojos, podía ir muchísimo más rápido leyendo y entender mucho mejor el significado de las frases. Fue algo decisivo, creo que aquel día me convertí en lectora empedernida para siempre porque comprendí el significado de aquel acto como algo que podía transportarme a lugares maravillosos, a situaciones que no tenía por qué vivir en la vida real para sentirlas mías. Hasta aquel momento no había captado la grandeza del acto de leer pero aquel día comprendí de una vez por todas que lo nuestro (lo mío con las letras escritas) iba a ser algo más que una bonita amistad.

Fuente de imagen 1: http://bibliotecapvespucio.blogspot.com.es
Fuente de imagen 2: http://www.cuandoerachamo.com

martes, 25 de junio de 2013

A VUELTAS CON LA FAUNA

En casa de mis padres hay una bonita terraza, como ya he contado en otras entradas en este mismo blog, lo que provocó que yo aprendiera a convivir desde muy pequeña con alguna fauna no demasiado habitual en un piso de ciudad: recuerdo que nos frecuentaban unos gusanos negros y brillantes que cuando se pisaban crujían con un sonido espeluznante y que soltaban un líquido amarillo que olía repulsivo (he descubierto que se llaman milpiés negro y me parece igual de repugnante en fotografía que cuando los sufría en directo durante mi infancia). También había lagartijas, tijeretas y muchas hormigas. A estas últimas me encantaba mirarlas desplazándose en procesión cuando nos dejábamos algún resto de comida en el suelo y ellas se encargaban de hacerlo desaparecer en poco tiempo en su escondrijo. Mi abuela, que nunca tuvo un espíritu muy animalista, salía a menudo pertrechada con el "matabichos" y acababa en pocos minutos con toda la colonia.

Aquella masacre acababa siempre en un drama porque yo me compadecía de los pobres animales, de sus madres que quedaban solas en casa esperando a que llegaran sus hijas moribundas (siempre he tenido una capacidad tremenda para imaginar tragedias, podría haber sido guionista de culebrones sin duda) y mi abuela acababa siempre la discusión con su practicidad de campo "A ver si vamos a dejar que se nos coman las hormigas porque a ti te den pena". Evidentemente, tenía parte de razón pero a mí me seguían encogiendo el corazón aquellos cadáveres esparcidos por el suelo de la terraza.

Claro está, hablamos de unos bichos muy pequeños, propios de una casa situada en una ciudad como Barcelona, que viven completamente adaptados a las rendijas pequeñas de los alféizares, a armarios de cocina y otros espacios diminutos. Pero casi a las afueras de Barcelona, en el extremo donde la ciudad se diluye por la Diagonal, hay un parque rosaleda llamado Jardines de Cervantes (casi enfrente del desaparecido Canódromo Diagonal). Algunos domingos era destino de nuestros paseos matutinos y mis padres me llevaban a ver flores y oxigenarnos un poco. De ida, casi siempre nos desplazábamos en metro hasta la Zona Universitaria y de vuelta, dado con que no había mucho camino hasta casa, volvíamos caminando. Precisamente en uno de estos retornos a pie me di cuenta que las hormigas de la terraza de mi casa no eran nada comparadas con los especímenes más campestres de aquella zona de la ciudad. Cuando pude comprobar que la cabeza de una de aquellas hormigas era más o menos de la misma medida que mi uña por poco me desmayo. Empecé a imaginar cientos de ellas subiendo por mis piernas hasta llegar a mi cara, mis brazos,... entrando por mi ropa y mis zapatos y empecé a sentir un pánico irrefrenable. No quería seguir compartiendo espacio con semejantes monstruos, quería volver al asfalto, a la comodidad del metro, del autobús, donde ningún bicho desagradable podía atentar contra mi integridad física. Pero mis padres eran (y son todavía) personas de costumbres y si siempre volvíamos andando a casa aquel día no iba a ser diferente por la manía de la niña. Así que me pasé todo el camino hasta llegar a casa yendo de puntillas para evitar que las hormigas subieran por mis piernas (si hubiera visto ya entonces "Cuando ruge la marabunta" hubiera sabido que aquello no servía de nada, pero por suerte no era así) mientras mis padres me querían obligar a que apoyara los pies por completo en el suelo. Fue un viaje memorable y al día siguiente aún más porque la sobrecarga muscular del camino hecho de puntillas me hizo padecer unas agujetas de campeonato.



Al llegar a casa volví a mirar de nuevo a mis amigas las hormigas urbanitas dejaron de parecerme tiernas y adorables. No me dio por realizar ningún holocausto pero nunca más derramé una sola lágrima cuando mi abuela salía a la terraza con el antihormigas en la mano. Hay experiencias que a una le marcan para siempre, y entre las mariposas de los gusanos de seda, las hormigas y gusanos creo que quedé más que servida para no volver a querer tener contacto con algunos especímenes que nos rodean. Cada uno en su casa, y Raid en la de todos.

Fuente de imagen 1: http://barcelonatour.es
Fuente de imagen 2: http://diariodeunhormiguero.blogspot.com.es