viernes, 29 de mayo de 2015

Un paseo por "El Corte Inglés"

Acabo de llegar de "El Corte ingles". No son unos grandes almacenes que frecuente, ni mucho menos, pero de vez en cuando claudico porque es el único sitio donde hay algunas cosas muy concretas. Y hay dos secciones muy determinadas que me "gustan", aunque en el sentido más "friki" de la palabra..

En el Corte Ingles de pza Catalunya, en la planta a pie de calle, hay un apartado de productos de belleza que es digno de la casa de la familia Adams. Colonias antiguas con olor a viejuno para hombre y mujer, rulos de color rosa, redecillas para el pelo que usaba mi abuela para dormir el día que iba a la peluquería, lacas con envases dorados, jabones en pastilla de marca Lux o Magno, cepillos para enjabonarse la espalda y otros abalorios impensables que me hacen recordar la botella de colonia de 1l que guardaba mi abuela en el armario (de marca "Simpatía") para que hiciera buen olor la ropa. Está claro que la colonia caducó muchos años antes de que ella se muriera, así que se quedó como testimonio en el fondo del ropero. ¿Quién no ha encontrado una pastilla de jabón sin abrir en un neceser viejo, con el papel y la foto deteriorados por el tiempo, y se ha parado a recordar el momento en que se quedó allí, a saber con qué motivo? A mí las pastillas de jabón me recuerdan a los hospitales, a las convivencias, a trasladar momentos de intimidad fuera de casa. Siempre que tengo la necesidad de comprar en El Corte Inglés paso por este apartado "kitch".

Y la otra sección es la de perfumería (otra vez el olfato, como casi siempre). Cuando recorro los "stand" de perfumes y cremas de alta gama me veo a mí misma en el otro Corte Inglés, el de Diagonal, siempre mucho más elitista, cuando tenía 15 o 16 años y el sábado por la tarde, antes de entrar en la discoteca, pasaba por allí con mi amiga Nuria y las dos nos atiborrábamos de perfume carísimo pensando que así pareceríamos niñas "bien". Aquel olor a colonia inaccesible para nosotras y cualquiera de nuestra familia nos hacía sentir ricas, de otro "estatus", de una clase social que no nos correspondía pero envidiábamos. Era la clase social que tenía vacaciones con piscina privada y que en Navidad podía pasar todo el día comprando juguetes y regalos para la familia entera sin tener que trabajar. Eran mujeres salidas de los anuncios de Ferrero Rocher en cualquiera de sus versiones, porque todas tienen ese aire de "no tengo prisa" que tanto nos gustaba.




Cuando llegaban las vacaciones, aquellos grandes almacenes siempre estaban frecuentados a cualquier hora del día por señoronas de cualquier edad, impecables en apariencia, oliendo aquel aroma imponente y penetrante que deja huella por donde va, con las dependientas desviviéndose por atenderlas. Fuera la hora que fuera iban con el paso lento de quien no tiene nunca prisa, con la seguridad que da no tener que mirar ni un precio. Aquella no era la vida de mi madre, ni de nadie que conociera de cerca. Era la vida de alguien que puede dedicarse a su persona en cuerpo y alma, sin preocuparse de trabajo, niños, casa, facturas ni nada tan gris como todo esto. Era una vida de bikinis, cafés a media mañana con las amigas, peluquería a cualquier hora y cremas en la cara que te hacen aparentar 10 años menos. De hecho, estoy segura de que estos perfumes pretenden evocar todo eso, y asegurarte que con ese frasquito todo los vas a ver de color rosa mientras descansas en una butaca en Saint-Tropez.

Por eso hoy al pasar por la sección de perfumería me he puesto una gotita de perfume carísimo en la muñeca y he ido olisqueando todo el camino hasta llegar a la oficina, no porque envidie ya a estas tipejas insulsas, sino porque me gusta volver a sentirme con quince años a punto de entrar en la discoteca y bailar sin parar como si nunca fuera a ser mayor.

Feliz fin de semana

Fuente de la foto 1:  http://www.afeitadoclasico.com
Fuente de la foto 2: http://www.lascancionesdelatele.com
Fuente de la foto 3: https://quieroorganizarmievento.wordpress.com

viernes, 20 de febrero de 2015

Descubriendo a Kurt Cobain


Hoy Kurt Cobain hubiera cumplido 48 años. Francamente, es un dato que hasta hace muy poco rato no me había preocupado los más mínimo. Ni me gustaba Nirvana, ni seguí su trayectoria musical, ni me he sentido nunca atraída por el movimiento que él encabezó, el "grunge". Quizá porque nací en los 70 y cuando el grupo consiguió la fama yo tenía ya unos gustos musicales adquiridos y siempre me ha costado cambiar, puede ser: Pero también porque el aire que tenía la banda, igual que los cantantes de Oasis y demás grupos afines, siempre me ha parecido de niño malcriado que no tenía ánimo ni para apartarse el pelo de la cara. Esa actitud rebelde e impertinente a partes iguales me da la sensación que culpa al resto de la sociedad de los problemas que les acucian, cuando problemas tenemos todos y no por ello vamos con el pelo en la cara todo el día. Ya sé que dicho así suena muy fuerte y que seguramente nunca podré imaginar la vida que tuvo Cobain, pero es así como lo he sentido durante muchos años.

Pero hoy ha habido un click en mi actitud. Al ver la noticia de su aniversario en Twitter me he puesto a revisar su vida en Wikipedia.... He buscado fotos de su mujer, de su hija, y he encontrado una foto que me ha parecido deliciosa: el cantante sostiene a su hija en brazos y la mira como si fuera la cosa más preciosa que le ha pasado en la vida (lo cual seguramente es cierto) y ella mira a la cámara con media sonrisa. Seguramente interpreto, pero parece que en la expresión de su padre ya anticipe que no va a poder compartir con ella todos los momentos que deberían, no van a poder disfrutar de no hacer nada juntos durante mucho tiempo, ni van a tener conversaciones triviales un sábado por la tarde.

 Kurt Cobain llevaba la desesperación pintada en su cara, pero esa desesperación de ser alguien que no sabe demasiado qué hace en este mundo ni por qué tiene que vivir una vida que no ha elegido. Un hombre que se dedicaba a lo que más le gustaba hacer pero que no soportaba ser un hombre famoso gracias a ello. Sus problemas con las drogas, su anterior inadaptación al cambió que provocó en su vida la separación de sus padres y, seguramente, no haber sido educado para tolerar la frustración, lo llevaron a quitarse la vida dejando una nota de despedida desgarradora:

(...) Ya hace demasiado tiempo que no me emociono ni escuchando ni creando música, ni tampoco escribiéndola, ni siquiera haciendo Rock'n'Roll (...)
(...) Soy demasiado sencillo. Necesito estar un poco anestesiado para recuperar el entusiasmo que tenía cuando era un niño. (...)
(...)Lo tengo todo, todo. Y lo aprecio, pero desde los siete años odio a la gente en general... Sólo porque a la gente le resulta fácil relacionarse y ser comprensiva. (...)
 (...) Se me ha acabado la pasión. Y recuerda Courtney que es mejor quemarse que apagarse lentamente. (...)

Yo, que nunca había soportado ni este grupo, ni este movimiento, ni a este cantante, he llorado como hacía tiempo no lloraba cuando he leído la carta de suicidio. Seguramente si la hubiera leído en otra época de mi vida me hubiera dejado completamente indiferente porque la que ha cambiado soy yo, no el personaje que la escribió. Y he puesto su canción más famosa una y otra vez conectando completamente con lo que podía sentir su autor.




 ¡Feliz cumpleaños, Kurt!

Fuente de la imagen 1: http://www.taringa.net
Fuente de la imagen 2: http://www.taringa.net
Fuente de la imagen 3: http://funny-pictures.picphotos.net


jueves, 19 de febrero de 2015

Desafiando la vida normal en Carnaval

No soporto los carnavales, lo siento. Esa necesidad casi enfermiza de pasarlo desenfrenadamente bien aunque uno sea más aburrido de una ameba me parece de lo más ridículo. Seguro que hay gente que lo pasa genial porque su manera de ser es desinhibida y "fiestera" por naturaleza, y estas fiestas son el escenario perfecto para dar rienda suelta a esa locura de espíritu. Pero la gente que no se "desmelena", la gente a la que no nos gusta perder la cabeza porque sí, porque toca, porque lo mandan las fechas, me da la sensación de que hace más el ridículo intentando aparentar que lo pasa bien.

Pero esto no siempre ha sido así... De hecho, cuando era una niña estaba siempre deseando que llegara el viernes de carnaval para poder disfrazarme y pasar la tarde aparentando ser quien no era. Incluso durante el resto del año le pedía a mi madre que me dejara cojer alguno de sus vestidos viejos, o alguno de sus fantásticos camisones largos (vaporosos, de color verde, o gris, o blanco, con tirantes y transparencias ¡Oh!) y pasaba muchas tardes de sábado ataviada con camisones, toquillas y demás abalorios, subida en aquellos kilométricos tacones.

Como decía, el día de carnaval en mi colegio era una fiesta grande, y todos los niños pasábamos meses pensando y anticipando de qué nos íbamos a disfrazar, intentando al principio mantener el secreto y después contándoselo a todo el mundo pero a cambio de que "no se lo dijera a nadie más". El resultado era que el día en cuestión todo el mundo sabía de qué iba disfrazado todo el mundo aunque nadie se hubiera ido de la lengua más que el propio protagonista.

Elegir el disfraz era todo un problema, porque como pasa con casi todo, los padres tienen tendencia a extrapolar sus propios deseos infantiles, y los gustos y deseos no siempre coinciden. En mi caso, mi madre era siempre quien decidía el atuendo, y siempre intentaba que me disfrazara como a ella le hubiera gustado ir: glamourosa, irresistible, guapísima, perfecta, impecable.... Pero yo soy yo, y no soy ninguna de estas cosas así que a menudo cuando salía del colegio mi madre pillaba unos berrinches considerables al verme hecha un guiñapo. Recuerdo que uno de los años me quise disfrazar de enfermera y en la foto del colegio llevaba la cofia un poco, solo un poco, por encima de las cejas. Si mi madre aquel día llega a tener a la profesora delante creo que la asesina, porque según ella era inaceptable que me hubiera dejado que me hicieran la foto sin arreglarme un poco el vestido para que no pareciera "medio boba" con la cofia casi tapándome los ojos. Si ese hubiera sido el único año la cosa hubiera quedado en pura anécdota, pero no: el año que fui de hada, el gorro tampoco le pareció que estuviera bien colocado; el año que fui de china, le sentó fatal que la peluquera me hubiera puesto unas cañitas en el moño después de desistir de ponerme les agujas de ganchillo que ella había comprado.

Harta de reprimendas por no estar nunca a la altura, un año me cansé de reproches y decidí disfrazarme de lo que a mí me dió la gana: me puse una camisa vieja de mi madre que me encantaba, unos pantalones negros que eran muy glamourosos y un bolso de mano negro que todavía recuerdo como si lo tuviera en mis manos. Cuando me preguntaban de qué iba disfrazada, contestaba que iba de periodista. Todavía hoy mi madre se pregunta por qué decía que iba de periodista y yo me río medio disimulada, porque recuerdo el motivo perfectamente: para mí una periodista era una mujer libre (y liberada), que tomaba sus propias decisiones, un poco masculina incluso. Alguien con estilo propio a quien no le importaba la opinión de los demás, ni llevar la cofia mal puesta como a una enfermera sumisa. Representaba una mujer que se rebelaba contra lo que la oprimía, que trabajaba en algo creativo y que le gustaba y que podía ser perfectamente "chic" sin estar impecable. Ese fue el año en que fui más a gusto con el disfraz, sin preocuparme de si estaba todo bien puesto para la foto que iba a inmortalizar ese día por los siglos de los siglos.


Ojalá toda la vida fuéramos disfrazados de lo que queremos ser. Seguramente nuestro corazoncito padecería menos y nuestra autoestima no se machacaría constantemene intentado contentar a quienes más queremos ¿No os parece?

Fuente de la iamgen 1: http://www.elconfidencial.com
Fuente de la imagen 2: https://www.belelu.com
Fuente de la imagen 3: http://www.revistadinamo.com

jueves, 18 de diciembre de 2014

Un concierto de Navidad

Estamos inmersos en las fechas navideñas y casi todos los padres estamos yendo a ver actuar a nuestros hijos en el festival que han preparado en el colegio: puede ser un poema, una canción, una representación teatral o, ya en función de si se trata de una materia u otra la que cursan en actividada extraescolar, un baile, un concierto o cualquier otra cosa que se le haya ocurrido al profesor para enternecer a los abnegados padres.

Como soy flojita de lagrima me paso casi toda la sesión llorando, sean o no mis hijos los que actúan, así que muchas veces ni me entero de lo que estoy viendo porque las lágrimas inundan el espectáculo de principio a fin y me da una congoja horrorosa porque intento evitar que los demás noten que estoy llorando como una Magdalena. Seguramente si mis padres hubieran venido a verme en su momento se hubieran dado un empacho de llorar similar al mío, pero no recuerdo funciones navideñas (aunque sí de festival de final de curso) hasta que llegué al instituto, y ya no tenía edad de que nadie viniera a verme.

Esta mañana me ha venido a la memoria la única representación navideña en que he participado en mi vida. Como ya he dicho, estaba en mi primer año de instituto, y tenía un "pavo" del tamaño de la sala de actos donde sucedió el evento. En noviembre, la profesora de música nos preguntó si sabíamos tocar algún instrumento. Por prudencia me callé y no dije nada, y estoy encantada que así fuera porque mi mejor amiga, Núria, enseguida confesó que tocaba la flauta y todavía lo recordamos cuando nos vemos. Las que no tocábamos nada nos quedamos de cantantes (cosa que nunca se me ha dado mal del todo) y ya solo faltaba elegir el villancido que cada grupo de primero iba a ejecutar. La pieza en cuestión resultó ser "Santa Nit" (la versión traducida al catalán de "Silent Night", la única canción lenta de todos los grupos. No es que no me guste, pero está claro que se iba a notar mucho más si lo hacíamos mal en una pieza lenta y seria que en otra más festiva y movida como "El 25 de desembre".



La cuestión es que empezamos a dedicar las sesiones de música a ensayar la canción de marras. Al principio la cosa no iba mal pero a medida que se acercaba la fecha cada vez tomábamos más consciencia de la magnitud de la tragedia: si aquello era una representación de los alumnos de primero, nos iba a ver todo el resto de estudiantes de instituto, y entre "el resto de estudiantes" había por lo menos una decena que eran los hombres de mi vida (aunque ellos no lo llegaran a saber nunca). Mi amiga empezó a barajar la posibilidad de inventarse unas anginas y yo no sabía cómo hacerlo para evitar salir al escenario a cantar frente a casi 250 personas. Como no se nos ocurrió nada, al final tuvimos que salir a cantar en tercer lugar, como corresponde al grupo C.

El auditorio estaba de bote en bote, todas las sillas ocupadas y gente de pie por los pasillos. Por suerte, los que sólo cantábamos estábamos detrás de todo (mi amiga Núria estaba en primera fila, sentada junto a la que tocaba los chinchines, que no sé si habrá superado la crisis desde entonces). Enseguida fui identificando entre los presentes tres o cuatro personas a los que hubiera deseado en las Bahamas y se me hizo un nudo en las cuerdas vocales que no conseguía desatar por mucho que lo intentaba. Cuando los asistentes callaron, la profesora de música dió la señal y el grupo empezó a interpretar la canción. No sonaba mal del todo, la verdad, hasta que a una de mis compañeras más gamberras, Geni, le dió por desafinar a posta mientras decía en voz baja "no ho feu això, home!" ("No hagáis esto, hombre") y volvía muy seria a desafinar mientras el resto del grupo la miraba medio divertido, medio asustado. Yo ya me había relajado y no podía parar de reír de escuhar aquellos gallos tan desagradables pero acabamos la canción con todo el decoro que la risa y los desafinados permitían.

He olvidado decir que aquello era un concurso, así que cuando acabó de cantar primero E nos mantuvimos a la espera de que el jurado emitiera su veredicto. Ante el asombro de todo el grupo se nos concedió el primer premio, y nos abrazábamos orgullosos como si no hubiéramos asistido a aquel pequeño desastre de la ejecución unos minutos antes. Mi amiga Nuria estuvo una hora dando explicaciones a todos los chicos que le gustaban de que la habían obligado a tocar la flauta para poder limpiar un poco su reputación de chica mala y durante todo el curso presumimos de nuestra victoria ante el resto de compañeros de promoción.

Hacía muchos, muchos años que no recordaba este momento, fue una de las situaciones más divertidas de mi paso por el instituto.Os dejo con mi villancico favorito. Felices fiestas



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Adiós al Restaurante "La pérgola"

Ya os he contado que de pequeña era bastante fantasiosa y me gustaba imaginar historias, sobre todo de princesas. Y a medida que me fuí haciendo mayor, substituí las lánguidas princesas por lánguidas protagonistas. Yo, que puedo ser cualquier cosa menos lánguida, me quedaba embelesada leyendo a las mujeres que Mercè Rodoreda describía en sus libros, siempre entregadas a su destino como si fueran personajes de tragedias griegas, que se dejaban arroyar por las circunstancias, los hombres, las adversidades,... sin apenas plantar batalla.

Con doce años leí por primera vez "Aloma" y con ella fuí encadenando, una por una, todas sus novelas: "La plaça del Diamant", "Mirall trencat", "El Carrer de les Camèlies"... Aún no me había repuesto de la muerte de un hijo y ya estaba absorbida en una guerra, o en el abandono de un marido sin escrúpulos, o en la desesperación de un desamor. En uno de ellos, creo que en "Aloma", la protagonista sale una noche de San Juan a cenar a un restaurante en Montjuic con su cuñado, que además es su amante. No recuerdo si en la novela se cita explícitamente el nombre o yo quise imaginar que el mejor escenario para aquella historia de amor y dolor era el restaurante "La Pérgola".


Al pie de la montaña de Montjuic, en la esquina que enfila el Passeig Francesc Ferrer i Guàrdia con la Avenida María Cristina, se podía ver el interior del restaurante. A través de los grandes ventanales del piso superior se debía tener una visión preciosa de las luces de la exposición por la noche. Aloma recordaba esa noche como una de las noches más felices de su vida, y yo me imaginaba a mí misma enamorada hasta las entrañas del amor (¿no es así siempre cuando te enamoras por primera vez, cuando todavía no hay personaje protagonista en nuestras vidas?) bebiendo "champán" a la luz de las velas, ataviada con un vestido precioso con muchísimo vuelo, que hiciera "fru-fru" al moverme. Habría luz de velas, quizá un violín (en el colmo de la "ñoñería") y yo sería la mujer más feliz bajo la capa de la tierra. Incluso creo que me prometí a mí misma que cuando fuera mayor iría al restaurante con mi amante de verdad.

No debí hacerlo... No, porque no lo he cumplido. Y ya no podré cumplirlo nunca. Porque me acabo de enterar que el mítico restaurante ha desaparecido bajo los escombros después de muchos años de estar cerrado. En noviembre se ha procedido a su demolición y ya no queda nada de la magia de los primeros años ni del dulce deterioro de los años setenta y ochenta.



Cuando lo he sabido he notado una especie de remolino interior, como una pena que es un poco mía pero también es un poco de todos los barceloneses, incluida la protagonista de la novela de Mercè Rodoreda. Seguramente no hubiera ido nunca, ni aunque se hubiera mantenido en pie durante 100 años más, pero ha sido una sensación triste. Supongo que es ley de vida, que los escenarios de nuestra infancia vayan desapareciendo y den paso a nuevos espacios que ya no nos pertenecen...

Como siempre, me ha quedado un final con nostalgia, parece que solo me insipiro cuando me entra la pena. En fin..

Fuente de la imagen 1 y 2: http://barcelofilia.blogspot.com.es
Fuente de la imagen 3: http://premsa.bcn.cat

jueves, 4 de septiembre de 2014

LOS OLORES DE LA VUELTA AL COLE

Esto de que el sentido del olfato no pasa por nuestro cerebro más evolucionado es un verdadero gustazo. Como no se procesa de la misma manera que el resto de sentidos, llega directamente a nuestra parte del cerebro más antiguo, el más instintivo, el que no precisa elaboraciones conscientes y truculentas. Por eso nos emociona tanto el olor de la persona que amamos, por eso nos evoca directamente a una escena un determinado perfume o por eso odiamos tan profundamente un aroma sólo con que nos recuerde una situación desagradable.

Como llevo una temporada enfadada con esa parte de mí que no me deja disfrutar de mí misma y de las cosas que me gustan porque se empeña en amargarme la vida, esto de los olores me parece una delicia. Me paso el día oliendo personas, papeles, alimentos, escenas, porque me empapo hasta el alma con ello y no dejo que mi prefrontal me enmarañe con reproches y quejas. Y ahora que tengo en la mano los libros recién comprados de mi hijo menor me he visto de pronto transportada a mi infancia, a aquel pupitre de fórmica color gris y a las primeras horas en el colegio, el día 15 de septiembre de cualquier año, cuando al abrir el libro se abría con él todo un curso nuevo, sin usar, lleno de ilusión.

Los primeros días de colegio son un verdadero amasijo de olores nuevos ¿No recordáis el aroma de las ceras Manley, o de la plastilina Jovi o de la bata o uniforme nuevecitos? ¿O el olor de las mochilas cuando apenas le acababas de quitar la etiqueta? ¿y el de la colonia de botella familiar que llevábamos todos (quizá los primeros días las madres se sobrepasaban acicalándonos, o quizá después ya se nos acostumbraba la pituitaria) cuando entrábamos en clase a primera hora de la mañana?
 



Hay otros olores que también son de colegio pero no son tan agradables: cuando he vuelto a la guardería, esta vez como madre y no como usuaria, me he sorprendido al imaginar cómo pueden sobrevivir las profesoras en semejante ambiente enrarecido donde se mezcla el olor dulzón de la caca de bebé, el agrio de las vomitonas de Actimel, el de colonia Nenuco y el de las ceras de colores. Y si encima acaban de hacer la comida, todo este mejunje se puede mezclar con el aroma de las varitas de pescado o de la sopa de fideos. Un verdadero asco, francamente.

Pero no quiero quedarme con ese olor desagradable. De hecho, he guardado para el final del post el que más me gusta: el olor del estuche de dos pisos de lápices Alpino, que iba desprendiendo paulatinamente su aroma a lo largo del curso cada vez que nos aventurábamos, no sin pena, a hacerle punta a alguno de aquellos preciosos colores.


No pienso dejar nunca más que mi mente traidora me evite de disfrutar de los buenos placeres que tiene la vida, con lo bonito que es oler.

¡Feliz vuelta al cole (y a la normalidad)!

Fuente de la imagen 1: http://www.amazon.es/
Fuente de la imagen 2: http://yotambienfuipeque.blogspot.com.es
Fuente de la imagen 3: http://www.tecnimarcopiadoras.com

martes, 5 de agosto de 2014

ESCUELA DE CALOR

Debo decir que así como toda mi educación primaria fue impecable, cuando llegó el instituto la cosa cambió radicalmente: con la llegada de la adolescencia, mi interés por los libros cayó en picado, así que pasé muchas horas de estudio en verano, de recuperación y de malas caras en mi casa.

Así que creo que aquel día habían acabado las clases (debía ser principios de julio) y estábamos en los exámenes de recuperación. Aquel fue un verano especialmente caluroso, de un bochorno insufrible. Si hubiera seguido siendo la alumna modelo que era en mis primeros años, mi madre me hubiera enviado a casa de mi tía a veranear, hasta el momento en que se añadía el resto de la familia, ya en agosto. Pero como no era el caso me tocaba pasarlo, fastidiadísima, en mi ciudad.

Mi instituto estaba en la zona alta de Barcelona, aunque fuera un instituto público. El metro acercaba pero después debía subir una cuesta interminable, en invierno con el frío y la lluvia y en verano con el calor insoportable. El instituto quedaba justo al final de aquella interminable Avda González Tablas, justo al lado del parque Cervantes. Como aquella era una zona de gente pudiente y clases altas, allí vivían militares, monjas e hijos de papá, y los hijos de la clase trabajadora que cada día iba y venía por la zona seguramente no hacía otra cosa que molestarles.

¿Por qué escribo todo esto? Como siempre, porque la memoria es caprichosa y recuerdo pocas cosas de los dos años que pasé estudiando en aquel instituto, pero si algo me recuerda al verano es ese fragmento que mi cerebro se entesta en repetir incansable cada vez que escucho la canción de Radio Futura que da título a este post: bajábamos la calle bajo un sol de justicia; casi al final de la avenida, a mano derecha, escuchábamos el rumor de un aspersor que mitigaba la sequía pertinaz de julio en el césped de la zona ajardinada de los edificios. A lo lejos, un grupo de voces jóvenes (podían ser niños o adolescentes) gritaban alegremente coincidiendo con el chapoteo de sus cuerpos en la piscina privada. Mi amiga Núria y yo nos miramos con complicidad. Hubiéramos dado cualquier cosa por poder entrar en aquella finca infranqueable y zambullirnos en el agua. Pero aquel no era nuestro ambiente ni nuestro verano, nosotras éramos hijas de trabajadores que volvíamos a casa en un barrio de clase media de la ciudad y ni por asomo teníamos una piscina privada a nuestra disposición. Las chicas y chicos con que después nos mezclábamos en las zonas de moda de Barcelona lucían un bronceado envidiable desde principios de junio gracias a horas y horas en aquellas piscinas privadas que nos estaban vedadas.

No sé si la canción de "Escuela de calor" fue anterior o posterior a esta imagen. Tampoco tiene más importancia. Pero sí asocié instantáneamente y para siempre aquel recuerdo a la frase "en las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol" y aún hoy la canturreo cuando evoco aquel momento o veo alguien cortando un seto, limpiando una piscina o luciendo un moreno envidiable fuera de temporada "obrera". Aquello era ser rico. Aquello era no tener preocupaciones económicas. Aquello era pertenecer a la clase alta. No sé si eran más o menos felices que yo, por supuesto, ni les he envidiado nunca nada más. Solo aquella piscina privada en verano, cuando Barcelona se funde como un chicle sobre el asfalto y cuesta sobrevivir al bochorno.

¡Feliz agosto!


Fuente de la imagen: http://www.casasypisosbarcelona.com/