viernes, 9 de agosto de 2013

AQUEL VERANO DE "GUILLERMO EL TRAVIESO"

Aunque todos los veranos cuando llegaban las vacaciones nos íbamos a pasar unos días al sur, a casa de mis tíos, hubo un año en que mis padres decidieron que nos quedábamos algo más cerca. Después de dar muchas vueltas sobre diferentes opciones, acabaron optando por un apartamento en Coma-Ruga. Se trataba de un piso pequeñito que unos vecinos alquilaban aquel agosto porque no podían disfrutarlo, así que estaba completamente equipado para que una familia como la nuestra pasara unos días de descanso.

Las mañanas las pasábamos en la playa, disfrutando del sol, de la arena (que me encantaba) y de mi hermano, que en aquella época tenía solo dos añitos y yo era feliz sólo con hacerle de "madre". Le acompañaba al agua, le montaba castillos, le daba de comer y le defendía ante mi madre como si ella le quisiera algún mal. Había un chico que cada mañana pasaba hasta tres y cuatro veces andando por la orilla ante nosotros. Lo recuerdo porque su aspecto era muy peculiar en aquella época: llevaba el pelo completamente rapado  y vestía un bañador de pierna bastante larga y estampado con palmeras; si tenemos en cuenta que estoy hablando de finales de los años 70, está claro que este chico hubiera causado sensación casi una década después pero en aquella época llamaba poderosamente la atención. Cada día mis padres hacían suposiciones sobre qué hacía aquel chico caminando todas la mañanas, incansable, sin más objetivo que llegar hasta el final de la playa para dar la vuelta y volver a empezar.

Después de comer, durante la siesta, empezaba mi pequeño suplicio: mientras los demás dormían yo me aburría soberanamente; seguramente si hubiera sido más sociable, algo menos tímida, hubiera intentado entablar amistad con los niños que había en el apartamento de encima, o con cualquiera que hubiera conocido en la playa durante la mañana. Pero yo era incapaz de iniciar una conversación con alguien que no conocía previamente y me tenía que contentar con la compañía de mis padres y mi hermano. En aquellos momentos me venía a la memoria el chico de la playa, al que me sentía secretamente conectada porque también estaba solo, alejado de los que yo imaginaba debían estar a su lado (sus padres, su pareja, sus amigos...).

Como decía, la hora de la siesta era mi peor momento del día. Así que una de esas tardes empecé a deambular por el apartamento hasta que encontré un pequeño montoncito de libros de literatura juvenil. Había algunos que ya conocía (de "Los Cinco", por ejemplo) pero encontré tres o cuatro de una colección que nunca había escuchado. La tapa era de color rojo y en la ilustración había un niño pecoso con gorra que enseguida me cayó bien. Y así fue como conocí a "Guillermo el Travieso" y su banda de los proscritos. Devoré sus aventuras en unas cuantas tardes y me encantó aquel muchacho gamberrete pero muy honesto que defendía a los débiles. Fue durante unos días mi mejor amigo de verano, en aquella época en que yo era incapaz de establecer relaciones reales con personas de carne y hueso y me refugiaba en los personajes de novelas juveniles.

Volvimos a casa, a la rutina de septiembre, y durante muchos días seguí recordando a aquel niño pelirrojo pero curiosamente nunca más he vuelto a leer ningún libro de esta colección. En los ochenta vi la serie que emitió Televisión Española basada en sus novelas pero no he querido ser "infiel" a aquel amor de verano que fue Guillermo Brown.




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