lunes, 28 de julio de 2014

MI PARQUE DE ATRACCIONES FAVORITO: MONTJUIC

Cuando uno es pequeño hay tres días marcados en rojo en el calendario anual: el cumpleaños, el día de Reyes y el día que te llevan al parque de atracciones.

En mi ciudad, cuando yo era pequeña, había dos parques de atracciones: el del Tibidabo y el parque de atracciones de Montjuic. El del Tibidabo, todavía en activo y con muy buena salud, tenía el inconveniente de que había que hacer una verdadera excursión para llegar hasta allí, sobre todo viviendo en un barrio de la zona sur, como es mi caso. En cambio, el parque de atracciones de Montjuic era relativamente accesible para toda la familia con un buen servicio de autobuses que te dejaban en la puerta. Quizá por eso, porque era más familiar, menos elitista, tenía fama de que había peor ambiente, sobre todo en la zona de los autos de choque. Siempre me pregunto qué deben tener los autos de choque para provocar esa aglomeración de personajes de novela de Juan Marsé, porque esto acostumbra a pasar igual en los parques de atracciones que en las ferias itinerantes que van por los pueblos.

Detalles aparte, casi siempre a finales de las vacaciones de verano, cuando ya habíamos vuelto del veraneo, mi padre un día anunciaba que había ahorrado dinero durante todo el año para llevarnos a Montjuic a pasar la tarde. Las últimas veces que fui con mis padres, antes de empezar a tener edad para ir sola con amigos, el dinero que había acumulado durante el año provenía de lo que se ahorraba en tabaco, así que todavía tenía más valor: después de años y años de humear como una chimenea paquetes de "Rex", "Sombra" y "46" mi padre dejó de fumar y decidió guardar cada día el dinero que se ahorraba en una cajita de latón que tenía en la mesita de noche, junto a los compases, los pañuelos y un libro sobre "Conjuntos de Euler Venn, matemática moderna" que nunca entendí qué hacía alli.

Hoy tengo el día disperso, me voy por caminos laterales que me desvían del tema principal. Volvamos al
cauce. El día que mi padre anunciaba que aquel día si, que nos íbamos a Montjuic, un escalofrío de placer recorría mi espalda, me iba corriendo a buscar la ropa más cómoda (pero bonita) que tenía y unas sandalias que me permitieran ir fresquita sin perder pie. Lamento decir que recuerdo bien poca cosa de aquellas instalaciones: el barco del Misisippi, los autos de choque, la noria y el látigo. En cambio, recuerdo perfectamente el olor de frankfurt del bar de la ballena (que hacía de barra), o el ambiente que se respiraba alrededor del teatro cuando había actuación. Intentando refrescar la memoria, he visto las celebridades que aparecían en aquellas instalaciones y parecen todos salidos de un capítulo de "Verano Azul": Bigote Arrocet, Pepe Darrosa, Bordón 4...La "casposidad" hecha artistas, en una época en que las celebridades se generaban en "Un, dos, tres... responda otra vez" o en los programas de Jose Mª Iñigo y Carmen Maura. Como os digo, he hecho prospección entre las imágenes de internet y el teatro me parece lo más deprimente de todo: con aquel escenario de color amarillo y morado, aquellas gradas de plástico que se quemaban al sol....




Después, cuando lo cerraron, se hicieron cientos de fotos y reportajes sobre su abandono y demolición y es verdad que no hay nada más escalofriante que un parque de atracciones abandonado (¿Quizá un payaso muerto?) porque algunas fotografías hielan la sangre, son propias de un escenario de terror. Os dejo alguna de ellas por si queréis pasar mala noche.





Hoy día los terrenos del Parque de Atracciones están ocupadas por el Parque Joan Brossa. Ya no tienen aquel aire decadente de fiesta continua, pero todavía quedan vestigios de lo que fue. Entre las páginas que he visitado, he encontrado esto donde hay una información extensísima de lo que fue en su momento. En su página de Facebook cuelgan fotos de vestigios del antiguo parque que todavía hoy se pueden encontrar. Es una delicia ver la cantidad de información que se publica todavía sobre ello. Es el mejor indicio de que el Parque de atracciones de Montjuic seguirá vivo en el recuerdo de muchos nostálgicos como yo. Siento mucha melancolía de aquellos maravillosos días marcados en rojo en el calendario de mi niñez, cuando parecía que íbamos a ser felices para siempre.

Fuente de las imágenes:  http://www.achus.biz/montjuic/

miércoles, 23 de julio de 2014

ADÉU, MANEL!

Una vez oí en un entierro que una persona no muere del todo mientras haya gente que la recuerda. Es bonito, triste pero bonito. La muerte es siempre triste, pero también un poco poética ¿No os parece?

Me han llamado para decirme que ha muerto mi tío Manel, mi padrino, el más divertido, con diferencia, de todos los tíos que he tenido. Con un humor agrio e insolente, como era él, pero también muy sensible aunque no quisiera reconocerlo. No sé si fue una persona muy feliz, porque pertenece a esa rama de mi familia que no es demasiado dada a expresar sentimientos, ni a explicar emociones. A pesar de que vivimos durante muchísimos años a menos de cinco minutos unos de otros, nunca tuvimos una relación muy estrecha. Algunos días señalados, como Reyes, Navidad, el día de la Mona el lunes de Pascua (era mi padrino y me regaló la Mona hasta que hice la comunión) y unos días inolvidables en el cámping el año en que iba a nacer mi hermano. Sólo eso. Después, de mayores, cuando mis padres lo han necesitado siempre ha estado ahí, al pie del cañón, para lo que haga falta. Como los buenos, los de verdad, los que lo dan todo.

Estoy intentando hacer un pequeño "patchwork" mental con los retales de recuerdos que tengo de él: recuerdo, por ejemplo, cómo se aseaba por las mañanas en el lavadero, y se dejaba el pelo completamente peinado hacia atrás, lo que le daba un aspecto parecido al de Clark Gable, con aquel olor a colonia fresca que todos usaban en aquella casa de mis abuelos; recuerdo cómo le costaba hablar castellano, haciendo que las "c" sonaran como "s" en un intento desesperado por pronunciar correctamente; recuerdo cómo se reía de su mujer, mi tía María, con aquel aire socarrón, mientras ella nos miraba desmintiendo con la cabeza cualquiera de las anécdotas imposibles que contaba; recuerdo que el día que se casó mi prima Mariana tuvo que salir fuera de la iglesia con mi padre porque a los dos les dió un ataque de risa metiéndose con el cura, y les llamaron la atención; recuerdo cómo contaba que había robado una caña de pescar un día en Andorra, solo para ganar una apuesta con un compañero que le retó diciendo que no era capaz de hacerlo; recuerdo la broma que siempre me hacía cuando era muy pequeña, haciéndome creer que se había cortado el dedo pulgar de la mano; recuerdo mi viaje en coche, sola con él, de vuelta a casa después de las vacaciones en el camping; recuerdo cómo le gustaba hacer puzzles y a mí me sorprendía tanto que una tarea que requiere tanta paciencia fuera del gusto de un hombre que no era capaz de leer un libro.

De todos modos, lo que nunca olvidaré de mi tío es una escena que no viví junto a él: como hacía tiempo que mi tía María está con Alzheimer la habían ingresado en una residencia, pero ante la muerte inminente de mi tío, mi prima Nuri la llevó para que se vieran. Por lo que me contó, mi tío la cogió de la mano y le dijo "María, sé fuerte y no temas a la muerte". Mi tía siempre había tenido mucho miedo a la muerte, al sufrimiento, hasta el punto que no quería hablar del tema. Y él, en una de las demostraciones de amor más bonitas que he escuchado nunca, intentó contagiar de valentía a la persona con la que había compartido su vida desde los 18 años, y se despidió de ella para siempre porque sabía que era lo que más le asustaba. Hace más de quince días que me lo contaron y cada vez que lo recuerdo me emociono.




En fin, si este es un espacio para los recuerdos de mi infancia, hoy tenía que dedicar esta entrada a mi padrino Manel, el que tanto me hizo reir. T'estimo, tiet!

Fuente imagen 1: http://www.estuimagen.com
Fuente de la imagen 2:  http://www.taringa.net

lunes, 14 de julio de 2014

ESTE AÑO BELCOR BAÑO



Aprovechando las rebajas de verano, el fin de semana fui en busca de un bikini. Y como siempre, mientras buscaba entre los diferentes modelos, me topé con una etiqueta que me hizo venir a la cabeza la sintonía de uno de los anuncios que más recuerdo del final de mi infancia: en 1982, Belcor lanzó una campaña publicitaria refrescante y juvenil, con las imágenes de unas chicas adolescentes con las que me sentí completamente identificada (aunque yo todavía no lo era) y una música pegadiza que es la que todavía tarareo de vez en cuando.

Su estética es "ochentera" hasta aburrir: los peinados de las chicas con un lazo de color (a juego con la ropa o el bañador), los labios de colores anaranjados, las sombras de ojos en tonos lima, y unos bañadores y bikinis tan propios de la época que sólo les faltaba que hubieran acolchado el tirante a modo de hombrera. Las tres chicas quieren ser muy modernas, independientes, atrevidas.... Están las tres solas pasando el verano en una "roulotte" y llevan ropa sugerente, sin el puritanismo de otras épocas. Cualquiera podría pensar que estamos ante la liberación femenina ¿verdad?. Pero ¡no!. Igual que pasa ahora con la publicidad, las chicas del anuncio necesitan la figura masculina para sentirse completas, para ser felices: aparecen las tres vigilando al chico de sus sueños, un salvavidas de la playa, y llaman su atención para que se fije en ellas. Mientras esperan, se ponen sus mejores bañadores recién estrenados. Pero él no aparece. Tristes y fastidiadas, cada una de ellas fantasea imaginando que la elige a ella para casarse. El spot termina cuando el salvavidas cruza la puerta con cada una de ellas en brazos y vestida de novia en la "roulotte", alcanzando entonces la felicidad absoluta.



Si no fuera porque todavía hoy en día se mantiene este esquema machista y dependiente de las chicas en los anuncios me daría la risa; porque además intentaban (e intentan) aparentar una modernidad y una amplitud de miras que no es cierta: las chicas son, en la publicidad, modelo de independencia, de personas con iniciativa... pero en realidad necesitan que los hombres den su aprobacion a su cuerpo, a su conducta, a su actitud, para ser felices. Son (y eran) floreros que no aportan ni conocimiento ni aptitudes de ningún tipo, solo belleza y sensualidad. El hombre solo tiene que llegar, elegir la que más le gusta (por su aspecto físico, evidentemente, como los tratantes de ganado) y demostrarle quien manda y quien decide.

Hay miles de anuncios que serían tan representativos de este esquema como este pero como la música era tan pegadiza y yo tengo tendencia a recordar la letra con insistencia (es una especie de resorte, no sé qué diría mi psicóloga si se lo contara) he tenido posibilidad de analizar el mensaje a conciencia. Transcribo la letra porque no tiene desperdicio:

"Quisiera ser tan bonita
que él se fijara en mí
Quisiera estar tan radiante
que él se chiflara por mí
Este año, Belcor baño, 
este año, Belcor baño"

Lo dicho: mujeres que quieren ser bonitas solo para gustarle a hombres que vuelvan locos por sus atributos, como si de brujas encantadoras se trataran.

No quisiera que las mujeres de las siguientes generaciones siguieran repitiendo este esquema dependiente y mezquino, basado en principios de desigualdad entre hombres y mujeres como si tuviéramos intereses diferentes, como si el sexo femenino solo fuera un complemento necesario del sexo masculino. Es tan sibilino en mensaje que hoy día nos creemos que por aparecer como sexualmente activas en la publicidad tuviéramos ya ganada la igualdad, pero nada más lejos de la realidad; todavía hoy hay chicas y chicos que repiten esquemas patológicos en sus relaciones, y la prueba son las numerosas muertes por violencia de género que se producen.

¿O encontráis alguna diferencia entre lo que sugiere la campaña de este mismo año de Calcedonia? Por desgracia, yo no.


lunes, 19 de mayo de 2014

CUARENTA AÑOS DEL CUBO DE RUBIK

No sé cuántos años debía tener, pero creo que ocho o nueve. Igual que pasaba con todos los juegos que se ponían de moda (y todos caíamos como si no hubiera mañana), el cubo Rubik irrumpió en nuestras vidas con una fuerza atronadora. Todos los niños y niñas iban de pronto por la calle moviendo con más o menos destreza el dichoso artefacto de colores intentando solucionar el problema matemático más famoso que conozco.

Igual que con los yo-yo, las peonzas, los aros hula-hoop y demás cachivaches, el cubo Rubik tenía una versión "casposa", la no oficial, en la que costaba muchísimo mover las piezas. En cambio la original, la que me trajeron los reyes aquel año, venía en una caja de plástico transparente, con todas las etiquetas que garantizaban su autenticidad, y sus piezas se deslizaban como en un engranaje perfecto, con un sonido que todavía hoy, si me concentro un poco, puedo volver a sentir entre mis manos.

Al minuto de tenerlo conmigo ya estaban las caras desmontadas, y pasó por toda la familia en un vano intento de solucionarlo: tanto mi padre como mis tíos y abuelos, mis primos me arrebataban el cubo de las manos con un "quita, quita, que tú no sabes" y me lo iban devolviendo uno por uno con el mismo resultado que yo había obtenido. El más espabilado -mi padre- consiguió hacer una cara y algo más de otra pero no se acercó ni por asomo a la solución final.

Por la tarde del día de Reyes fuimos a pasear un poco. Como era natural, yo me llevé el cubo conmigo mientras intentaba con poca destreza combinar los cuadrados correctamente. En un momento del paseo nos cruzamos con un chico que debía de tener mi edad y que me pregunto si quería que me lo resolviera. Le alargué el cubo y ante nuestro asombro no tardó ni dos minutos en devolvérmelo con todas las caras perfectamente alineadas. Le miré con admiración y le di las gracias casi sin voz, mientras mi padre se tragaba la humillación de verse superado por un mocoso de pocos años.

Al dia siguiente vino a casa con el librillo de soluciones. Mi padre nunca ha sido de hacer trampas - de hecho siempre que he sido yo la tramposa hemos acabado con una pelea monumental- así que no entendía demasiado bien como alguien a quien yo tenía por la persona más íntegra del planeta se podía haber comprado el libro para solucionar el problema matemático del momento. En seguida que tuve el cuadernillo en mis manos lo comprendí: era la solución, es cierto, pero no era ni mucho menos sencilla. Daba las pautas básicas para resolver aquel endiablado acertijo pero todavía tardamos un par de semanas en completar las seis caras del dado. Al cabo de un tiempo, como todo, acabó en un cajón olvidado.

Añós después, cuando mi hermano debía tener cinco o seis años, reapareció de entre los juguetes olvidados; lo traía entre las manos con una cara completada, y cuando me lo alargó para que viera cómo había conseguido montar un recuadro entero mi padre y yo no dábamos crédito a tremenda hazaña. Con lo que nos había costado a nosotros, y ahora un renacuajo tan pequeño estaba consiguiendo, sin ninguna ayuda exterior, encontrar la solución a un problema tan complejo. Cuando volvió con la segunda cara completada al cabo de un rato empecé a sospechar. Le felicitamos pero le seguí a escondidas hasta la habitación. Y allí estaba el "genio" de la familia, despegando las etiquetas de colores de cada recuadro para solucionar por la vía rápida lo que no habíamos conseguido solucionar el resto de la familia con honestidad. Tengo que decir que mi hermano siempre ha sido un "crack". Cuando tenía cuatro años mi madre encontró un burruñito en unos tejanos: era un comodín que se había "afanado" durante una partida de cartas y después dejó olvidados en el pantalón, ella no revisó los bolsillos y lo metió todo en la lavadora. Lo que digo, un "crack".

Hoy el cubo Rubik cumple 40 años. Ha sido maravilloso recordar el "crec-crec" de las piezas y todos los buenos ratos que pasamos con él entre las manos. Felicidades a Rubik porque consiguió que millones de niños y niñas pasáramos momentos divertidos con las matemáticas. Y no todo el mundo puede decirlo.

Fuente de la imagen: http://www.taringa.net

jueves, 8 de mayo de 2014

EL PROFESOR JAUME

A veces uno se pregunta por qué es como es, piensa lo que piensa y siente lo que siente. Es complicado saber a ciencia cierta qué nos ha influido en la vida para que hoy seamos los adultos que somos: el tipo de educación recibida por los padres, el puesto que ocupas entre los hermanos, la ciudad, el barrio, el país, la época que te toca vivir... todo son condicionantes que nos van moldeando en mayor o menor manera para convertirnos en personas.

Hoy he visto de lejos a mi profesor Jaume. Él no me ha reconocido -seguro que ha tenido miles de alumnos antes y después de que yo pasara por su aula-  pero él para mí si fue importante. Muy importante. Decisivo, diría yo. Soy de la opinión que algunos niños tenemos la suerte de toparnos con personajes que un día deciden dedicarse a la docencia y con ello marcan la vida de todos los que se cruzan en su camino. Hay profesores malos, profesores mediocres, buenos profesores y estos profesores, los que se escriben con mayúsculas. Enseñar es relativamente fácil (lo digo con todo el respeto hacia la profesión de docente) pero despertar el gusanillo de la curiosidad, cultivar la duda y el razonamiento y ofrecer elementos para tener criterio propio son palabras mayores.

El profesor Jaume daba clase de historia en una escuela concertada y mediocre de mi barrio. Siempre acompañado de sus dos cajetillas de cigarrillos (una de tabaco rubio y otra de tabaco negro) y su cenicero dorado, aparecía en clase como si llevara prisa, nunca se quedaba quieto. La mayoría de los días su primera consigna era "No quiero ver ni un solo papel sobre las mesas, ni un solo bolígrafo en las manos" y se dedicaba a pasear por entre las dos filas de pupitres con tanta insistencia que a veces temía que fuera a hacer un surco en el suelo con sus pasos.

Hablaba sobre literatura, sobre historia del arte, sobre la revolución francesa, sobre el comunismo y el nacismo, sobre versos de Machado, sobre lucha de clases o sobre romanos y griegos, pero siempre nos dejaba con aquella sensación de que queríamos saber más. Cuando además de darnos clase de historia empezó a darnos clase de lengua y literatura y de dibujo aprendimos más de estas tres asignaturas que en toda nuestra vida. Nunca los conceptos estuvieron tan bien conectados entre sí; nunca habíamos entendido tan claramente las relaciones entre los aspectos sociales, geográficos, las manifestaciones artísticas, la religión y la política.

En clase de lengua, nos hacía salir al menos una vez al mes ante toda la clase para que habláramos durante un minuto entero sobre un tema determinado. No importaba qué decíamos, lo importante era que habláramos del tema y no nos quedáramos callados; yo le admiraba tanto que me pasaba el mes esperando a que me tocara el turno y el día que me hacía salir estaba tan nerviosa que no decía ni tres frases seguidas. También recuerdo que analizábamos el significado de algunos poemas y nos hacía reinterpretarlos con nuestro propio vocabulario. Nos recomendaba películas, exposiciones, obras de teatro, libros, y nos premiaba poniéndonos un positivo cada vez que realizábamos alguna de las actividades propuestas.

De mayor he comprendido que mi bagaje cultural está directamente relacionado con todas esas recomendaciones, con la manera de aprender entre nosotros con algo más que los libros de texto. Estaba creando futuros ciudadanos responsables, que no se dejaran influenciar fácilmente por la primera letra impresa que vieran, ni por la primera opinión que escucharan a un ilustrado en una conferencia. Eso es docencia, eso es aprendizaje, eso es educación.

Hoy lo he visto mayor. Hace tiempo que sé que dejó la escuela mediocre para empezar a dar clase de historia en un instituto de secundaria. No tengo ni idea de si es feliz, ni si sus alumnos han aprendido a valorarlo como yo lo hice. Lo que sí tengo claro es que cada vez que demuestro mis conocimientos, sea de la manera que sea, estoy rindiendo homenaje a él en particular y a este tipo de profesores en general. La lástima es que no es fácil cruzarse en el camino de estos personajes y no todo el mundo tiene la suerte de erizarse el vello cada vez que contempla una obra de arte mientras recuerda aquellas clases de EGB que todavía olían a tabaco.

Fuente de la imagen 1: http://www.diariodemallorca.es
Fuente de la imagen 2: http://eramquodeserisquodsum.blogspot.com.es/

jueves, 1 de mayo de 2014

PATINANDO SOBRE HIELO

Hoy he vuelto a llevar a mis hijos a patinar sobre hielo. Bueno, si soy honesta debería decir que he ido a patinar sobre hielo y mis hijos han venido conmigo, un poco por diversión, un poco por obligación. Siempre me ha encantado la sensación de libertad que produce dejar que los pies se deslicen suavemente sobre la superficie helada, es algo parecido a volar sin perder el contacto con el suelo.

Hacía muchos años que no patinaba sobre hielo hasta que hace cosa de un mes volví a la pista del FC Barcelona con la intención de pasar un rato haciendo deporte en familia pero también para desenterrar viejos recuerdos. En mi primera adolescencia era muy habitual pasar las tardes de los fines de semana patinando sobre hielo (no todos los fines de semana porque no es una actividad precisamente barata, pero sí cuando había posibilidad económica de hacerlo). Antes de empezar con las discotecas las pandillas nos divertíamos intentando mantener el equilibrio de manera lo más digna posible sobre unas cuchillas afiladas que nos ayudaban a deslizarnos sobre aquella preciosa superficie.



Era una afición que estaba muy bien vista por los padres (que accedían  a soltarnos el dinero sin rechistar, al contrario que pasaría un poco después, cuando la actividad pasaba a ser más "bailonga" y menos deportista) y además permitía tener los primeros escarceos con la persona que nos gustaba cuando, con el corazón acelerado, el chico que te gustaba de la pandilla te ofrecía la mano para patinar junto a él. No era necesariamente una declaración de amor en toda regla, pero ya significaba que sentía algo especial por ti.

Yo, que siempre he sido un poco neurótica, no sabía si apretar la mano (por si parecía que demostraba demasiado interés) o dejarla un poco más suelta, como despreocupada, de chica liberal que no necesita a nadie. Lo que sí recuerdo es que la mano me empezaba a sudar de los nervios y agradecía tremendamente que fuera obligatorio el uso de guantes. Después de unas cuantas vueltas, si todo había ido bien, el chico te decía si querías descansar, y ese era el momento propicio para el acercamiento: algún tímido beso, una media sonrisa, o una declaración de intenciones que dejaba claro que ahí había algo más que un par de vueltas sobre el hielo. Aquel momento en las gradas, con las cuchillas apoyadas en la goma de las escaleras y tu chico preferido rozando tu mano era casi celestial. Recuerdo el olor del hielo y esa temperatura necesaria para que que no se convirtiera en agua que, con un poco de velocidad por el patinaje, otro poco por el calor de esfuerzo y un mucho por la emoción del momento, hacía que salieras de la pista de hielo con las mejillas como rosetas.

Hoy ha sido todo diferente, claro está, pero he podido comprobar que la pista de hielo todavía huele así, a primer beso, a ese momento en que te sientes especial por primera vez mientras por los altavoces suena Cyndi Lauper.



Fuente de la imagen 1: http://compartimosunbrunch.com/
Fuente de la imagen 2: http://www.fcbarcelona.es/

domingo, 13 de abril de 2014

LAS PELÍCULAS DE ROMANOS EN SEMANA SANTA

Casi siempre de madrugada, la noche del miércoles al jueves Santo, mi tía Isabel aparecía con toda la familia de improviso, para darnos una sorpresa y compartir con nosotros las fiestas de Semana Santa. Desembarcaban en Barcelona con mucho sueño, demasiada ropa y poco tiempo para compartir.

En cuanto mi abuela se enteraba de que habían llegado empezaba a preparar platos típicos (arroz con leche, bacalao en chanfaina, garbanzos con espinacas, potaje de acelgas...) y todo el engranaje se ponía en marcha para organizar camas, desayunos intempestivos, turnos para duchas y demás situaciones comprometidas para una casa habitada temporalmente por nueve personas y un solo baño.


Como casi nunca llegaban para pasar con nosotros el Domingo de Ramos, el día más emocionante era la noche del jueves al viernes, cuando daban la película más legendaria de la Semana Santa, muchas veces repartida en dos días (jueves y viernes) y que nosotros disfrutábamos encantados mientras mascujábamos bolsas de pipas. Ya he dicho en otras ocasiones que mi preferida (todavía hoy) es Ben-Hur, pero también me encantaba "La historia más larga jamás contada" o"Rey de Reyes", "La túnica sagrada" o "Quo Vadis". Mi padre siempre decía que no comprendía cómo nos podía gustar una película que ya sabíamos cómo acababa pero no nos cansábamos de ver aquellas pequeñas obras de arte en la pequeña pantalla, todos en familia, disfrutando de unos días de vacaciones (aunque en aquellos años todo en Semana Santa era mucho más tenebroso) siguiendo tradiciones que no nos cuestionábamos.


Hoy en día mucha gente ha olvidado por qué se celebran la mayoría de las fiestas (preguntad por qué se come carne el "jueves lardero", os vais a sorprender, o por qué se llama Carnaval a la fiesta previa a la cuaresma) y en parte me alegro de que se hayan perdido los miedos y los prejuicios que les acompañaban. Pero como digo siempre, echo de menos el tiempo, no lo que significaba, cuando mi tía Isabel aparecía por la puerta con aquel olor suyo tan característico y yo sabía que de pronto entraban las vacaciones de Semana Santa por la puerta.

Fuente de la imagen 1: http://nicholas-whatthe.blogspot.com.es/
Fuente de la imagen 2: http://adivinaquiencocinaestanoche.blogspot.com.es/