domingo, 10 de marzo de 2013

LOS VIERNES NOCHE CON "LA CLAVE"

Ayer estuve comiendo en un restaurante cuyas paredes están repletas de fotografías de grandes estrellas del cine. Sin ir más lejos compartí una pizza caprese con una Marilyn Monroe que miraba con ojillos algo famélicos mi plato desde su privilegiado puesto de observación. Mientras esperábamos que nos sirvieran, no pude evitar escuchar la conversación de la mesa vecina, una familia formada por unos padres y dos hijos que rondaban la adolescencia. Me llamó la atención, por un lado, el nivel de las conversaciones, cargadas de compromiso político, con un nivel de vocabulario muy por encima de lo normal, y los conocimientos cinéfilos de la chica, que debía rondar los 12 años. Hoy día es normal que los adolescentes hablen mal, escriban peor, se pasen el rato trasteando el móvil y sólo sepan responder quién es Justin Bieber. Cuando escuché a la joven "vecina de mesa" haciendo comentarios de calidad sobre Henry Fonda, Alfred Hitchcock o Katherine Hepburn pensé que había muerto por intoxicación de la pizza y estaba en el paraiso de los cinéfilos. La muchacha esgrimía unos conocimientos sobre clásicos del séptimo arte que ya los quisiera yo para mí, y hablaba de guionistas, productores y directores con un desparpajo digno de admirar.



Todo ello me hizo pensar sobre qué hace que un adolescente tome interés sobre el cine clásico en lugar de por otras memeces sin sentido. No me considero una cinéfila recalcitrante, aunque he pasado más de una tarde en la Filmoteca, adoro las películas antiguas en blanco y negro y guardo un recuerdo imborrable de algunos actores y actrices que me parecen insuperables. Sin embargo, sí creo que mi educación estuvo influenciada por algunas actitudes que sí favorecieron que me guste el cine: por un lado mi madre había sido una cinéfila apasionada de las sesiones continuas en los cines de barrio desde su más tierna infancia y todavía ahora recuerda con admirable exactitud el nombre de muchísimos actores y actrices que formaron parte de su educación recibida por la vida (que es la que realmente enseña). También recuerdo las clases de historia con el profesor Jaume,  mi heroe de la EGB, que nos introdujo en el cine de autor hablándonos de "El acorazado Potemkin", "Nosferatu", "El séptimo sello", y que nos premiaba con un punto positivo si íbamos a ver películas como "Fizcarraldo".

Sin embargo, hay otro detalle que aún me parece que contribuyó más a conocer este género y a amarlo y respetarlo como lo hago: los viernes por la noche, después de una semana trabajando, toda la familia celebraba el inicio del fin de semana y se sentaba frente al televisor a ver "La Clave" de José Luis Balbín. Aquel inolvidable programa constaba de la proyección de una película (que en realidad era una excusa) relacionada con el tema que se debatía después, con un montón de señores sesudos que opinaban sobre la pena de muerte, la brujería, el poder de los medios de comunicación... todo ello con un espíritu crítico que nos enseñaba a ver la película de otra manera, desde otro punto de vista.Y al mismo tiempo, y tanto o más importante aún, a ver la realidad con otros ojos, mucho más inteligentes. La música de la cabecera del programa era terrorífica, a mí me parecía que era el sonido que debían hacer gigantescas gotas de aceite cayendo sobre una superficie líquida, que lo envolvía todo, asfixiando por completo la atmósfera del programa, ya bastante enrarecida por el tabaco de pipa de Balbín y de todos los cigarrillos de los contertulianos.

Como siempre digo, internet lo tiene todo y he encontrado un listado de las películas que se proyectaron en tan maravilloso programa: guardo un especial recuerdo de "Ultimátum a la tierra" con las palabras en clave "Klatoo barada nicto", una Kim Novak guapísima protagonizando un baile muy sexy en "Picnic", la palabra "Rosebud" escrita en el trineo del "Ciudadano Kane" y que me quedé con las ganas de ver "La semilla del diablo" a pesar de lo aterrada que estuve durante meses sólo con el resumen que me hicieron después los compañeros de clase que sí pudieron verla.

Quizá esté equivocada, pero cuando dicen que tenemos la televisión que nos merecemos no me parece que los programadores de hoy en día estén haciendo todo lo posible por educar en calidad a los ciudadanos de este país. En una época en que salíamos de la más absoluta oscuridad la televisión pública apostó por programas que nos enseñaron a pensar por nosotros mismos, a degustar las obras de arte y a creernos que otro mundo era posible. No sé si la programación de los viernes de hoy día permitirá que eso ocurra en los niños y niñas que mañana decidirán con sus votos el futuro de este país.

Os dejo la sintonía para que se os vuelvan a poner los pelos como escarpias.


Fuente de imagen 1: http://www.rtve.es
Fuente de imagen 2: thecinemalights.blogspot.com.es

domingo, 10 de febrero de 2013

EL SÁBADO, MERCADO

Cuando el sábado por la mañana mi madre me despertaba muy temprano no podía comprender para qué servía el fin de semana. Si no se podía dormir hasta tarde, o al menos remolonear en la cama sin dormir ¿Para qué servía que llegara el sábado? En mi casa este día iba destinado a la compra y la limpieza semanal, y si queríamos que cundiera la mañana había que empezar pronto. Así que me hacían saltar de la cama cuando todavía no había salido el sol, entre protestas, quejas y más quejas.

Salíamos a la calle con un frío de aúpa, pertrechadas con el carro de la compra, el abrigo, la bufanda, y con paso firme nos dirigíamos al mercado que en aquellos momentos ocuparan las preferencias de mi madre. Y es que ella, como cocinera exigente que buscaba el mejor producto cambiaba a menudo de mercado: mi padre y yo hemos recorrido junto a ella casi todos los mercados de Barcelona, en función de si ahora el pescado más fresco estaba en un barrio o en otro. Siempre le encantó la Boquería pero la distancia de casa era un inconveniente, sobre todo teniendo en cuenta que mi madre compraba cantidades importantes de comida y carretear la compra de una familia para una semana por el metro no era la opción más cómoda.

Al final, casi siempre acabábamos en el Mercado de Les Corts. Allí había un par de paradas que hacían las delicias de mi madre y que acababan decantando la balanza frente a otras alternativas. Una de ellas era la parada de verduras, porque los productos eran del propio agricultor de El Prat, y eso a mi madre le robaba el corazón: las alcachofas, los pimientos, las coliflores, las habas, descansaban con esplendor en las estanterías. Íbamos llenando los capazos, las bolsas y el carrito de la compra hasta el límite de productos fresquísimos que todavía conservaban aquel olor indescriptible de recién cortados.

La otra parada siempre era la última: el pescado debía comprarse al final, porque así evitábamos que se quedara debajo, sepultado entre los paquetes de fruta o verdura más pesada, y porque siempre se deja lo mejor para el final, como quien se deleita con un postre delicado. Mi madre adoraba el pescado, y yo también disfrutaba muchísimo viendo cómo trabajaban las pescaderas: el cariño con que escogían la pieza para mostrarla al cliente, la habilidad con que cortaban y escamaban, el mimo con que depositaban los pedazos ya cortados en un basto papel... Entre todas las pescaderas había una que me tenía robado el corazón. La señora Angelina era una mujer canosa, siempre con una sonrisa en la boca, que llevaba el peso de muchos días y muchas noches de mercado en su cuerpo. Las manos estaban quemadas por tocar constantemente el hielo y la voz se quebraba mientras anunciaba el género. La merluza, las pelayas, los mejillones, el rape brillaban bajo los focos de la parada mientras ella cantaba sus excelencias a la clientela.



Como buena clienta que era, cuando mi madre le pedía algo que la señora Angelina consideraba que no estaba a la altura le hacía un gesto casi imperceptible con la cabeza y mi madre cambiaba de opción. Al final, nos alargaba el paquete y la cuenta, siempre escrita con un trozo de carboncillo de color azul sobre el mismo papel de envolver el pescado y a mí, tuviera la edad que tuviera, siempre me metía una gamba salada en una bolsa hinchada, como si fuera una pecera. Y yo, durante unos segundos, siempre dudaba si la gamba volvería a la vida dentro de aquella burbuja de aire maravilloso que le había insuflado la Señora Angelina, la reina de las pescaderas.

Fuente imagen 1: http://www.taullorganics.com
Fuente imagen 2: http://www.mercatdelescorts.com

sábado, 2 de febrero de 2013

EN UNA GALAXIA MUY MUY LEJANA...

Yo tenía ocho años. Y no sabía lo que era la "ciencia-ficción", ni había visto nunca una película de este género. Me gustaban las películas de Walt Disney, los tebeos, los libros de "los cinco" y las series para niños de Televisión Española (tampoco había otra). Pero de pronto empezaron a llegar noticias de una película que era diferente: en Estados Unidos se había estrenado una historia que estaba creando mucha expectación. Estaba ambientada en un planeta lejano y los personajes eran bichos raros que luchaban contra personas normales. Había dos chicos guapos, un tipo peludo, una princesa que no se dejaba acobardar fácilmente y dos robots divertidos. ¡Guau! Realmente sonaba muy diferente de lo que veíamos normalmente...

Se estrenó en Barcelona y fue una locura: uno de los cines donde la proyectaban, en la Vía Layetana, tenía colas de horas para poder entrar a verla. Antes de poder ir al cine llegaron los cromos, las pegatinas, los avances televisivos... que nos fueron invadiendo poco a poco todos los espacios de nuestra vida. No en vano "Star Wars" es la primera película de la historia del cine que apostó fuerte por el merchandising de los productos hasta que todos los hogares de aquella época quedamos inundados de galaxias lejanas.

Cada lunes, después del fin de semana, algún compañero o compañera volvía a clase alardeando de haber visto ya la película, y gracias a los cromos y algún que otro libro que me compraron en el mercado de Sant Antoni, en el patio recreábamos las escenas jugando a ser la princesa Leia, Han Solo o Luck Skywalker. A mí siempre me gustó Luck, con ese aspecto frágil y desvalido, aunque Han Solo era un chulito entrañable que después se acabó quedando con nosotros con otros muchos papeles. Pero el huérfano aspirante a Jedi tenía un aire de melancolía y desamparo que todavía aún me conmueve. Mis amigas Laura e Irma nos turnábamos para ser uno u otro personaje. Nos imaginábamos que el pivote que guardaba las canalizaciones eléctricas en el parque eran nuestra nave espacial (el Halcón Milenario, claro) y rogábamos a nuestras madres que nos hicieran las trenzas enrolladas en casa para resultar más convincentes en nuestra actuación.




Un día, mi madre vino con tres entradas en la mano: una amiga suya había hecho cola para conseguirlas y aquel sábado luminoso íbamos a ir a ver la película. Unas horas antes repasé con avidez nuevamente el álbum y el libro a todo color para no perder detalle durante la proyección. Me había vestido hacía horas, yo que siempre me hacía la remolona prepararme en salir a la calle, y cuando estuve ante la puerta del cine y vi la cola que había para entrar me pareció un regalo divino tener entradas y poder ahorrarme la espera.

No puedo describir mi emoción mientras duró la película. Me quedé tan atrapada al asiento, asistiendo a las guerras, a los amores y desamores, a la trama de la historia, al malo malísimo de Darth Vader jadeando en la voz de Constantino Romero tras aquel elegante atuendo, que cuando salí a la calle me sentía como si no hubiera salido del cine y me hubiera quedado dentro de la historia como la protagonista de "La Rosa Púrpura de El Cairo". A mi padre le había encantado, y mi madre tenía tal dolor de cabeza que, a partir de entonces, todas las demás películas de la saga sólo fuimos a verlas mi padre y yo. Mi padre siempre había sido moderno e innovador, le gustaban este tipo de historias con ingredientes de galaxias lejanas. Mi madre era más de cine clásico, de programa de mano y película en blanco y negro ¿Qué se le va a hacer?

Aquel lunes yo fui la protagonista: en seguida se creó un corro que me preguntó por los detalles mientras yo los compartía orgullosa con los privilegiados que ya la habíamos visto y con algo de superioridad -por qué no decirlo- frente a quienes todavía no habían tenido tanta suerte.

Con la llegada de las nuevas entregas se fueron añadiendo primero mi hermano y mucho después mis hijos que, aunque todavía no tienen edad de verla en cine, ya han visto la versión remasterizada en DVD y se han disfrazado de caballero Jedi en más de una ocasión. Seguramente sea un topicazo decirlo, pero estoy convencida de que el cine de hoy en día no sería como es si no hubiera existido un tipo medio loco llamado George Lucas que un día decidió embarcarse en uno de los proyectos más complicados y más maravillosos de la historia del cine. Parece que está en marcha la nueva entrega, con J.J. Abrams a la cabeza. Nada volverá a ser igual que aquel precioso sábado de 1978 pero es que el listón está tremendamente alto...

Fuente imagen 1: http://comoselesocurre.blogspot.com.es
Fuente imagen 2: http://socialmediahansolo.com

sábado, 19 de enero de 2013

ODIO LOS GUSANOS DE SEDA

Hubo un momento en mi vida de niña preadolescente en que comprendí que no iba a ser nadie en este mundo si no empezaba a criar gusanos de seda: todos mis compañeros y compañeras del colegio criaban en casa gusanos de seda (o al menos a mí me parecía que yo era la única que no lo hacía) y no quería ser menos.

Se trataba de comprar los animalitos en cuestión no recuerdo en qué establecimiento (estoy intrigadísima por saber dónde los compramos, porque aunque yo también fui a buscarlos no me acuerdo de ningún detalle) y meter a los pobres inocentes en una caja de zapatos previamente agujereada para que respiraran con normalidad. En mi caso, fueron tres especímenes, uno de ello blanco con tiras negras, que en seguida fueren sepultados sin consideración entre innumerables hojas de morera que habíamos ido a recoger previamente a un parque cercano. A partir de ahí, la cuestión era observar cómo se convertían en mariposas.

Así que una vez tuvimos a los tres tristes gusanos instalados en la caja y les hubimos proporcionado el suficiente condumio para alimentar una docena de ellos, yo iba a cada momento a abrir la caja a comprobar su estado, a toquetearlos un poco y a ver si me daban algún tipo de satisfacción como cuidadora, porque aquellos bichillos no movían la colita cuando una se acercaba (por falta de ella y por carencias cognitivas diversas) ni yo percibía ningún tipo de agradecimiento por su parte por haberlos ubicado en aquella preciosa caja de zapatos reconvertida en mansión para lepidópteros. Para acabar de rematar el tema, en cuanto los gusanos estuvieron un par de días en cautividad y empezaron a hacer sus necesidades negruzcas, al abrir la caja se percibía un aroma ácido y penetrante que nunca más abandonaría mi memoria olfativa.

En definitiva, cuando empezaron a fabricar los capullos, cada uno en una esquinita  y yo vi aquella masa de hilo-pelo blanco pegajoso acabé de comprender que lo mío no iba a ser la veterinaria, y que tendría que haberme informado sobre el proceso de transformación antes de pedir que me los compraran. Seguramente desde el punto de vista pedagógico, tener un ejemplo tan claro de metamorfosis al alcance de cualquier niño debe ser muy enriquecedor. Pero a mí me empezaron a dar un asco tremendo los olores, las cacas y los capullos del gusano. El colofón lo puso cuando aparecieron las mariposas: uno de los días me acerqué a la caja y, antes de abrirla, noté un batir de alas en la tapa de uno de los pobres recién metamorfoseados que luchaba por salir a ver mundo. Las mariposas que yo había visto a lo largo de mi vida eran las de los reportajes de naturaleza, alguna por el campo y poca cosa más. Y la mariposa del gusano de seda no tenía nada que ver con mi ideal de mariposa, que seguramente está más cercana a la monarca o a cualquiera de color naranja, azul,.... pero no aquel monstruo lleno de pelos blancos con unos ojazos negros penetrantes e inquisidores que yo vi cuando abrí por un ladito la caja para evitar que saliera volando.


Siento reconocerlo pero no volví a tocar la caja nunca más. Mi padre no hacía más que decirme que había que buscar los huevos para volver a empezar el ciclo que creaba el gusano pero a mí nada me apetecía menos que volver a empezar el ciclo de aquellos animales repugnantes en mi casa, mi habitación y mi caja de zapatos. No sé lo que hizo mi padre con la caja ni el contenido pero nunca más volví a pedir tener gusanos y no he vuelto a decir nunca más que me gustan las mariposas. Estoy contenta porque esta experiencia también me sirvió para informarme antes de pedir tortugas, pajaritos, perros, gatos, pollos y demás animales domésticos, así que se puede decir que sólo ha habido tres víctimas en mi periplo con los individuos de otras especies (excepto moscas, mosquitos y algún que otro insecto).

Cuando alguien dice que sus hijos crían gusanos de seda y mis hijos me miran con interrogación vuelvo a oler el aroma de la caja abierta, a recordar la mirada de la mariposa recién estrenada y un escalofrío recorre mi espina dorsal... y mis nenes miran a otra parte como si nadie hubiera mencionado el tema.

Fuente de la imagen 1: http://blogs.elpais.com/mamas-papas
Fuente de la imagen 2: http://imagenesanimadas.co
Fuente de la imagen 3: http://www.guiaverde.com

lunes, 14 de enero de 2013

TEBEOS, COMICS Y OTRAS LECTURAS INFANTILES

Mi prima Dori tenía tebeos muy distintos a los míos: yo era de "Tio Vivo", de "Pulgarcito", "DDT", las publicaciones típicas de la editorial Bruguera que mi padre me traía cada domingo junto al cruasán y su periódico. Para mí eran los mejores tebeos del mundo (tampoco conocía otros) de modo que cada fin de semana esperaba con avidez la llegada de un nuevo número.

En verano, cuando iba a pasar las vacaciones a casa de mis tíos, mi prima Dori me prestaba los tebeos que ella había ido acumulando durante el año. En su casa no se compraban ni las mismas publicaciones ni con la misma asiduidad, y el hecho de que fuera algo que yo no conocía convertía aquellas lecturas en un preciado tesoro que a mí me encantaba repasar: a ella le compraban "Don Miki", con una medida mucho más reducida y que tenía personajes como el Tío Gilito, los Apandadores, etc. Me encantaba leer y releer aquellas historietas tan diferentes de las mías, porque mientras los tebeos de mi casa reflejaban en poco o en mucho una sociedad parecida a la nuestra, con personajes más reales, más cercanos a nuestro día a día, "Don Miki" contaba cosas que pasaban muy lejos en el tiempo y el espacio (para empezar, ni siquiera los personajes eran humanos).

Seguramente atrapada por el exotismo y la novedad cuando regresamos a casa aquel verano le pedí que dejara de comprarme los habituales "Zipi y Zape" y "Mortadelo" por el cómic de Disney y, aunque no le acababa de convencer, me lo traía cada semana a regañadientes.

Coincidió que publicaron por aquel entonces una colección de monedas para ilustrar la "Gloria e historia de la dinastía de los patos", una serie que cada semana contaba un episodio de los patos en diferentes secuencias históricas: el antiguo Egipto, Roma, Escocia y el monstruo del Lago Ness... Fue como seguir una telenovela escrita, cada semana esperaba con impaciencia el nuevo capítulo de la saga, y las monedas estuvieron dando tumbos (¡Qué rabia no haber guardado todos estos pequeños tesoros que ahora recuerdo con tanto cariño!) durante muchos años.

Tengo que decir que pronto se me pasó aquella devoción repentina por "Don Miki" y enseguida volví a mi "Pepe Gotera y Otilio", "13 Rue del Percebe" y todos esos personajes tan cotidianos y tan cercanos a mi realidad social (todavía hay en el barrio una tienda que vende patatas que me recuerda al tendero de la finca más divertida de la historia).


Años después paseá a leer "Lily", con las historias de "Esther y su mundo", con aquel guapísimo Juanito que jugaba tan bien a fútbol pero que no se decidía nunca a dar un paso con la pobre chica, y de ahí al "Super Pop" sólo hubo un paso, cuando las hormonas empezaron a revolucionarse y dejé de conformarme con los dibujos.

He vuelto a releer los tebeos infantiles muchos años después, cuando la nostalgia vuelve todo lo que rodea nuestra niñez en algo mágico y maravilloso. Volver a mirar las viñetas de "Carpanta" o "El profesor Tragacanto" me sirve para transportarme a aquellas mañanas de domingo y cruasán con café con leche.



Ya no venden publicaciones semanales para niños, entiendo que por falta de público y creo que es una pena porque con ellas los pequeños de casa se acostumbran a utilizar la lectura en sus momentos de diversión hasta que, sin darse cuenta, la lectura les atrapa para siempre y empiezan a devorar libros sin necesidad de que les acompañen los dibujos. La imagen deja paso a la letra y ya nada vuelve a ser lo mismo: ahí quedan mis tardes interminables con los clásicos de Enid Blyton, sobre todo "Los Cinco" pero también "Las mellizas O'Sullivan" o "Torres de Malory" y, en menor medida, "Puck" de Lisbeth Werner . Creo que ratos tan preciosos como estos merecen una ocasión especial. Otro día será...



Fuente de la imagen 1: http://www.via-news.es
Fuente de la imagen 2: http://pephomar.blogspot.com.es
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sábado, 5 de enero de 2013

NOCHE DE REYES

Las noches de un día como hoy empezaban por la mañana. Mi madre me acompañaba al tendero de la esquina, el Sr Antonio, para que nos diera algo de la paja que servía para proteger las peras en las cajas y que sería el alimento de los camellos de Los Reyes Magos de Oriente. A sus majestades, una vez volvíamos de la cabalgata y cenábamos, les preparábamos unos trocitos de turrón y algún que otro chupito de licor. Eran noches laaaargas y lentas que tardaban en pasar una eternidad. Como niña obediente que era, yo me metía en la cama todavía con el último bocado de la cena en la boca y cerraba los ojos justo en cuanto apoyaba la cabeza en la almohada, en un intento de que el sueño me invadiera lo antes posible para que no se hiciera tan larga la espera. Además, conocía la leyenda de algunos niños que habían abierto los ojos justo en el momento en que entraban por la puerta los mágicos de Oriente y se habían quedado sin regalos. También conocí más adelante, en mi adolescencia, la madre de una de mis mejores amigas, Helena, que explicaba que un año había llegado a ver de refilón una capa de uno de los reyes, y a pesar de todo ese año tuvo regalos, pero yo no quería arriesgarme.

En cuanto me metía en la cama mis padres me anunciaban que se iban a dar una vuelta, imagino que para pasar los nervios, y yo me quedaba en casa con mi yaya Isabel, que se ponía a ver el televisor en su siempre presente mecedora. Suficientemente nerviosa estaba yo para que, además, estuviera oyendo la "tele" y sabiendo que mi abuela estaba levantada; empezaba a dar vueltas y más vueltas (con los ojos cerrados, repito), hasta que presa de mi ansiedad le gritaba desde la habitación que se acostara, que era muy tarde y que si venían los reyes y la encontraban levantada no le iban a dejar nada. Ella, que otra cosa no tendría pero sensibilidad infantil tampoco, me soltaba un "¡Mejor! ¡Duérmete ya!" que a mí me dejaba el corazón tan apretadito como mis ojos, sufriendo por la llegada inminente de sus majestades y sus posibles consecuencias. Al final, como era de esperar, me acababa durmiendo.

A la mañana siguiente, el sofá de mi casa amanecía (literalmente lo de amanecía) repleto de juguetes, en su mayoría muñecas. El olor dulce de la piel de un muñeco todavía me estremece porque me transporta directamente a la mañana del 6 de enero de cualquier año de la década de los setenta. Desde Barriguitas, Nenuco, Baby Mocosete, Nancy (sobre todo), Lesly, Lucas, y otras muchas que desfilaron por mi sofá, todas llevaban impregnado ese aroma inconfundible y mágico. Recuerdo especialmente también muchos cuentos (gracias, mamá), una bicicleta de color verde marca "Orbea", cocinitas, cacharritos y un puzle con la imagen de mi idolatrada Nancy justo delante del árbol de Can Jorba de Portal del Ángel que contaba el otro día; yo miraba aquella foto y me maravillaba que mi muñeca preferida hubiera estado en el mismo sitio que yo, aunque me entristecía un poco no habérmela encontrado.


Aquel día desayunábamos todos juntos en la cocina cuando era casi todavía de noche, en la mesa plegable de color azul y con las legañas todavía sin quitar, porque era una mañana llena de magia y de ilusión, y mi padre compraba croissants para todos que mojábamos en el café con leche. A media mañana, el Sr Inocente me traía una sardina de chocolate y yo le daba las gracias tímidamente detrás de una cocinita recién estrenada, le quitaba el envoltorio con cuidado y dejaba que los trocitos de chocolate se fundieran lentamente en mi boca mientras degustaba el sabor del día de Reyes con avidez.

Fui una privilegiada como hija y lo soy como madre, porque puedo transmitir esa emoción a mis hijos de la misma manera que me la transmitieron a mí mis padres. Quizá el sofá mañana no esté repleto de juguetes como lo estuvo el mío pero nos tendremos los unos a los otros y seguiremos adelante a pesar de los malos momentos. ¡Feliz día de Reyes!

Fuente de imagen 2: http://www.todocoleccion.net/
Fuente de la imagen 3: http://www.foodstufffinds.co.uk

lunes, 31 de diciembre de 2012

FESTIVAL DE CLÁSICOS FAMILIARES DE RANKIN BASS

Seguro que si alguien lee esta entrada y tiene alrededor de los 40 años recordará sin problema una musiquilla pegadiza que acompañaba las imágenes de unos personajes de dibujos animados encima de un arco iris infinito: los días no festivos de vacaciones de Navidad, a media tarde, era muy habitual encontrar un episodio de esta saga norteamericana que contaba cuentos clásicos, ideada por Arthur Rankin y Jules Bass. En realidad no eran muy clásicos para nosotros, los niños españolitos, sino clásicos de los Estados Unidos y a menudo no conocíamos, ni de lejos, el tan cacareado "clásico".

Me acuerdo, por poner un ejemplo, del episodio que narraba la historia de "Johnny Appleseed", un señor que se pasó la vida plantando manzanas, que aquí no conocía nadie entonces ni ahora tampoco por mucha globalización que tengamos. A Daniel Boone quizá, porque tenía serie propia y el gorro con cola de zorro era muy llamativo, pero ¡¿Al señor que llenó Estados Unidos de manzanas?! También estaba "Alicia en el país de las maravillas", "Cenicienta", pero yo creo que recuerdo más los que, por el poco conocimiento que tenía de ellos, marcaban una diferencia frente a los clásicos más habituales en nuestro contexto cultural europeo. Me parece recordar también una calabaza algo maléfica que ha llegado a protagonizar alguno de mis peores sueños infantiles. Recordándolo pienso que si los norteamericanos llegan a conocer al Cid Campeador le dedican una serie entera...

En fin, os dejo con la entradilla porque me parece casi tan conmovedora como la del "Mágico mundo de color". ¡Feliz 2013!